Tal vez por el calor, junio es el mes en el que más difícil se me hace conciliar mis dos caras. Conciliar aquella que ve la vida a través de un prisma humorístico y sabe aplicar a todo un toque de luz, un toque de ligereza, y aquella que está patológicamente enfadada con las injusticias del mundo y resentida en su día a día; aquella que es un gruñón. Durante el resto del año estas dos caras coexisten con facilidad, están en equilibrio y casi logran ser una, pero en junio están tan diferenciadas y tan potenciadas que no sé qué hacer con ellas.
El tema de la Feria del Libro de Madrid esta vez es el humor. Desde hace dos años, doy talleres de escritura sobre el tema, y mi objetivo siempre es transmitir cómo este es un elemento inherente a la literatura, no un simple recurso o añadido. Cómo la literatura es un reflejo de la realidad, y la realidad, incluso cuando es trágica, absurda o fea, contiene humor. Por eso hay humor en Proust, en Murdoch, en Sosa Villada, en Valente, en Woolf, en Beckett, en todos. Esta es la tesis y siempre es convincente.
Pero me temo que también está la contraparte del humor. Gente que se piensa que se toma la vida con humor y se la toma, sencillamente, con cinismo, con estupidez, con estrechez de miras, con pobreza de espíritu, etc.
Y es que el otro día me topé con el sinsentido profundo y triste de las cosas, con el puro contraste: había pasado la tarde en la Feria, recomendando libritos jocosos, hablando con la gente, escuchando a un señor hablar de Molière y todo tenía ese reconocible tinte agradable de los días al sol hablando de literatura con un vestido o unas bermudas. Hasta que dieron las
18:30 de la tarde y fui a la manifestación para impedir el desahucio de Maricarmen, una mujer de ochentaiséis años en silla de ruedas a la que van a echar de su hogar después de setenta años viviendo allí. Estábamos ahí todas mis amigas, el Coro Protesta, Juan Diego Botto, la Fanfarria Transfeminista, Ismael Serrano, y todas teníamos la misma cara, el tipo de cara que se te pone cuando te encuentras cara a cara con una situación tan ridículamente injusta, igual de ridícula e igual de injusta que la mayoría de cosas que están ocurriendo en el mundo. Me invadió también una autocompasión extraña, poco frecuente, y me lamenté por tener treinta años y vivir en una casa con tres personas compartiendo una cocina diminuta, por no ver un horizonte en el que esta perspectiva vaya a cambiar ni un ápice.
Unos días antes me ocurrió otro encontronazo con ese horror: volvía a casa pensando en lo que diría en una charla que iba a dar sobre el humor en la poesía. “Citaré a Panero, a Gloria Fuertes, a la Escuela de Nueva York, a William Carlos Williams, provocativamente a Dante”. Eran las cinco de la tarde, hacía mucho calor y la calle Santiago el Verde estaba vacía. De repente, un tipo corrió hacia mí, se me puso delante y empezó a masturbarse gritándome “fucking whore”, “suck my dick, bitch”, etc. Yo, aterrorizada, no recuerdo cuánto estuve ahí, cuánto tiempo permanecí quieta antes de darme cuenta de que tenía que echar a correr.
Aquella noche no dormí, y por la mañana escribí un artículo que me pidieron explicando por qué mi novela anterior era divertida. Por qué decidí hacerla divertida.
También bromeo mucho sobre las relaciones humanas, mi tema favorito. Parafraseo el final de Annie Hall, asumo con gracia el inevitable fin del amor, defiendo que todo el mundo es mediocre y comete errores, pienso que la verdad puede encontrarse en Girls, pero a veces llega la madrugada y descubro con terror que sigo intensamente resentida con mi expareja, por su maldad, por su torpeza. Y ahí, a las tres o cuatro de la mañana, no soy capaz de encontrar ningún bálsamo.
En fin, al contrario de lo que afirmo en clase, al contrario de lo que casi siempre quiero creer, el humor no puede aplicarse a todo. Hay ciertas cosas de las que, sin la distancia suficiente, es imposible reírse. ¿Es el humor patrimonio de los privilegiados, de los marginados que lo utilizan como mecanismo de supervivencia, de ambos? Quizás sí que se pueda, de hecho, aplicar a todo, pero, ¿debe hacerse?