Son muchas las ocasiones que uno tiene para leer y escuchar vaticinios sobre el triste destino que acecha a Europa, como idea institucional y como ideal político. La ruina y otros conceptos de su amplio campo semántico aparecen por doquier en tales profecías. Este tipo de estrategias son muy cómodas: la ruina ha sido desde hace siglos el dispositivo retórico más potente (dotado también de un toque moral nada desdeñable) para representar la crisis, el declive y el final de las más complejas experiencias políticas, al menos desde el mundo griego y romano.
Ante tales amenazas: ¿en dónde se pueden encontrar los principios fundamentales de nuestra unión? La respuesta automática recorre el sendero de las instituciones comunitarias, de los tratados, de la moneda. Sin embargo, yo prefiero una que ocupe conscientemente todas las posibilidades ofrecidas por la ruina, entendida esta como vestigio material de un pasado, no importa si más reciente o lejanísimo en el tiempo.
La ruina puede ser un instrumento fundamental para (re)pensar el papel de la historia y del patrimonio en nuestro mundo cotidiano y, sobre todo, para canalizar un mensaje de unidad articulador de un espacio cultural, político y socioeconómico como el que identifica a la misma Unión Europea (UE). Comprender Europa a través de sus ruinas implica entender (y aceptar) que la historia no es lineal y tampoco triunfal. Los paisajes europeos, rurales y urbanos, cargados de memorias fragmentarias y contradictorias, dolorosas en muchas ocasiones, tienen una enorme capacidad de evocación simbólica y por eso son manipulados tan a menudo con el objetivo de servir a la división. Para evitarla, es necesario alejarse de miradas retóricas, identitarias, fuertemente ideológicas y, por tanto, partidistas.
Baste aquí citar un ejemplo como el del foro romano de la ciudad de Roma. Sus restos, extendidos desde los pies de la colina del Capitolio y hasta el arco de Tito, son el resultado de dos milenios de superposiciones, de resignificaciones, de construcciones y derribos, de restauraciones y devastaciones conscientes, realizadas con la voluntad de manipular un espacio habitado y vivo hasta tiempos relativamente recientes (mediados del siglo XIX). Ese lugar muestra sin retórica, en sus desnudas piedras batidas por el viento del invierno y cocidas por el sol de los veranos romanos, la centralidad de una historia en devenir continuo y los peligros de una memoria oficial, un dispositivo (ese de la memoria), siempre manipulado por el poder de turno.
Si bien arrebatada por la estética, la mirada sobre este tipo de paisajes históricos debe ser crítica. El foro no es aquello que queda desde la Antigüedad en un lugar tan significado, allí donde ejércitos de turistas (uno más yo mismo) fotografían con superficialidad sus monumentos. Por el contrario, los edificios y ruinas de su plaza, sus volúmenes arquitectónicos y sus negativos (es decir, las ausencias) nos interpelan sobre los procesos históricos vividos sin solución de continuidad durante los últimos dos milenios y medio.
El legado histórico-artístico y documental recibido es el archivo de un pasado que no nos pertenece, pero del que somos custodios y transmisores. Obligados por ese papel, debemos descodificar su mensaje para hacerlo funcionar como un potente aglutinante de saberes y como un analgésico contra la manipulación identitaria de sesgo nacionalista. En efecto, las hechuras actuales del foro romano se deben a su brutal excavación perpetrada desde 1870 y hasta 1900 por parte el reino de Italia reunificado tras una portentosa campaña ideológica dirigida a su renovada (y falsa) “construcción nacional”. El ejemplo de la iglesia de Santa María Liberadora de las Penas del Infierno es prueba de tanta exasperada búsqueda de lo antiguo a costa de arruinar lo presente: fue dinamitada para poder excavar su subsuelo.
Ahora bien, de nada sirven melancolías románticas de pasados perdidos, de grandezas violadas por sempiternos bárbaros de uno u otro signo, siempre acechando tras el quicio de nuestra puerta. La palabrería que tiñe el ayer de un falso color rosa es un veneno disponible en las droguerías de la mala política. Como mediocres escritores románticos, otros quieren desactivar los mensajes inscritos en el patrimonio histórico europeo; reducirlo a mero objeto de contemplación, cuando no de explotación económica, aislado de los contextos históricos que desde hace mucho tiempo fueron modificando sus caracteres. No es una estrategia inocente. De esa manera se difuminan, cuando no se olvidan del todo, las desigualdades y los conflictos que han desembocado en muchos de los recuerdos, objetos, edificios y paisajes históricos de la UE. Y se hace caja.
La monumentalidad, la extraordinaria belleza de los edificios del foro contrasta con la invisibilidad de quienes no dejaron huellas materiales propias en esa plaza. Una lectura crítica de todo ese paisaje histórico petrificado comporta cuestionarse quiénes están representados en esas ruinas y quiénes quedan fuera. Esta pregunta es fundamental para construir una memoria común, más compleja e inclusiva.
En lugar de admirar de modo acrítico el foro de Roma como un escenario en el que fotografiar el origen de la civilización romana y del Occidente (y, por ende, de muchos valores compartidos por la ciudadanía de la UE), resulta más interesante añadir una visión que considere su ser más polémico, que interprete esa plaza como el resultado de una ecuación que incluye también la imposición de violentas relaciones de poder, de inhumanas explotaciones económicas y de radicales cosmovisiones religiosas dotadas de terribles penas terrenales para los heterodoxos.
El foro como lugar donde interpretar la palabra de Cicerón sin perder de vista el falso relato nacional italiano; estudiar el genio literario de Símaco en el contexto de un domino imperial; entender que el mensaje evangélico convivió con la explotación de esclavos; admirar el arte de la Contrarreforma conscientes de su contribución a la sistemática discriminación de la mujer más allá de una presencia ancilar dentro de la misma Iglesia; estudiar los mecanismos aplicados para la protección del patrimonio romano durante la guerra por un gobierno totalitario y fascistissimo que perpetró los mayores daños imaginables a ese mismo patrimonio (o mejor, a lo que del mismo iba quedando…). En definitiva, construir una historia crítica, viva, compleja y fascinante; antídoto contra una memoria anestesiada, funcional a los intereses de unos pocos.
Pensar Europa y su Unión desde la ruina implica participar conscientemente en un ejercicio muy poco retórico: el de cuestionar todas las narrativas históricas con las que se han ido construyendo las múltiples identidades nacionales características de sus estados miembros. En lugar de aferrarse a una identidad fija y esencialista, carente de densidad histórica, basada en un pasado idealizado, se trata de asumir la diversidad de experiencias y las contradicciones que han terminado por crear nuestra realidad actual, tan compleja y articulada.
El patrimonio (y la ruina como metonimia de aquel) no es algo neutro e inocente: es el resultado de cientos de procesos de selección, conservación y narración que delatan las tensiones internas de los momentos históricos participados por la mayor parte de las sociedades europeas. Las diferencias regionales no oscurecen la centralidad de los mínimos denominadores comunes de los que participan todos los territorios de Europa, tanto de la UE como de los países candidatos a formar parte de ella –incluyendo entre ellos, en un futuro más o menos breve, a grupos crecientes de pentiti del Brexit.
Las ruinas son, en este sentido, espacios de memorias múltiples, silenciosas pero cargadas de significados provocadores y, por tanto, apasionantes. Esto implica prestar atención, sin prejuicios, a aquellas zonas en las que surgen restos que han sido marginalizados o gentrificados o ignorados o idealizados sistemáticamente: las periferias, los espacios de habitación de las minorías, los paisajes coloniales, entre tantos otros.
La ruina es frágil, como lo son nuestras instituciones. Esta fragilidad es una característica que no debería olvidarse. En ella residen algunos de los elementos más profundos de la unidad europea como idea utópica. Pero la ruina es también una herramienta crítica y una advertencia: frente a la falsa idea de progreso, nos recuerda la finitud de toda construcción humana, la caducidad de los sistemas políticos y las transformaciones constantes de las estructuras económicas y sociales. Esta conciencia puede ser incómoda, pero también enriquecedora: la UE, interpretada a través de la lección magistral de sus ruinas, puede reforzar sus identidades culturales para dejar de ser un organismo estático y obtuso y pasar a liderar nuevos procesos de integración intelectual ante los desafíos del futuro.
Las ruinas, en su aparente silencio, pueden ser, y de hecho son, el motor de una conversación infinita y plural entre pasado y presente. Ejercitar ese diálogo quizá sea el ejercicio que más nos hace Europa.