Ilustración: Letras Libres

Computación cuántica: la economía del descubrimiento

La computación cuántica abrirá la puerta a descubrimientos y a soluciones novedosas y más eficientes para numerosos problemas. México debe preguntarse cómo quiere estar situado frente a esa revolución.
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HSBC e IBM anunciaron un avance que habría parecido ciencia ficción hace apenas unos años. Ambas empresas demostraron el primer algoritmo conocido de trading financiero habilitado por computación cuántica. No se trató de construir una computadora más rápida ni de reemplazar a Wall Street por una máquina futurista. El verdadero logro consistió en utilizar algoritmos cuánticos para resolver un problema extraordinariamente complejo de optimización financiera: encontrar mejores decisiones entre millones de posibilidades que cambian continuamente.

El anuncio tiene implicaciones que van mucho más allá de los mercados financieros. Imaginamos que la computación cuántica serviría principalmente para descubrir nuevos medicamentos, diseñar materiales revolucionarios o acelerar la investigación científica. Todo eso sigue siendo cierto, pero el experimento de HSBC e IBM demuestra algo más: esta tecnología también transformará la manera en que las empresas optimizan sus operaciones, administran riesgos, diseñan cadenas de suministro, distribuyen energía o toman decisiones en tiempo real.

No es casualidad que un reciente artículodel Financial Times sostenga que la computación cuántica ha cruzado un umbral histórico. Después de décadas de promesas, dejó de ser un experimento de laboratorio para convertirse en una prioridad estratégica para empresas, inversionistas y gobiernos. Google, IBM, Microsoft, NVIDIA y Quantinuum ya no compiten únicamente por construir mejores procesadores: compiten por inaugurar una nueva economía basada en la capacidad de descubrir.

La competencia del siglo XXI ya no será simplemente por producir más información. Tampoco por acumular más datos. Será por descubrir antes que los demás el conocimiento que hoy permanece oculto y por resolver problemas cuya complejidad rebasa las capacidades de la computación tradicional. La ventaja estratégica pertenecerá a quienes construyan primero el ecosistema capaz de convertir esa capacidad en innovación, productividad, riqueza y poder.

Existe una extraordinaria coincidencia entre la literatura y la ciencia. En El jardín de senderos que se bifurcan, Jorge Luis Borges imaginó un universo donde todas las posibilidades existen simultáneamente y cada decisión abre un camino distinto. Borges no pretendía explicar la mecánica cuántica. Pero, como ocurre con los grandes escritores, anticipó las preguntas antes que las respuestas. Quizás ésa sea también la mejor manera de entender la computación cuántica: no como una computadora más poderosa, sino como una nueva capacidad humana.

La historia del progreso puede leerse como una sucesión de capacidades. La escritura amplió nuestra memoria; la imprenta multiplicó el conocimiento; la máquina de vapor nuestra fuerza física; internet conectó la memoria colectiva del planeta; la inteligencia artificial amplía nuestra capacidad para aprender y reconocer patrones. La computación cuántica representa el siguiente capítulo de esa historia: ampliará nuestra capacidad para descubrir y para explorar problemas cuya complejidad hoy resulta prácticamente inaccesible.

El progreso científico ha dependido de la observación, la imaginación y el cálculo. Sin embargo, existen problemas cuyo número de combinaciones posibles supera incluso a las mejores supercomputadoras. Pensemos en nuevos medicamentos contra enfermedades neurodegenerativas, materiales que revolucionen la industria aeroespacial, baterías mucho más eficientes o catalizadores capaces de reducir drásticamente el consumo energético de la industria. La naturaleza probablemente ya contiene muchas de esas respuestas. Lo que todavía no poseemos son los instrumentos para encontrarlas. Si la Revolución Industrial dio origen a la economía de la producción y la revolución digital impulsó la economía del conocimiento, la computación cuántica puede inaugurar una nueva etapa: la economía del descubrimiento.

Se ha repetido que los datos son el nuevo petróleo. Hoy el problema ya no consiste en generar más información –nunca habíamos producido tantos datos como ahora– sino en descubrir conocimiento nuevo dentro de ella. Allí reside una de las mayores oportunidades económicas del siglo XXI. Pero eso representa solamente una parte de la historia. La otra gran fuente de valor será la optimización.

Gran parte de la economía moderna se enfoca en resolver problemas extraordinariamente complejos: diseñar cadenas globales de suministro, administrar redes eléctricas, asignar inversiones financieras, optimizar rutas logísticas o coordinar sistemas de transporte. La computación cuántica promete encontrarles soluciones más eficientes.

Las empresas que primero desarrollen estas capacidades descubrirán, por ejemplo, nuevos materiales o medicamentos. Además reducirán costos, optimizarán inventarios, disminuirán desperdicios, mejorarán el uso de energía y administrarán riesgos con mucha mayor precisión. La computación cuántica transformará los laboratorios, pero también los consejos de administración.

Por ello, durante algún tiempo se creyó que la inteligencia artificial y la computación cuántica competirían por el mismo espacio tecnológico. Hoy sabemos que el futuro será híbrido. La inteligencia artificial continuará aprendiendo de enormes volúmenes de información; la computación clásica seguirá ejecutando prácticamente todas las operaciones cotidianas; la computación cuántica intervendrá cuando sea necesario explorar problemas cuya complejidad rebasa cualquier arquitectura convencional. No habrá una tecnología vencedora. Habrá una convergencia tecnológica que multiplicará las capacidades humanas.

Por otro lado, la computación cuántica representa un enorme desafío para la seguridad. Una computadora cuántica suficientemente poderosa podría romper buena parte de los sistemas criptográficos que hoy protegen bancos, gobiernos, infraestructura crítica y comunicaciones digitales. Por ello avanza paralelamente otra carrera estratégica: la criptografía postcuántica. Instituciones públicas y empresas ya preparan la migración hacia nuevos estándares de seguridad capaces de resistir los ataques del futuro. La revolución cuántica será, al mismo tiempo, una revolución científica, económica y de seguridad nacional.

La historia demuestra que las grandes transformaciones tecnológicas avanzan lentamente durante años hasta alcanzar un punto de inflexión. Internet fue durante mucho tiempo una herramienta académica antes de cambiar la economía mundial. La inteligencia artificial pasó décadas en laboratorios hasta que los modelos generativos la acercaron a millones de personas. La computación cuántica parece aproximarse a un momento semejante. Tal vez todavía falten algunos años para su adopción masiva, pero la dirección del cambio ya está definida.

Por eso Estados Unidos, China y Europa han convertido esta tecnología en una prioridad estratégica. Los tres han entendido que la verdadera competencia va más allá de construir mejores computadoras y pasa por desarrollar ecosistemas completos donde universidades, centros de investigación, empresas, inversionistas y gobiernos transformen rápidamente el conocimiento científico en innovación económica.

Esa es quizá la principal lección para México. Con frecuencia pensamos que participar en una revolución tecnológica significa fabricar localmente las mismas máquinas que desarrollan las grandes potencias. Ése no debería ser nuestro objetivo principal. La verdadera pregunta es: ¿qué tipo de país queremos ser cuando la economía del descubrimiento se convierta en uno de los principales motores del crecimiento mundial?

México posee fortalezas importantes: una sólida base manufacturera, integración con el mercado norteamericano mediante el T-MEC y universidades capaces de formar talento de clase mundial. Pero esas ventajas dejarán de ser suficientes si no evolucionan.

La competencia ya no girará solamente alrededor de costos laborales o ubicación geográfica. Competiremos por atraer científicos, matemáticos, ingenieros especializados en información cuántica, expertos en inteligencia artificial, investigadores en nuevos materiales y emprendedores capaces de transformar conocimiento científico en empresas globales.

Competiremos, sobre todo, por talento. Eso exige fortalecer la investigación científica, vincular mucho más estrechamente universidades y empresas, desarrollar programas nacionales de tecnologías profundas, impulsar fondos de capital emprendedor e incorporar desde ahora la seguridad postcuántica en sectores estratégicos como la banca, las telecomunicaciones, la energía y el gobierno.

La revolución cuántica también obligará a las empresas a formular una nueva pregunta. Durante los últimos años los consejos de administración se preguntaban cómo digitalizar sus organizaciones. Después comenzaron a preguntarse cómo incorporar inteligencia artificial. Muy pronto deberan cuestionarse cuáles son los problemas fundamentales de su negocio que podrían resolverse mediante la computación cuántica. Las organizaciones que encuentren respuestas antes que sus competidores construirán ventajas difíciles de alcanzar.

Michael Polanyi escribió que “sabemos más de lo que podemos expresar”. La creatividad, la intuición y el juicio seguirán siendo profundamente humanos. La computación cuántica no sustituirá esas capacidades; las ampliará.

Por eso, el verdadero impacto de esta revolución no deba medirse únicamente en qubits o en velocidad de procesamiento. Deberá medirse por los descubrimientos que hará posibles, por las enfermedades que ayudará a combatir, por la energía que permitirá producir con mayor eficiencia, por los materiales que todavía no conocemos y por las decisiones que optimizará en beneficio de millones de personas.

La verdadera riqueza de las naciones nunca ha dependido únicamente de los recursos que poseen. Depende, sobre todo, de su capacidad para ampliar las fronteras del conocimiento humano. Y en esa nueva frontera comienza, precisamente, la economía del descubrimiento. ~


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