Marlowe y el “negro” de Shakespeare

En su libro más reciente, Stephen Greenblatt trae de nuevo al foco a Christopher Marlowe y todas las teorías (ya desechadas) sobre su relación con Shakespeare.
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Hace algunas semanas me enteré por la prensa de que Stephen Greenblatt había escrito su último libro. Lo que me sorprendió fue descubrir que esta vez su ensayo giraba en torno a la figura del poeta y dramaturgo inglés Christopher Marlowe. El libro se titula El renacimiento oscuro, la turbulenta vida del gran rival de Shakespeare. Con este título tan rimbombante, Greenblatt reconoce que la biografía de Marlowe es “apasionante”, para luego añadir algunos tópicos sobre su figura, comparando sus andanzas con las del genial pintor tenebrista Caravaggio, que tiene fama de asesino y pederasta. Todas las acusaciones contra Marlowe son infames. El mismo Greenblatt reconoce en el capítulo 11 de su libro que Marlowe no tuvo nada que ver en el asesinato de William Bradley ocurrido en 1589, y que se quedó esperando a que llegaran los agentes de la ley: “Marlowe esperó con Watson junto al cuerpo ensangrentado hasta que llegaron los guardias. Los dos amigos fueron detenidos por asesinato y encarcelados en la prisión de Newgate.” De hecho, como el propio Greenblatt reconoce, todos los testigos aseguraron que Marlowe no tuvo nada que ver en este crimen. Nada nuevo.

Cada vez que aparece una noticia sobre Marlowe solo se genera más confusión. Si quieren informarse sobre esta histórica polémica, he de decirles que la persona que con más rigor escribió sobre Marlowe fue la investigadora española Isabel Gortázar Azaola (1940-2013). No hay nadie más experto que ella en este asunto. Pueden encontrar muchos de sus artículos en internet. Al igual que Calvin Hoffman y otros, Gortázar asumía y defendía públicamente la teoría Marlowe, según la cual el propio Marlowe habría escrito gran parte de las obras atribuidas a Shakespeare. Esta posición suponía –hasta octubre de 2016– ser tachado de excéntrico, o simplemente de loco. Por otra parte, los stratfordianos –académicos que defienden la autoría de Shakespeare– siempre han dejado en segundo plano al poeta y dramaturgo nacido en Canterbury, en detrimento del denominado “bardo de Stratford”. Paradójicamente, estos stratfordianos reconocen que, sin Marlowe, no hubiese sido posible Shakespeare. Una obviedad, vaya. ¿A qué se debe, pues, este interés de Greenblatt por Marlowe? Sinceramente, no tengo ni idea. Hace ya nueve años que no se produce ningún descubrimiento relevante sobre este asunto de la autoría, así que, como diría Jack the Ripper, vayamos por partes.

Polémica de la autoría

Hace ahora un siglo, en 1925, el investigador canadiense John Leslie Hotson descubrió en el archivo municipal de Londres el informe forense y la identidad de Ingram Frizer, supuesto asesino de Christopher Marlowe. Los documentos allí hallados revelaron que tanto Marlowe como Frizer trabajaban como espías de la reina Isabel I. ¿Qué significa esto? Pues que, efectivamente, Marlowe era un espía. Frizer también. Y el “homicidio” perpetrado a orillas del Támesis un 30 de mayo de 1593 pudo ser una farsa.

Los famosos stratfordianos –Jonathan Bate, Anthony Holden, Harold Bloom o el mismo Stephen Greenblatt– siempre han reconocido que no hay prueba alguna de que un tal William Shakespeare estudiara en ninguna escuela primaria, ni por supuesto en la universidad. ¿Es esto relevante? Juraría que sí, pero no me hagan mucho caso. ¿Es clasista –como dicen algunos– afirmar que un tal Shakespeare no pudo escribir todas las obras que se le atribuyen sin haber estudiado en una grammar school? Puede ser clasista, de acuerdo. Isabel Gortázar se preguntaba cómo pudo Shakespeare crear un vocabulario de más de 20.000 vocablos salvo que supiera griego, latín, español, francés, italiano y probablemente hebreo, además de inglés. 

Stephen Greenblatt afirma lo siguiente sobre Marlowe en el capítulo 1 de su libro: “Durante su breve y tumultuosa vida fue un escritor extraordinariamente prolífico, autor de no menos de siete obras de teatro y de poemas extraordinarios, aunque no se publicó nada con su nombre mientras vivía. No se conocen ni se conservan cartas, diarios o manuscritos de su puño y letra; ni tampoco cartas dirigidas a él.” Todo esto me ha llamado la atención, pues Giles Milton afirmó que no existe ningún poema, ninguna obra, ninguna carta escrita del propio puño de Shakespeare. Por otra parte, como ya se ha explicado infinidad de veces, su nombre tampoco figura en las primeras seis de sus obras impresas. Gortázar llega a sugerir que Shakespeare podría ser un pseudónimo: “El llamado Primer Folio, un volumen publicado en 1623 que contiene varias de las obras de teatro más importantes de los últimos dos milenios, indica claramente que el autor es William Shakespeare. Sin embargo, de las 36 obras que contiene el Primer Folio, solo dieciséis habían sido publicadas con anterioridad y, de las dieciséis, solo nueve obras llevaban el nombre del presunto autor. Por otra parte, dicho nombre aparecía algunas veces como Shake-spear, lo cual sugiere un alias tras el que se escondería un autor que, blandiendo la lanza de Pallas Atenea (the Spear-shaker), se disponía a denunciar a los estamentos políticos y religiosos de su tiempo. El dramaturgo que estaba blandiendo lanzas en los escenarios ingleses en 1592/3 era Christopher Marlowe.” Otra interpretación podría ser que un tal William Shakespeare –del que apenas tenemos datos– se prestara a poner su firma a los textos escritos por otra persona que había fingido su propia muerte. Un “negro”.

Greenblatt se expresa en estos términos sobre la influencia de Marlowe en el “bardo de Stratford”: “Shakespeare es el mejor escritor pero Marlowe tuvo una vida más extraordinaria, y le allanó el camino. Marlowe fue el Juan el Bautista de Shakespeare.” No sé si Marlowe allanó el camino de nadie, o si Shakespeare es comparable a Jesucristo, que era ágrafo. Lo que sí sé (y Greenblatt también lo sabe, pues él mismo lo dice) es que Christopher Marlowe aprendió griego y latín en la Universidad de Cambridge y que fue él quien tradujo a Ovidio y a Lucano, familiarizándose así con el género épico. Con la Farsalia de Lucano, Marlowe estudió a fondo el decasílabo blanco y se convirtió en el máximo exponente del decasílabo yámbico sin rima, el mismo estilo que supuestamente emplearía algunos años más tarde un tal William Shakespeare. Entiendo que esto no prueba nada, pero conviene mencionarlo. Greenblatt insiste en el capítulo 10 en la relación entre ambos: “que Marlowe y Shakespeare se conocían bien se deduce claramente de sus obras”. Desconozco qué documento o prueba tiene para hacer esta afirmación, a no ser que se refiera a su colaboración en las tres partes de Enrique VI

Atribución de Enrique VI

¿Escribió Marlowe las obras que se atribuyen a Shakespeare? Greenblatt reconoce lo evidente: “está bastante claro que colaboraron en Enrique VI”. En efecto, a finales de octubre de 2016 los medios del mundo entero informaron sobre una investigación académica que reveló la autoría de Marlowe en una obra hasta entonces atribuida exclusivamente a Shakespeare. Una investigación financiada por la Universidad de Oxford –en la que colaboraron veintitrés especialistas británicos y extranjeros– había llegado a una conclusión que contradice a los stratfordianos: “Hemos sido capaces de verificar la presencia de Marlowe en las tres partes de Enrique VI de manera clara y contundente. No solo se influyeron, ahora sabemos también que trabajaron juntos. Eran dos rivales que a veces colaboraban”, aseguró Gary Taylor, de la Universidad Estatal de Florida, uno de los responsables de la nueva edición. A esa conclusión llegaron por un motivo más concreto: “Shakespeare ha entrado en el mundo del big data y hay muchas preguntas que la gente se ha hecho siempre que ahora podemos responder con seguridad.” Desde hace tiempo, los investigadores recurren a los ordenadores para cruzar datos y los resultados pueden llegar a ser sorprendentes. En dichos ordenadores son almacenados diversos textos de autores de la época isabelina. En este caso fueron incluidas las siete obras que se atribuían a Marlowe y todas las atribuidas a Shakespeare. Después de eso, se limitaron a dejar que el software buscase asociaciones de palabras y términos que pudieran distinguir a uno y otro autor.

Pero ¿qué necesidad tenía en 1593 Christopher Marlowe de colaborar con William Shakespeare si este último era un desconocido que nada había escrito antes? ¿Realmente colaboraron? Es improbable, pero no imposible. Como explica Dominique Goy-Blanquet, el texto titulado Enrique VI tuvo que ser escrito antes de septiembre de 1592, fecha del panfleto en el que Robert Greene parodiaba el Enrique VI Tercera parte y acusaba a Shakespeare de plagio. Aunque en una nota del diario de Henslowe se menciona la creación de la obra en marzo de 1592. También cabe la posibilidad de que Shakespeare fuera el pseudónimo de Marlowe. La tercera opción es la que he sugerido antes: William Shakespeare era el hombre que firmaba los textos que el poeta de Canterbury escribía desde el exilio. ¿Un “negro”, entonces?

Una de las cosas más divertidas es que Greenblatt asegura que Shakespeare era un gran plagiador. Hay una afirmación de Greenblatt que me llama la atención. El investigador dice así: “a Shakespeare le llamaban cuervo embellecido con nuestras plumas. Un plagiador. Era un genio extraordinario y es injusto tratarlo así, pero no deja de haber una parte de verdad. Era peligroso que te imitara, porque lo hacía mejor”. Shakespeare pudo copiar a Marlowe, tal y como afirman los stratfordianos, pero ninguna de las obras atribuidas a Christopher Marlowe se imprimió antes del año 1620, cuando el William Shakespeare del que tanto nos hablan ya llevaba cuatro años muerto. ¿Copiaba Shakespeare de memoria? Una vez más, no entiendo nada.

Sobre la supuesta relación entre Marlowe y Shakespeare, Greenblat añade: “el hecho de que se conocieran, que fueran coetáneos exactos y lucharan intensificó y elevó la producción de uno y de otro”. Pero ¿a qué lucha se refiere Greenblatt? Él sabe perfectamente que a menudo hablamos de los “años perdidos” de Shakespeare (periodo que va desde febrero de 1585 hasta su supuesta llegada a Londres, en septiembre de 1593 y, por lo tanto, poco después de la muerte oficial de Marlowe). O sea, que mientras Marlowe había escrito diez obras de teatro (contando las tres partes de Enrique VI, diversos poemas y traducciones), Shakespeare no escribió nada, así que no pudo “competir” con él. 

Asesinato 

Por orden de sir Francis Walsingham, Marlowe había estado espiando en 1587 a los católicos británicos refugiados en Francia, concretamente a los estudiantes ingleses del Seminario Católico de Reims. Walsingham era secretario de Estado y organizador del espionaje y contraespionaje inglés durante el reinado isabelino. En el capítulo 7 del libro, Greenblatt se refiere así al espionaje de Marlowe: “El hecho de que las autoridades de la Universidad de Cambridge creyeran que el estudiante de teología estaba a punto de huir a Reims significa casi con toda seguridad que Marlowe se había metido en el papel de un disidente católico, de alguien que no se limitaba a simpatizar discretamente con la vieja religión, sino que estaba dispuesto a participar en actividades traicioneras para traerla de vuelta.” Esto que dice Greenblatt no tiene mucho sentido. Las autoridades académicas de Cambridge ignoraban que Marlowe trabajaba para los servicios secretos británicos y que había acudido a Reims como espía. Los catedráticos se negaban a concederle el título. Esto motivó la intervención oficial del mismísimo Consejo Privado del Reino, redactando una orden que obligaba a esos mismos catedráticos a conceder a Marlowe su título universitario, aludiendo a que el susodicho había estado atareado en asuntos relativos al bien de su patria. A ver si me explico: Marlowe se haría pasar por católico en Reims, no en Cambridge, donde seguramente trataría de pasar desapercibido, como así lo acreditan sus constantes ausencias. 

En el capítulo 12 Greenblatt se refiere al episodio que relaciona a Marlowe con el informante y agente doble Richard Baines. Baines estudió en el seminario católico de Reims en 1579 y fue ordenado sacerdote dos años después. En ese mayo de 1593 Baines –que había conocido a Marlowe en Cambridge– dejó una nota repleta de acusaciones contra él. La famosa “Baines note” fue enviada a la reina Isabel tras haber sido revisada por el propio lord Puckering (algo así como un fiscal general del Estado). Antes de que nadie pudiera tomar medidas contra Marlowe se produce su “asesinato”. Greenblatt concluye con una afirmación que es innegable: “De todo este turbio asunto solo queda clara una cosa: Richard Baines quería a Marlowe muerto.” Pues claro, pero eso no significa que Marlowe fuera realmente asesinado por sus propios jefes. Greenblatt afirma que el asesinato de Marlowe pudo decidirse al más alto nivel: “Hablé con un jefe de MI6 y me dijo que desde su perspectiva la muerte de Marlowe fue la clásica eliminación de un agente que ya no es de valor desde el punto de vista de la agencia que lo reclutó. Se había convertido en un activo tóxico. Y decidieron enterrarlo.” Podría ser así. Pero también podría no ser así. Desde principios de 1593, los amigos más íntimos de Marlowe desaparecen misteriosamente. Su compañero de habitación durante más de dos años, el dramaturgo Thomas Kyd, fue detenido y torturado bajo sospecha de traición. Los agentes del gobierno entraron y registraron el alojamiento de ambos, encontrando papeles comprometedores. Una semana más tarde el Consejo Privado del Reino ordenó el arresto de Marlowe, que en ese momento no estaba en Londres, sino en el condado de Kent, en casa de su protector y amigo sir Thomas Walsingham, primo de sir Francis Walsingham. ¿Realmente quisieron matarle?

Recordemos que la orden de arresto contra Marlowe fue efectuada el día 18 de mayo, seis días después de la detención de Kyd. El único motivo para pensar que la detención de Marlowe fue real es que los miembros del gobierno creyesen realmente que Marlowe era el instigador de un grupo ateísta y subversivo que podría estar confabulado con la resistencia católica para atentar contra la reina Isabel I. Esta suposición tampoco tiene sentido y por eso es más que probable que la detención no fuese más que una pantomima. Así lo explicaba Isabel Gortázar: “Si, como sabemos, Marlowe trabajaba para el servicio secreto inglés, su enemigo principal habría sido el rey católico Felipe II.”

Henry Maunder, un mensajero de confianza de la sala de audiencias de Su Majestad, cabalga hacia Scadbury. Está autorizado para buscar ayuda si es que fuese necesario, pero no parece haber problema. Marlowe vuelve con él a Londres el día 20 de mayo. Curiosamente, en ese momento Marlowe no es arrestado. En lugar de eso, es liberado bajo fianza y se le ordena declarar a diario ante el Consejo. Para Charles Nicholl, Marlowe tiene el estatus de alguien que lleva información, que es requerido a propósito, pero que no es considerado como un criminal que deba ser juzgado. Todos los amigos o personas cercanas a Marlowe van cayendo, detenidos, torturados en algunos casos, y, sin embargo, él es liberado y protegido. 

En el capítulo 18, Greenblatt explica que su opinión sobre la histórica polémica se asemeja a la que defiende David Riggs en su biografía titulada The world of Christopher Marlowe (2004). Riggs entendía que Marlowe fue asesinado debido a su ateísmo y que la orden de asesinarlo vino de la propia Isabel al instar a que fuera perseguido hasta el final. No soy capaz de entender este argumento. Greenblatt explica: “un asesinato en la trastienda de una posada no es lo que suele entenderse por una persecución. No obstante, es posible que un sirviente con exceso de celo pudiera creer que estaba cumpliendo los deseos de la monarca”. ¿Un sirviente? Esta interpretación me parece absurda. No entiendo qué intención tiene Greenblatt en dedicar todo un libro a Marlowe si, por otro lado, no asume la teoría que lleva su nombre.  ~


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