El caos y la ficción

El vértigo del caos. Ensayos sobre las ficciones literarias

Geney Beltrán Félix

Almuzara

Ciudad de México, 2025, 368 pp.

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En el El vértigo del caos. Ensayos sobre las ficciones literarias, Geney Beltrán Félix (Tamazula, Durango, 1976), narrador, ensayista, crítico y aforista, rechaza la posibilidad de encontrar certezas en el caos, pero facilita navegarlo. El libro es un mapa no de tierra firme, sino de constelaciones, de lecturas conectadas por líneas centelleantes.

Más concretamente, el libro es una colección de treinta y nueve textos. Los ensayos sobre obras de ficción viajan de la antigua Grecia al México contemporáneo, pasando por la dictadura estalinista, el exilio chileno y otros tiempos, espacios y estados. La nota en portada y contraportada menciona a algunos autores (como Cervantes, Toni Morrison y Gabriel García Márquez), ilustrando rango y variedad, aunque no resalta que la literatura mexicana es central en las exploraciones. Al análisis literario puntual, Beltrán intercala páginas de aforismos relevantes (“El aforismo es la autobiografía sin los hechos”), “prosas nómades”(alguna obra inglesa, pintura mexicana y película japonesa se cuelan) y otras revelaciones sobre la vida y experiencia del propio autor (epifanía en el metro Coyoacán, reja del parque Acacias, ola aniquiladora de los sueños) donde su pluma de novelista practica bien lo que predica.  

En organización y heterogeneidad, el libro recuerda los ritmos y amplitud de un libre poemario (los ensayistas me dirán que así pueden ser también los libros de ensayos): a veces un capítulo es un panorama de la obra entera de un autor, en diálogo con otros críticos literarios sobre la calidad de ciertas piezas tardías o el olvido de las más tempranas. A veces es sobre un tema cosechado a lo largo de una colección de cuentos, a veces hace zoom en una sola palabra o el epígrafe de una novela. A veces tres páginas, a veces treinta.

No menciono aquí más nombres de autores u obras de ficción incluidas en el libro porque el mismo Beltrán no los incluye en sus títulos, que a menudo funcionan como tesis, y a veces tarda varios párrafos en revelar a los sujetos de su escritura. Un deleite mío al leer fue descubrir qué sigue y dejar que la mente interprete el salto desde el ensayo anterior.

Los autores que elige Beltrán no se alinean en optimismos y pesimismos sobre la humanidad y la palabra. Se detiene en una escritora mexicana que describe de “tan robusta conciencia del fracaso de la palabra” y nos presenta también al novelista japonés que famosamente definió su rol como “ayudar a los lectores a recuperarse de sus sufrimientos, y curar las heridas del alma.” Beltrán, que en algún momento se autodenomina pesimista, propone y defiende la alquimia de la literatura, siempre cauteloso de no caer en lo cursi, favoreciendo “ficciones que energéticamente aborden al lector, que lo interpelen y le viren la visión del mundo hacia una postura insobornablemente crítica ante la realidad.”

En todos los ensayos, además de algún análisis sobre las decisiones técnicas del autor respecto a la realidad de los personajes, son recurrentes como herramientas de interpretación el psicoanálisis, la astrología y las conversaciones con otros doctos lectores, sin asirse por completo a una sola lente: ni Freud ni Saturno lo rigen todo. Lo que el autor nos recuerda siempre es el rol de las vísceras, entender que la razón no tiende a estar al volante, aunque queramos creerlo. Por ende, escribe, “la ficción literaria no educa al pensamiento a menos que asalte los sentidos.”

Cerca del inicio, Beltrán revela el proyecto de leer y escribir en torno al tema de las paternidades, que lo interpela personalmente como hijo y como padre. Esto se evidencia desde los títulos de los ensayos, entre ellos “El padre es una bestia enferma” y “Retrato del hijo como un alma en pena”, y el libro nos presenta variedad de especímenes literarios, desde ‘‘un Saturno, que devora sus hijos” a padres que temen morir y abandonar a su progenie. Tampoco excluye a escritoras o protagonistas hijas: “Por ser mujer y no varón en una sociedad patriarcal, ella se descubre anulada en tanto interlocutora, precisamente por el padre, una figura de tan rotunda autoridad y peso.”

Es difícil navegar estos ensayos sin pensar en el término “masculinidad tóxica”, aunque Beltrán propone sinónimos más simpáticos, “menos rugosos al oído”, en un texto que es también un excelente análisis de la relación entre autor y protagonista en la autoficción. Otro eje central en el libro es el de autoridad, poder, y gobierno, incluida la relación con el pater familias que el aforismo resalta: “No hay nada mejor para el estado que un padre de familia asustado.”

No es necesario tener frescas, o ni siquiera hechas, las lecturas de “el Balzac del norte” o “el viajero máximo de nuestras letras” para entender, dialogar e incluso gozar o sufrir con los ensayos, pues las síntesis de Beltrán retratan vívidamente a los personajes y tramas.En cuanto a las constelaciones particulares que nombran a las secciones en que se divide el libro –Vocación de Oscuridad, de Quietud, de Desafío, de Metamorfosis– y sobre todo el salto del Caos al Laberinto, confieso que les presté mayor atención al terminar la lectura, pero los aforismos en cada sección hacen los lazos (amor, rencor, aniquilación, espejo) inescapables.

Los aforismos del autor son los que despiertan en mí una reacción más visceral. El género invita de inmediato lecturas personales, acuerdos o desacuerdos, aun cuando varios de los aforismos de Beltrán advierten que no se debe confiar de más en sus declaraciones. Abundan los que son oraculares: “Si exiges recibir, ahora, lo que tanto crees que mereces, acepta entregar, a cambio, lo que sin saber has tanto amado.” Hay varios donde no me queda el saco y quisiera saber más sobre la autobiografía del autor: “La adversidad económica, para el artista, no es sino un desafío menor si se le compara con el mayor peligro: la felicidad amorosa.” Y suficientes donde me encuentro en tajante desacuerdo: “Comparados con el adversario que uno puede ser de sí mismo, los demás solo son pálidas concreciones del deseo de tener cómplices en la tarea de autodestrucción.”

Muchos de los aforismos que versan explícitamente sobre la literatura sirven como detonadores o epígrafes para poemas o ensayos: “De buenas intenciones activistas está empedrado el camino de la intrascendencia literaria”; “Quien imagina en nosotros es el reptil, no el ángel”; “Querer estar al día significa sacrificar todas las demás geografías del tiempo, por la más desértica.” 

Beltrán denuncia que tantos lectores del siglo XXI hayan abandonado lecturas de tiempos anteriores y nos invita a no caer en esa trampa. Contextualiza el medio de los autores al igual que a sus personajes, como en el caso de una escritora mexicana a quien dedica uno de los ensayos más amplios y quien “ubica a las mujeres de sus últimas obras en ese escenario histórico previo a las luchas de liberación de la mujer y en las que las oportunidades de realización profesional eran escasas”. Beltrán marca tanto los cambios y avances como los ecos y continuidades en las injusticias, conflictos y limitaciones humanas. Y debo confesar, lectora muy del siglo XXI que soy, que una de mis conclusiones favoritas sobre paternidades en este libro es aquella que se revela en la interpretación de una obra cervantina.

Pensándolo bien, más que recordarme a un libro de poesía (por su polisemia, sus espacios en blanco, la invitación a lazos inesperados), la lectura de El vértigo del caos fue para mí como una serie de excelentes conversaciones con un auténtico defensor del arte de la ficción que presenta su experiencia de lector y mortal para invitarnos a considerar y ampliar nuestra propia historia. ~


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