El estreno de la nueva Odisea ha llegado precedida de una encendida discusión en las redes que funciona como la mejor publicidad. Va unida al hecho de que su director, Christopher Nolan, ha hecho películas solventes y complejas como Memento (2000) y blockbusters como la trilogía de Batman (2005-2012), y ahora toma un clásico con mayúsculas como punto de partida.
Las obras que pertenecen a la industria del entretenimiento y a la cultura de masas están en seria desventaja frente a las obras artísticas o literarias destinadas a un público más restringido: no es lo mismo poner una estatua de Helena en una galería de arte que hacer una película que ve todo el mundo; el escrutinio, obviamente, es mayor. Por eso mismo, están sometidas a una fuerte responsabilidad, pues muchas veces sustituyen, para el espectador medio, a la obra original.
¿Qué tan peligroso es que los espectadores crean que la Odisea de Nolan es la Odisea de verdad? ¿Es la Odisea de Nolan una interpretación total y radicalmente nueva? No: casi todo lo que hay en ella tiene antecedentes y muy poco es nuevo. ¿Es, entonces, una adaptación fiel al texto original? Tampoco: hay cambios en la trama y el desarrollo que a veces la apartan del original. ¿Es una versión de nuestro tiempo, con nuestros valores y nuestras preocupaciones? Otra vez, no del todo. Entonces, ¿qué es? En mi opinión, ni una cosa ni la otra: se queda a medio camino, en un lugar más bien cercano al puro cine de entretenimiento y palomitas. Es una versión tibia que no se atreve a transformar el original y tampoco lo conserva del todo. Veamos qué conserva y qué transforma, advirtiendo, desde luego, que las líneas que siguen revelan muchos detalles de la trama.
La película abre con el rapero Travis Scott haciendo una performance que es un interesante cruce entre rap y actuación de rapsoda, con bastón y todo. El texto que recita se parece, un tanto lejanamente, al prólogo de la Odisea homérica. Femio o Demódoco, recitadores que aparecen en la Odisea, convertidos en un rapero negro: sin duda una buena idea, aunque no sea nueva; tal vez Nolan no lo sepa, pero en Omeros, el gran poema de Derek Walcott de 1990, Homero es un cantante de blues negro (como Travis) y también ciego.
La siguiente innovación ya no funciona tan bien. Aparece el actor Elliot Page corriendo hacia el caballo de madera abandonado en la playa. Nos enteramos de que es el guerrero Sinón, que ha sido dejado atrás por los aqueos para convencer a los troyanos de que el caballo es una ofrenda a Atenea. Ni Sinón ni el caballo de madera aparecen en la Odisea homérica; sí en obras posteriores, como las de Virgilio (siglo I a.C.) y Quinto de Esmirna (siglo III d.C.) En la versión de Nolan, los troyanos lo matan ahí mismo, lo que no ocurre en ninguna obra antigua: lo más parecido a eso es que lo torturen, como pasa en Quinto de Esmirna. Pero además Nolan introduce con el personaje de Sinón una subtrama que sirve a su propósito y es totalmente inventada: resulta que Sinón es un itacense súbdito de Odiseo que va a la guerra como sustituto de Alcinoo, el principal pretendiente de Penélope. ¿Esto tiene algún sentido? La verdad es que no mucho. A lo que contribuye es a crear en Odiseo un sentimiento de culpa por su muerte. ¿Vale la pena introducir a ese personaje y esa subtrama? Pienso que no.
¿Y el caballo de madera? En la Odisea se menciona en varias ocasiones (en el episodio en que Telémaco visita a Menelao y en el banquete de los Feacios), pero no se describe con demasiada exactitud; de hecho, a pesar de que es una imagen tan poderosa, el caballo no está descrito a detalle en ninguna fuente, pero Quinto de Esmirna, que para esta sección seguramente se basaba en poemas del ciclo épico del que provienen los poemas homéricos, dice que es una soberbia obra de ingeniería con partes articuladas, de gran realismo. No se dice en qué posición estaba. En todas las representaciones posteriores aparece a cuatro patas y con ruedas, pero Nolan lo pone encabritado y parado sobre dos patas. Esto es poco creíble antes del arte tardohelenístico, pero es una laguna que realmente da igual cómo quiera llenar. Lo que sí es importante (y esto lo dice el propio Travis rapsoda desde el principio) es que la idea del caballo se atribuye a Odiseo, cuando todas las fuentes antiguas, incluida la Odisea, dicen que es idea de Atenea: en algunas versiones es ella quien inspira directamente al carpintero Epeo cómo construirlo.
Esto da pie para hablar de un aspecto interesante de la versión de Nolan, y en general de las adaptaciones modernas: los dioses. El mundo homérico sin dioses, o con los dioses atenuados, es cualquier otra cosa, pero ya no Homero. Nolan, para fines prácticos, conserva sólo dos: Zeus, a cuya “ley” (la obligación de hospitalidad) se hace referencia constantemente, y Atenea, interpretada por Zendaya. Esta dista mucho de la Atenea homérica, que siempre está por encima de Odiseo y lo guía constantemente: la Atenea de Nolan es más bien una proyección de la culpa y el estrés postraumático del héroe por lo vivido en la guerra; no lo guía ni aconseja, simplemente se aparece (o él la imagina) en momentos difíciles, y tiene una función más de terapeuta que de diosa. Nolan la ha banalizado en aras de un Odiseo más resolutivo y menos dependiente de la voluntad divina.
Odiseo, en efecto, sufre un cambio de personalidad en la película. En el poema original, es un rey que quiere volver a su casa y no puede, pues su regreso está obstaculizado por una serie de decisiones divinas que a veces tienen que ver directamente con él y a veces no. En Nolan, Odiseo es un hombre perseguido por la culpa y los horrores de la guerra, que sobre todo lamenta la pérdida de los hombres que comandaba, a los que no ha logrado rendir un funeral adecuado. Esa parte del complejo carácter de Odiseo está en Homero, pero no es preponderante: el Odiseo homérico es mucho más complejo, contradictorio, héroe y antihéroe a la vez.
Nolan lo simplifica y lo convierte, en primer lugar, en una especie de súbdito de Agamenón, ante el cual incluso se arrodilla. Esto es una total tontería: ningún rey griego se arrodillaba como no fuera ante los dioses, pues los griegos no practicaban la genuflexión, que veían como un invento persa que rechazaban con ahínco. Menos aún ante Agamenón, que no era rey más que de Micenas. En la Odisea, los reyes que llevan su contingente a Troya están cumpliendo el llamado juramento de Tindáreo, el padre de Helena, quien anunció que entregaría a su hija a quien venciera en combate singular. Agamenón, que ya estaba casado con Clitemnestra, la hermana de Helena, luchó a nombre de su hermano Menelao, y venció. Antes de enfrentarse, los reyes hicieron el juramento de socorrer al vencedor si alguna vez necesitaba ayuda con respecto a Helena. Y eso es lo que ha hecho Odiseo, contra su voluntad, como la mayoría de ellos. Agamenón comanda la expedición, pero es un primus inter pares, un jefe operativo entre reyes. Nolan, que seguramente ignora esto, hace que Odiseo se postre ante Agamenón, una imagen francamente difícil de tragar para un clasicista.
Este Odiseo comido por la culpa es despojado, además, de muchas de sus zonas grises. El Odiseo original es astuto, sí, pero moralmente ambiguo: no es un héroe intachable. En la versión de Nolan, todo lo que puede manchar al personaje desde la moral actual se elimina. No es cruel ni infiel. En la obra original, por ejemplo, tiene sexo con Circe por indicación de Hermes; en Nolan, obviamente no. En Nolan, y este es un grave error totalmente innecesario, está retenido en la isla de Calipso, y ha perdido la memoria porque la ninfa lo alimenta con flor de loto. La amnesia de Odiseo ya aparecía en la película de 1954 protagonizada por Kirk Douglas, y ya ahí se había demostrado innecesaria. En el texto original se dice claramente que Odiseo está retenido por Calipso contra su voluntad, pero recuerda absolutamente todo, y lo que quiere es irse de ahí. Y eso sucede cuando llega Hermes y le da a Calipso el mensaje divino de que ya es hora de que lo deje marchar. No se entiende muy bien por qué Nolan dejó pasar la imagen de Hermes aterrizando con sus pies alados en la isla para dar el mensaje, y lo ha sustituido por una Calipso más bien nostálgica frente a la cual Odiseo va recordando. Otra vez, vemos una ninfa terapeuta para un alma atormentada. Y la estancia de Odiseo en la isla se relaja y se banaliza, porque no recuerda.
Las aventuras y los recuerdos de la guerra, que Odiseo recupera de manera paulatina, son contadas a una sola persona, no son la narración pública que en el original Odiseo disfrazado hace a los feacios. Los pasajes de los feacios y de Nausicaa han sido suprimidos totalmente con el objeto obvio de blanquear a Odiseo del engaño a la joven princesa. El héroe impoluto que quiere presentar Nolan no puede aprovecharse de una jovencita como hace el Odiseo antiguo, que además no sufre el más mínimo remordimiento por ello.
¿Y las demás aventuras? También desperdiciadas, en mi opinión: ni contadas como están en el texto ni radicalmente reinterpretadas. Polifemo es el que sale peor parado, reducido a un ser bestial que lo único que hace es comerse a los hombres de Odiseo de dos en dos. No dialoga, no se emborracha con el vino puro que le da Odiseo, no es engañado por quien le dice que su nombre es Nadie. Un triste monstruo más. Los lestrigones son unos gigantes con armadura, que se parecen más a un autómata de Pacific Rim que a otra cosa. Los lotófagos no aparecen. Escila y Caribdis no están mal, pero se parecen a monstruos que ya hemos visto en versiones cinematográficas anteriores. Eolo y sus odres de vientos, que hubiera sido tan interesante ver, tampoco están. Las sirenas no aparecen en escena: solo se oye su canto.
Un episodio que se desvaloriza particularmente es el de la bajada al Hades, que en la Odisea es tremendamente rico y significativo. En la película, no son los vivos quienes descienden, sino los muertos los que emergen de la tierra. Y de todos los muertos disponibles, ¿quién es el protagonista? Sinón y su absurda subtrama de haber sustituido a Alcinoo y haber muerto por decisión de Odiseo. Nolan desperdicia la oportunidad de que Odiseo se encuentre, como en el original, con su madre, de quien no sabe que ha muerto, y hacer una escena realmente potente.
Entre las aventuras no siempre bien aprovechadas aparece el episodio de las vacas de Helios. En el prólogo de la Odisea se dice que la principal necedad de los hombres de Odiseo fue comerse las vacas del dios del sol, y que por eso “les fue arrebatado el día del regreso”. Pero en el poema ese episodio no está, debido a la compleja elaboración oral del mismo. Nolan ha tenido la buena idea de reintroducirlo, aunque sea un tanto atenuado: los marineros se comen las vacas porque no hay viento, no pueden marcharse y están muertos de hambre. Esto es quizá lo más novedoso de toda la película: haber restituido un episodio que en el original debería estar, pero no está.
Y aquí podemos hablar de uno de los puntos más controversiales de la película, y que, en mi opinión, no pasa de ser una anécdota: que la actriz de Helena y su hermana Clitemnestra sea Lupita N’yongo. Esto en verdad no tiene nada de nuevo. En la serie británica Troya: caída de una ciudad, de 2018, ya varios personajes estaban caracterizados por actores negros, entre ellos Aquiles y Zeus. En la miniserie de 1997 Odyssey, con Armand Assante de protagonista, Calipso estaba caracterizada por la actriz negra Vanessa Williams. Y sin ir más lejos, en el poema de Walcott que ya mencionamos, Omeros, Helena misma es negra, pues el poema entero está ubicado en el Caribe. En la Odisea de Nolan hay también un actor de evidentes rasgos asiáticos; un anónimo marinero sobre el que se centra un momento la atención porque se quita los tapones de cera, escucha el canto de las sirenas y se lanza al mar. También es de ascendencia asiática Himesh Patel, el actor de Euríloco, el segundo de a bordo, que tiene una participación más amplia en la trama. ¿Por qué los directores se empeñan en hacer negros a personajes que en las obras originales no lo son, habiendo en ellas otros que sí son negros? Esto tiene que ver, como sabemos, con discusiones de nuestro tiempo, pero no tiene nada que ver con Homero.
El combate y muerte de los pretendientes, con sus añadidos de acción, no está mal logrado. Odiseo llega disfrazado de mendigo, como debe ser, y el único que lo reconoce es su fiel perro Argos, que muere después de verlo, tal como en el poema. Eumeo, el porquerizo, en la versión de Nolan, está ciego. De nuevo, no hay en ello ninguna razón narrativa. Laertes, el padre de Odiseo, no aparece en Nolan, y es, de nuevo, una oportunidad dramática perdida. El concurso del arco y las hachas está bien hecho. Sorprende que Nolan, porque se informó o por casualidad, acierte de lleno con la teoría más aceptada hoy día de por qué Odiseo puede tensar el arco. El arco de Odiseo, en efecto, era un regalo exótico, un arma extranjera que solo él tenía, y podía tensarlo no porque fuera más fuerte, sino porque sabía cómo hacerlo: sentado en un escabel, como debían tensarse los arcos escitas. Pero lo más importante es que hay, de nuevo, un cambio de carácter del héroe: en la Odisea mata a todos los pretendientes con extrema crueldad y después ahorca a sirvientes y esclavos (mujeres incluidas) que han colaborado con ellos. En Nolan, obviamente, eso no pasa: apenas puede con ellos, termina malherido y con el único que muestra cierta rabia acumulada es con Antinoo.
Y luego viene un episodio añadido que cambia el final. En la Odisea homérica, lo que sigue a la muerte de los pretendientes es su bajada al Hades. En la de Nolan, Odiseo y Penélope inician un viaje “hacia el poniente” para honrar a los muertos por los que siente culpa. En el cambio de carácter de Odiseo eso tal vez tiene algo de sentido, pero incluso en esa interpretación es un estrambote extraño y superfluo, que intenta (supongo) “acercar” la historia a un espectador moderno, para el cual probablemente la bajada de los pretendientes al Hades no fuera suficientemente climática. La imagen de Odiseo y Penélope perdiéndose en el horizonte, tal vez pensó el director, sí que lo es.
Esa intención de hacer accesible el texto también se ve en los diálogos, que a menudo son explicativos de lo que ya se ve en pantalla, pero que puede tener una cierta distancia cultural y, por si acaso, se aclara. En general, los diálogos homéricos, con todo su ornado arcaísmo, han sido sacrificados. Trasladar el hexámetro homérico al habla cotidiana es válido, pero que Telémaco llame “daddy” a su padre y que Odiseo diga “nuestra edad de bronce se va a acabar” mientras todos los soldados van vestidos de hierro, tal vez es exagerar un poco. No esperamos que los actores hablen en verso, como en el teatro del Siglo de Oro, pero algo más del valor literario de esos parlamentos se pudo salvar sin comprometer la inteligibilidad y sin ceder tanto al prosaísmo.
Odiseo es una imagen (un dinamograma, diría Warburg) de las más potentes: se le puede cargar con muchos significados. En la Odisea es el soldado favorito de Atenea que vuelve a casa y recupera su reino a sangre y fuego. En las Troyanas de Eurípides es el inflexible vencedor que arroja a Astianacte, hijo de meses de Héctor, desde las murallas. En el Cíclope, también de Eurípides, más bien parece un vendedor ambulante de vino y queso. En la Divina comedia de Dante se aburre después de haber vuelto a Ítaca, reúne a sus antiguos compañeros, abandona a Penélope y se hace de nuevo a la mar, perdiéndose más allá de las columnas de Hércules. Lo interesante es que los numerosos puntos de la cadena muchas veces no se conocen: cada uno carga de significado a Odiseo a su manera, a veces partiendo de un testimonio, a veces de otro y a veces contradiciendo a todos los anteriores. Hasta hoy, por ejemplo, no está claro si el Odiseo de Dante que se hace de nuevo a la mar es una invención suya o está tomado de una fuente que desconocemos.
¿En qué punto de esa larga cadena quedará la Odisea de Nolan? En un lugar discreto dentro de las adaptaciones cinematográficas, creo yo. Su tibieza, paradójicamente, ilustra muy bien la cultura de nuestro tiempo. Muchos espectadores podrán decir: “no he leído el libro, pero he visto la película”. Pero eso, no lo olvidemos, no es culpa de Nolan, sino de los planes de estudio y del retroceso de la educación humanística. Al fin y al cabo, parafraseando a otro ciego memorioso, quienes la disfrutarán más serán “quienes tienen la suerte de no saber griego”, nunca se han tropezado con ese poema de 16,000 hexámetros y solo querían comer palomitas y huir del calor del 2026. ~