En el puerto se acostumbra a trenzar a las mujeres para que las lluvias lleguen, pero no inunden, es una sana costumbre tejer los cabellos como las sirenas hacen con el agua. Aprendimos a tejer la angustia y la calma en cada madeja, en cada rizo rebelde que intenta escapársele al cráneo. Cuando la trenza se afloja la brizna está cerca y tantea mejor la ovulación de las palmas que verdean el frescor de la casa avisando la mejor hora para criar peces. Las niñas que nacimos con rizos sabemos que nos esperaban desde antes, que nuestra madre nos tejió en cada hebra, somos niñas pensadas, conjuro de nuestras abuelas pez que desde la mar amarraron la ofrenda. Por eso calmamos la sed con el sudor chilate del cacao serrano, y hablamos el idioma del océano, dejando algo de él en cada trenza que se teje en tierra firme.
Este poema forma parte de Variación de la escama (FCE, 2025),
el libro más reciente de la autora.