Foto: Guadalupe Martínez

El asesinato de “El Mencho” puso a los periodistas en riesgo

Un trabajo de por sí peligroso se volvió menos predecible por la falta de preparación del gobierno ante la abrupta y violenta respuesta del CJNG.
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Guadalupe Martínez no trabaja los domingos y el domingo 22 de febrero de 2026 no fue la excepción. Estaba en su casa, en Puerto Vallarta, preparando el desayuno cuando su teléfono comenzó a vibrar con llamadas y notificaciones. “Mis compañeros periodistas saben que cubro la fuente policiaca”, dijo en una entrevista, “y me dijeron: ‘Están quemando carros, no vayas a salir”.

Inmediatamente se cambió de ropa, agarró su teléfono y su micrófono y se subió al coche. “¿Cómo no iba a salir?”, recordó haber pensado. Guadalupe me contó que está acostumbrada a que personas desconocidas o autoridades la sigan, vigilen y fotografíen cuando cubre escenas del crimen. Cuando esto sucede, el gobierno mexicano suele ofrecer medidas de protección a los periodistas en riesgo. Ese día fue diferente. Reveló cuán expuestos están los reporteros ante un estallido repentino de violencia generalizada, y cuán insuficientes pueden ser los protocolos gubernamentales para mantenerlos a salvo.

Aquel domingo, el esposo de Guadalupe se ofreció a manejar. A pocos kilómetros de su colonia, en una ciudad que rara vez es escenario de episodios violentos, empezaron a ver vehículos quemados que lanzaban columnas de humo hacia el cielo. Frente a ellos había una joven llorando; le acababan de robar el coche. Empezaron a escuchar balazos. Guadalupe, quien reporta para su propio medio, Vallarta Al Momento, y otras publicaciones locales, se estaba preparando para transmitir en vivo cuando un motociclista encapuchado se acercó del lado del conductor. “Se levanta la playera, saca una arma, corta cartucho y encañona a mi esposo y le dice: ‘Bájate, hijo de tu —'”, recordó. Abrió la puerta de un jalón y empujó a su esposo fuera del coche.

Foto: Guadalupe Martínez

“Yo solo abracé mi bolsa; pensé que si veía mis cámaras, micrófonos y credenciales nos podía hacer algo”, dijo.

México es uno de los países más peligrosos para periodistas. Reporteros como Guadalupe lo saben bien. Están listos para enfrentar violencia física en ciertas coberturas, como las de protestas masivas. Conocen los riesgos de escenarios volátiles, como acompañar a madres buscadoras en territorios frecuentemente controlados por el narco.

En la mayoría de los casos que he cubierto a lo largo de los años, los periodistas asesinados o desaparecidos en México fueron blanco de ataques a causa de su trabajo, muchas veces después de haber expuesto temas de corrupción local o los vínculos entre autoridades y el crimen organizado, incluso de manera involuntaria. Los seguían, los acechaban y, en algunos casos, fueron víctimas de emboscadas.

Lo que sucedió ese domingo fue algo completamente diferente: inesperado, abrupto y aleatorio. En las últimas semanas, muchos de los reporteros que se toparon de frente con esta violencia –o que fueron atacados personalmente– han vuelto a trabajar con una sensación de conmoción permanente. No tuvieron días de descanso ni una forma adecuada de procesar lo ocurrido. Un reportero con quien hablé no deja de revivir lo que pasó, como si al repasar ese día una y otra vez, este fuera a cobrar sentido.

Foto: Otoniel Martínez

A las 7:30 de la mañana, las fuerzas de seguridad mexicanas lanzaron un operativo en las montañas de Jalisco para capturar a Nemesio Oseguera Cervantes “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). La respuesta del CJNG siguió un guion ya conocido. Cada vez con mayor frecuencia, tras la captura de sus líderes por parte de las autoridades, los cárteles llevan a cabo numerosos ataques simultáneos y actos de violencia espectacular para bloquear zonas de las ciudades mientras aterrorizan a la población. Los reporteros locales en Sinaloa vivieron situaciones similares durante las capturas de Ovidio Guzmán López, líder de una facción del Cártel de Sinaloa, tanto en 2019 como en 2023.

A unos 480 kilómetros al oeste de Puerto Vallarta, Otoniel Martínez, conductor de TV Azteca, radicado en Ciudad de México, se encontraba en Guadalajara cubriendo un segmento especial sobre las madres buscadoras, al año del descubrimiento del Rancho Izaguirre, cuando estalló una cacofonía de sonidos: sirenas de policía, ambulancias y disparos. A su alrededor, vio columnas de humo que se elevaban decenas de metros en el aire por toda la ciudad. Tuvieron que suspender su cobertura original.

Él y su compañero de cobertura se dirigían al aeropuerto para tomar un vuelo de regreso a Ciudad de México con cautela. Habían visto en redes sociales videos de pasajeros desesperados en el aeropuerto de Guadalajara que afirmaban que el CJNG había tomado el control de las instalaciones. Las autoridades aeroportuarias desmintieron rápidamente los rumores con un comunicado de prensa en el que aseguraban que las operaciones transcurrían con normalidad, lo cual tranquilizó a Otoniel y a su colega. Continuaron su camino.

Foto: Guadalupe Martínez

Estaban a seis minutos de la entrada al aeropuerto cuando vislumbraron a un grupo de cuatro hombres encapuchados y armados que cerraban la autopista. Uno de ellos levantó una pistola y les hizo señas para que dieran media vuelta. Mientras el compañero de Otoniel daba vuelta en U, el pistolero abrió fuego. Una bala atravesó la ventana trasera y los fragmentos de vidrio cayeron sobre ellos.

Para Otoniel, la parte más traumática fue encontrarse con ese nivel de violencia justo después de que le habían dicho que no corría peligro. “Eso”, me dijo, “supera todos los niveles de riesgo que he enfrentado en mi vida”.

Aunque las autoridades habían emprendido la operación contra Oseguera Cervantes a primera hora de esa mañana, no confirmaron sino hasta el mediodía que los hechos violentos que se desarrollaban en al menos 22 estados eran una respuesta a la captura del capo y a su posterior muerte bajo custodia.

A Otoniel y Guadalupe les desconcertó la cantidad de ruido y confusión generada por el cártel. Pero culpan a las autoridades por la incertidumbre que vivieron, la cual, afirman, los puso en riesgo. La falta de información oportuna y clara por parte de los funcionarios públicos les impidió saber qué estaba ocurriendo y cómo cubrirlo de manera segura.

Ambos periodistas continuaron reportando para llenar el vacío de información y poder ayudar a que el mayor número de personas posible se pudiera proteger del peligro. Guadalupe publicó actualizaciones constantes con una lista de eventos y lugares donde se registraban eventos violentos, y aconsejó a la gente quedarse en casa. Otoniel se puso al aire para contar lo que les había ocurrido a las afueras del aeropuerto. Pudo regresar a casa hasta una semana después, el domingo 28 de febrero; destinó ese tiempo a cubrir las secuelas de los eventos violentos en Guadalajara.

Foto: Otoniel Martínez

A Guadalupe y a su esposo les tomó aproximadamente siete horas volver a casa. “No había tenido tanto miedo en años”, publicó en su página de Facebook al día siguiente.

“Tantos puntos de siniestro, gente armada como loca, caminos bloqueados, enfrentamientos, balaceras. Todo el mismo tiempo”, recordó más tarde, al contarme sobre la experiencia. ” Fue demasiado”.

Miembros de la delincuencia organizada atacaron o amenazaron a al menos ocho periodistas locales el 22 de febrero en distintos estados del país, de acuerdo con Reporteros Sin Fronteras. A medida que los cárteles incorporan nuevas y más visibles tácticas de intimidación, frecuentemente como desafío directo a operativos oficiales, crece la necesidad de una cobertura ágil y precisa. Sin embargo, los periodistas de todo México enfrentan cada vez más incertidumbre, escasa protección y poco apoyo ante dichos escenarios.

Al día siguiente de la muerte de “El Mencho”, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció en su conferencia de prensa matutina que el país estaba tranquilo y en paz, una declaración que nos dejó a muchos de los escuchas con profunda inquietud. En las últimas semanas, muchos reporteros se han sentido aún más desanimados. Aunque “El Mencho” haya muerto, poco ha cambiado. Los negocios siguen pagando cuotas de extorsión. Las personas desaparecidas siguen sin aparecer y cada día desaparecen más. Algunos reporteros en Jalisco están reforzando sus protocolos de seguridad, especialmente para investigaciones. Muchos periodistas siguen sin poder comprender que el mismo patrón ya se había repetido en Sinaloa y, aun así, el gobierno no estaba preparado. ~


Este artículo se publicó originalmente en Zócalo Public Square, una plataforma de ASU Media Enterprise que conecta a las personas con las ideas y entre sí.

Forma parte de Cruce de ideas: Encuentros a través de la traducción, una colaboración entre Letras Libres y ASU Media Enterprise.


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