Espliego, que no faneca (I)

Primera entrega de la serie veraniega Espliego, que no faneca. Hay peces, canciones y libros.
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Querida Aloma:

¿Dónde estás? Mando esta carta a la revista.

Voy:

Se asocia el verano con la interrupción de la rutina y con la distensión de la disciplina. Justo por eso se ve a veces como una oportunidad para desarrollar rutinas nuevas. Se trata de aprovechar un momento de debilidad para colar una costumbre, parecido a cuando a un niño se le camufla, entre otros, un alimento que normalmente rechaza. 

Pero no quiero sonar Rottenmeier. Me gustaría sonar lo contrario de Rottenmeier, que ahora mismo no se me ocurre lo que es. Yo quería aprovechar estas semanas para acostumbrarme a hacer algunas cosas que echo de menos hace tiempo, pero creo que el momento idóneo no se puede imponer: se trata de reconocerlo.

Por el momento mejor hacer una lista de los pescados que he visto esta mañana a primera hora en el mercado de Ribadeo: rapes, San Pedros medianos, chicharrillos, sardinas, cabrachos, maragotas (este no lo he probado nunca), truchas (de las pequeñitas, no las asalmonadas), jargos, lirios, unos calamares grandísimos, mejillones, almejas no sé de qué tipo porque estaban en una malla, salmonetes grandes…

A la vuelta hemos puesto en el coche a Charlie Mysterio. Una de las canciones, Autómatas incorpóreos, empieza: “soy pensamiento”, y sigue: “soy pensamiento y mi pensamiento es la fuente segura de mi conocimiento”. Me he acordado de la canción Los pensamientos, de Lorena Álvarez, pensamientos con los que, en su caso, se esfuerza por no identificarse, y me ha parecido que últimamente hay muchas canciones que hablan sobre los procesos de la mente y la conciencia. Por otro lado siempre ha sido un tema bastante battiatesco. 

La canción de Charlie Mysterio acaba: “estamos dominados por un sueño profundo en el que no soñamos nada”.

¿Y tú? ¿Qué estás haciendo estos días? ¿Qué sueñas…?

Abrazos,

Bárbara

¡Me encanta el dibujo!

Hace un par de días que me noto intranquila, supongo que por todas las cosas que tengo que hacer este prometedor verano. No he ido a la pescadería, pero sí al mar y hemos visto muchos peces cuyos nombres no soy capaz de dar. Puedo hablarte de tamaños –de los más chiquitillos hasta unos señores peces ya, digamos de palmo y medio–, colores –los casi negros, los que tienen como cosas amarillas, los que parecen espejillos al reflejo del sol bajo el agua, qué cosa más chula de ver– y poco más. Como nos hemos mudado hace poco, aún tenemos muchas zonas que explorar; esas rocas fueron un descubrimiento feliz. Hubo una gran división con respecto a algo que vimos bajo el agua, medio escondido en el borde de unos matorrales de posidonia, en la zona donde solíamos ir. Una parte de la pandilla decía que era un pez-roca, mi hija mayor y yo sosteníamos que era una roca sin más. Los adultos nos pusimos a buscar en nuestros teléfonos móviles y dimos con una confusión: resulta que a veces se llama gallineta al cabracho y cabracho al pez roca, o pez escorpión, que es bastante venenoso. Mi hija pequeña se echó a llorar diciendo que no iba a bañarse nunca más en el mar. Por suerte, esa misma tarde ya se le había olvidado y estuvo a remojo en una playa en la que no habíamos estado nunca y por la que pasamos cuando vamos a correr por las mañanas. Es una playa de piedrecitas de formas y colores preciosos. Me había llevado un par de libros –optimista yo, apenas abrí uno– y a lo que más rato dediqué fue a buscar piedras planas que iba colocando encima de las piernas de mis hijas o de mi hermana. Y a echarme microsiestas. 

No conozco a Charlie Mysterio, pero sí a Lorena Álvarez, su disco último, donde está “Los pensamientos”, me acompañó muchísimo este pasado otoño. 

Me quedo casi sin sitio para sueños, no quiero hablarte de los míos, sino de que mi hija pequeña dijo que no quería volver a dormir porque le da miedo soñar porque no sabe distinguir, dice, el sueño de la realidad y se da unos sustos tremendos. 

P.D.: He leído un libro que creo que te gustaría, Tregua, que no paz, de Miriam Toews. 

Te mando todos los besos, 

A

No he leído a Miriam Toews, aunque sí había leído sobre ella. El libro me gusta ya desde el título, que tiene un poco que ver, haciendo una torsión, con los nombres de los peces de los que me hablabas. Me divierten mucho esas comparaciones, y son cosas que debe aprender un espía si quiere hacerse pasar por oriundo de algún sitio determinado (recuerdo la historia de un espía estadounidense al que desenmascararon porque quería hacerse pasar por europeo y aunque lo tenía todo dominado, el acento, etcétera, al sentarse a comer dejó el cuchillo momentáneamente y se pasó  el tenedor a la mano derecha para llevarse la comida a la boca, como hacen en América). Ahora estoy en la Mariña lucense y aquí un pez escorpión sería  lo que en Trasmiera se llama salvareo, que es el que está bajo la arena en la orilla y si lo pisas levanta una especie de cresta de espinas y te las clava en la planta del pie. El espía sería rápidamente desenmascarado y arrojado al mar (por “la machina” en Santoña).

A lo que no estoy tan acostumbrada es a lo que cuentas de ver tantos peces, tan variados, mientras te estás bañando. Algo más acostumbrada a la actitud de tu hija de decir que no volverá a hacer una cosa, y horas más tarde estar haciéndola alegremente. Los peces y las piedras que véis los imagino expuestos juntos, como un herbario inglés o como un libro inglés para niños que fuera muy bonito, con una muestra de los huevos tan distintos que ponen los pájaros. Estuve en la casa-museo de Valle-Inclán y-algo-que-me-llamó la atención es que, en una vitrina donde exponían algunos fragmentos de cerámica y algunas llaves viejas que habían encontrado al restaurar el jardín, conservaban también un nido de pájaro, el vestigio más especial de todos.

Dime algo más del libro de Toews. Yo estoy leyendo Una cabeza cercenada, de Iris Murdoch. 

Abrazos

Conozco al salvareo como faneca brava: a Barreiros le picó una en una playa francesa y los socorristas le dijeron que metiera el pie en agua caliente. Y nada más. Es lo que hay que hacer casi siempre: nada. Varía el agua, dulce o del mar, y la temperatura. Lo sé porque a mi hija mayor se le han quedado siete púas de un erizo de mar clavadas en el talón, y solo hay que aplicar aceite o vaselina y esperar. Ella está un poco nerviosa porque han pasado dos días, que fue lo que nos dijo que tardaría su pie en expulsarlas, y ahí siguen. Ese accidentillo le pasó en una temeraria, según mi hija pequeña, excursión familiar a bordo de la tabla de paddle-surf. Iban los tres niños en la tabla y Barreiros y yo nadando a su lado. Según mi hija pequeña no teníamos que haber ido con la tabla, según la mayor, le tenía que haber dejado mis cangrejeras; el mediano solo se puso nervioso cuando su padre iba a tirarse al agua desde una roca. ¡No te tires de cabeza, papá!, le chillaron los tres. 

El libro de Toews es, en parte, un libro de duelo en diferido por el suicidio de su hermana, segundo miembro de la familia en matarse, después del padre. Tiene cosas muy graciosas, a pesar de todo. Por ejemplo, cuida de sus nietos y de su madre, una mañana una de las nietas le construye unas alas y se las pega y ella se pasea por la ciudad con las alas sin saberlo. Otra cosa que me gusta mucho es que recupera unas cartas que le escribió a su hermana mientras viajaba por Europa en bicicleta con un novio. No he leído nada de Iris Murdoch, a ver si le hago un hueco. 

Ya hemos dejado el mar. En la foto, se ven los tres espliegos/lavandas que planté antes de irme, a ver cómo me los encuentro a la vuelta… 

Un beso enorme, 

A.

Hola, Aloma, veo las pequeñas matas de espliego o lavanda en la foto. A la vuelta habrán crecido. ¡No hay que hacer nada!
¡Abrazos!


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