Foto: The White House

“Reflecting fool” o el reflejo del ego de Trump

Con su grandiosidad imperial, Trump ha manchado y nombrado todo. Quizás el circo romano del fútbol le baje el pulgar al emperador dorado.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Hay países que se cuentan por sus monumentos y otros por sus cicatrices. Estados Unidos suele preferir los monumentos, pero las cicatrices terminan imponiéndose porque nunca desaparecen del todo, nada más cambian de sitio. A veces, monumentos y cicatrices simbolizan lo mismo. Y en el caso de Donald John Trump esa síntesis remite a un solo punto: su ego.

Washington, por ejemplo, está lleno de superficies que fueron diseñadas para reflejar el cielo. El mármol del Capitolio, las ventanas de los ministerios y el espejo de agua frente al monumento a Lincoln, el estanque reflectante o reflecting pool, esa enorme lengua de agua destinada a reflejar en cada uno de sus extremos el monumento a Washington y el monumento a Lincoln, los dos mayores Padres fundadores de Estados Unidos. Trump no podía estar ajeno a eso, así que decidió que el espejo debía tener algo de él, y lo hizo pintar para convertirlo en una piscina de Mar-a-Lago.

El ego puede ser dañino y el ego de Trump es epítome de la autoimportancia. Todo es sobre él. Y todos nosotros hemos debido vivir con doce años –dentro y fuera del gobierno– de Trump imponiéndose en todas partes como una mancha difícil de evitar. Trump ha cultivado la expansión de sus negocios, imagen y nombre hasta cubrir a Washington D.C. tanto de sí mismo que quizás nada más necesite un empujón para renombrar otras partes de ella con su apellido, consciente de que llamarla Trump, D.C. sería, incluso para él, un exceso. Es como si la ciudad fuera suya, otro complejo de edificios al que podría embadurnar con un gusto tan absurdamente ostentoso, excesivo, excéntrico y meloso que provocaría espasmos a Tony Montana, Liberace y Walter Mercado.

Trump II es Trump puro, desquiciado, el Kraken suelto. La Casa Blanca ha abandonado el ascetismo para tornarse en un Versalles cutre que hiere los ojos y el buen gusto. Es el triunfo del culto kitsch a la personalidad. Trump descubrió en su regreso al poder que ya no necesita sorprender, que este era su último baile. Y que, por lo tanto, debía dejar su marca. Y eso es tan simbólico como literal.

Así, la Oficina Oval de la Casa Blanca pasó de ser un espacio modesto y delicado a una restallante colección de ornamentos de yeso de IKEA pintados con brillantina dorada. Molduras pintadas con oro de 24 quilates, detalles dorados en los marcos de las puertas, querubines traídos de su finca de Mar-a-Lago. La chimenea de mármol blanco de la Oficina convertida en un apósito dorado horrendo, con urnas de oro y más ornamentos dorados. Portarretratos dorados, molduras doradas en el techo; posavasos dorados con el nombre TRUMP prominente. Su vocera Karoline Leavitt lo encontró con un bote de superglue en la mano añadiendo nuevas decoraciones a la repisa de la chimenea, como un anciano dedicado al bricolaje porque nada más tiene que hacer. Todo para simbolizar lo que Trump llamó en su discurso inaugural la –obvia– Edad Dorada de Estados Unidos. 

Albert Speer, el arquitecto de Hitler, diseñó obras públicas grandiosas, todas de estilo clásico, con la idea de empequeñecer al individuo y proyectar una imagen de fortaleza nacionalista. Los líderes soviéticos, en particular Stalin, planearon los suyos.1 Kim Jong-un tiene mosaicos y murales como una estatua gemela con su padre hecha en bronce fundido. Saddam Hussein tenía 3,860 estatuas de sí mismo en todo Iraq. El culto a la personalidad está entretejido en el ADN político de hombres que emplean el poder estatal o personal para emprender proyectos que aportan poco y nada a la sociedad pero mucho a reflejar sus egos. Son, todos, instrumentos de difusión ideológica. Los Estados Unidos de Trump son ese rechinante, empalagoso brillo dorado de mal gusto que pretende exhibir un imperio poderoso y nada más representa su decadencia.

Trump ha firmado órdenes ejecutivas que exigen arquitectura clásica en los edificios federales y propuestas de monumentos colosales, como el controvertido Arco de la Independencia en Washington D. C. Y ha creado mega eventos teatrales para celebrarse a sí mismo asociado a grandes momentos de la nación. El 14 de junio de 2025 –el día de su cumpleaños 79– organizó el primer desfile militar en la capital para celebrar los 250 años del ejército estadounidense. Y en 2026, festejó sus 80 años con una mezcla de feria ambulante de motociclistas y circo romano de luchadores en el jardín de la Casa Blanca con una monstruosa construcción de metal y banderas hasta en los árboles: la excusa es el preámbulo a los 250 años de la independencia, pero, otra vez, coincidió con el día del onomástico presidencial. El acto central del 4 de julio de 2026, que marca los primeros dos siglos y medio de la nación más poderosa de la tierra, tampoco será para los estadounidenses: será un mitin con él –Donald J. Trump– como orador. Nadie –ni sus artistas amigos, parece– quiso prestarse para un show que todos saben que honra a un hombre y deshonra a toda una nación.

La mancha egomaníaca del emperador no ha acabado allí. Diseñó las gorras MAGA él mismo para que siempre tuvieran presente su nombre –y envió el dinero de las, aparentemente, más de dos millones de unidades vendidas a sus propias cuentas. La tienda en línea de Trump vende 622 productos relacionados a Trump y en 2024 generó ingresos por unos 9 millones de dólares para el presidente –mientras preside.

Alrededor de su presidencia ha crecido un mercado de objetos que mezcla política, espectáculo y especulación financiera con una naturalidad que desconcertarían a los operadores de Wall Street si los operadores de Wall Street no se beneficiasen de sus acciones.2 Monedas que son memecoins. Relojes Trump. Zapatillas deportivas. Biblias autografiadas por un hombre que no sabe recitar un verso porque jamás los leyó. En otra época los presidentes inauguraban bibliotecas presidenciales, ahora inaugura un ecosistema comercial con hotel del que no existe más que un render en inteligencia artificial, pero por el cual la familia presidencial ya abrió los libros para anotar donaciones.

Hubo también ideas que parecían haber sido concebidas durante una sobremesa particularmente larga y que, sin embargo, alcanzaron la categoría de propuesta oficial. La Franja de Gaza dejó de aparecer como territorio devastado y comenzó a describirse, en ciertos círculos presidenciales, con el lenguaje de un folleto inmobiliario. Playas, hoteles, inversión, reconstrucción, desarrollo. La Riviera by Trump.

Trump II ha sido, de hecho, la etapa de imposición de la marca en cuanto pase frente a sus ojos. Si pudiera, registraría “USA by Trump®” y “The United States of Donald J. Trump®”, pero es probable que ya no le quede capital político para tanto.3 Lo que sí ha hecho es barnizar todo cuanto pudo, mientras tanto. El Board of Peace –las Naciones Unidas privadas de Trump– lo tendrá de presidente vitalicio y no lleva su nombre, pero sí la tipografía y Pantone de Trump Organization; y están las visas de 1 millón de dólares “Trump Gold Card”; las cuentas bancarias para niños Trump Accounts, el mastodóntico salón de baile–más grande que la Casa Blanca, claro–; el Trump US Institute of Peace y el programa de salud TrumpRx, políticas públicas bautizadas como si fueran franquicias de entretenimiento.  

Trump propuso crear un nuevo modelo de gigantescos buques de combate –la “Trump Class”, por supuesto “más grandes” que las existentes– que integraría una llamada, por él mismo, “flota dorada”. En el extremo de la autocelebración dijo que cuando diseñó su arco del triunfo –que podría ser la estructura más alta de Washington– pensó en una sola persona: “Yo”. (A cualquier otro presidente de Estados Unidos le toma más de cuatro años ver su nombre en un edificio –John F. Kennedy lo tuvo al año de su asesinato, precisamente para honrar su vida; Obama no tenía ninguno hasta 2026; Biden, tampoco. Trump bautizó el Donald J. Trump & John F. Kennedy Center for the Performing Arts mientras gobierna.)

La iconografía imperial de Trump ha sido obviamente acompañada por la celebración y aplauso de sus seguidores y los sicofantes que se benefician de la cercanía. Esa corte de aduladores ha estado particularmente ocupada en complacer al presidente en el Congreso, donde desde que asumiera en enero de 2025, se sucedieron los proyectos de ley de besa anillos: convertir en feriado el 14 de junio –día del cumpleaños de Trump y de la bandera–, esculpir su rostro en el Monte Rushmore nada menos que junto a George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln o nombrar una “autopista interestatal 47” y crear la “President Donald J. Trump Freedom Highway” en Ohio. Un representante propuso imprimir billetes de 500 dólares con su imagen. En 2024, para el cumpleaños 78 de Trump, un representante de Florida, Greg Steube, quiso que se rebauticen las aguas costeras estadounidenses como, claro, “Zona Económica Exclusiva de Estados Unidos Donald John Trump”.

Suma y sigue. En 2026 se conocieron los diseños de una moneda –dorada– de 1 dólar con la imagen desafiante con que Trump posaba en The apprentice. ¿A quién quiso Trump como retrato del billete de 250 dólares que conmemora los mismos años de independencia de Estados Unidos? La respuesta se cae de madura: él mismo. (Ya tuvo media victoria: el Departamento del Tesoro autorizó que sea el primer presidente en funciones en tener su firma estampada en los futuros billetes.) ¿Qué nombre quiere Trump en el Aeropuerto Internacional de Dulles, a las afueras de Washington? El suyo. ¿Cuál para el Metro de DC? “Trump Train”. ¿Y para la Penn Station de NYC? Trump Station. ¿Y el aeropuerto de Palm Beach? President Donald J. Trump International Airport, con el código del aeropuerto cambiado de PBI a “DJT”. ¿Y el rostro de quién aparece en pendones de edificios públicos, por Constitution Avenue y el National Mall, y junto al de George Washington –con las inscripciones “America’s First” y “America First”–, y en el Departamento de Justicia –que se supone autárquico del Ejecutivo? Trump, Trump, Trump, Trump.

Son grandilocuencias que no se agotan en expresar la vanidad del líder: definen un espíritu y la ideología de una época. El 20 de enero de 2025, Trump asumió su segunda presidencia bajo un cielo abierto y frío en el mismo lugar donde cuatro años antes una multitud había asaltado el Capitolio. El contraste era deliberado: ahora el golpista era el presidente legítimo. En ese escenario, Trump bautizó su juramento como “El día de la Liberación”, porque, dijo, Estados Unidos se desprendía de un pasado funesto.

La primera administración de Trump fue un desfile continuo de pequeñas y mayores anomalías que terminaron pareciendo parte del paisaje donde todo se respiraba Trump. La segunda es el paisaje. The New York Times revisó las reuniones de gabinete y descubrió que los asistentes alaban a Trump en una de cada seis frases –el sueño húmedo de cualquier delirante emperador romano. El Trump Hotel donde diplomáticos extranjeros reservaban habitaciones no tanto por comodidad como por proximidad al propietario del inmueble sigue a tope de reservaciones. Eric y Donald Jr. aparecían antes en reuniones internacionales sin que quedara del todo claro dónde terminaba el apellido y comenzaba el cargo; ahora administran empresas que nunca dejan de beneficiarse del valor publicitario del apellido. Jared Kushner, el yerno presidencial, es el encargado de conflictos cuya historia se remonta varios milenios y de los que la familia ampliada de Trump obtiene o pretende obtener miles de millones de dólares por tráfico de influencias.

Quizá esa fuera la innovación política más importante del período: convertir la saturación en estrategia. No ocultar una controversia, sino cubrirla con cinco nuevas antes de que terminara la tarde. Un proceso judicial convivía con un lanzamiento comercial; una demanda coincidía con una propuesta diplomática extravagante; una investigación es desplazada por un comentario suficientemente escandaloso para dominar los titulares durante cuarenta y ocho horas. La atención pública empezó a parecerse a un aeropuerto –Donald J. Trump News Cicle, Airport & Casino– durante una tormenta: demasiados vuelos intentando aterrizar al mismo tiempo.

Las instituciones poseen una extraña capacidad para parecer inmóviles mientras absorben impactos. Quizá por eso las épocas no terminan cuando terminan los gobiernos sino que permanecen adheridas a los objetos. Eso está detrás de los personalismos que imponen nombre e imagen a objetos, edificios, incluso ideas: cuando no esté, seguiré estando.

Dentro de muchos años, cuando los historiadores intenten resumir aquellos dos períodos presidenciales, probablemente enumerarán elecciones, procesos judiciales, reformas, decretos y cifras económicas. Será una cronología impecable. Pero acaso comprendan mejor aquella época si observan las cosas pequeñas: los objetos convertidos en símbolos, los negocios confundidos con ceremonias oficiales, las marcas comerciales mezcladas con la autoridad del Estado, las familias convertidas en organigramas, el nombre grandilocuente de un individuo que desea que el mundo se parezca a él. La facilidad con la que un país entero aceptó vivir durante años dentro de una sucesión ininterrumpida de episodios que, vistos por separado, parecían improbables, pero juntos terminaron pareciendo normales.

Cuando la normalidad es el ego de un individuo hace tiempo que todo lo demás dejó de ser importante. Y quizás Trump encuentre en la más importante de las cosas menos importantes –el fútbol– la respuesta que menos anda buscando. Quiso el Nobel de la Paz y Gianni Infantino le dio el Premo FIFA de la Paz. El mismo Infantino le abrió las puertas para que entregue, junto a él, la Copa del Mundo al campeón de 2026. Trump va allí a buscar el abrazo de las masas. Todos sabemos, porque lo vivimos, que un estadio puede ser un remedo de un circo romano. Y quizás no sea buena idea para un emperador tan lleno de sí mismo acercarse a una arena donde hay gente de todo el mundo que no le debe nada. Su nombre puede acabar manchado. ~


  1. “Koba” vio cómo se erguían 6 mil estatuas de su cara recia de bigotón y labios fruncidos por toda la Unión Soviética. Pendones, posters y retratos fueron emplazados en los edificios públicos de cada ciudad. Diecisiete ciudades soviéticas, Volgogrado incluida, fueron rebautizadas con su nombre. Lo mismo sucedió con bulevares, fábricas, parques, escuelas, regiones administrativas y hasta una montaña, la más elevada de Tadjikistán, el Pik Stalina. ↩︎
  2. Si cree que la mega millonaria oferta pública inicial de SpaceX no tiene relación con los vínculos contractuales y personales de Elon Musk con Trump II, aquí le dejo su sombrero MAGA y un detente para frenar el coronavirus. ↩︎
  3. Tengan por seguro que, si la idea le da vueltas por cierto tiempo en la cabeza y recibe suficientes palmadas aprobatorias, algún representante menor de un estado delirante como Florida, lo llevaría a la cámara. Que la ley no lo permita jamás fue un desincentivo para Trump. ↩︎


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: