Se cumplen 250 años de la Revolución americana. La aspiración fundacional era radical: igualdad, derechos inalienables, capacidad de autogobierno. A esa arquitectura política —contrapesos institucionales, libertad de expresión, mercado de las ideas— la acompañaron contradicciones formidables: la esclavitud y su legado racista, el expolio colonial, el expansionismo imperial. El crisol de culturas convivió con la discriminación; la promesa de la prosperidad, con la desigualdad; la separación entre Iglesia y Estado, con una sociedad profundamente religiosa. A través del cine, la música y la literatura, Estados Unidos marcó el imaginario de buena parte del mundo. Fue fuerza en ascenso, ejemplo democrático y potencia hegemónica, y gran exportador del capitalismo y del orden liberal internacional, hasta que dejó de creer en él. En un momento crítico, marcado por la segunda presidencia de Trump, la fractura partidista y la patrimonialización de las instituciones, aportamos varias miradas para entender el momento actual y cómo hemos llegado hasta aquí.
LO MÁS LEÍDO