Cuando menos se espera, salta la liebre… televisiva. En la avalancha de series que se estrenan cada semana en las distintas plataformas de streaming, uno puede encontrarse decepciones de todo tipo, desde fallidas regurgitaciones de historias que deberían de haberse dejado en paz desde hace tiempo (el remake de Cabo de miedo [2026] en Apple TV, cuyo único valor reside en atestiguar el inagotable talento de Javier Bardem para encarnar la maldad) hasta blandísimos ejercicios nostálgicos y gerontofílicos (The boroughs: Jubilación rebelde (2026) en Netflix, una serie de aventuras fantásticas y alienígenas que nos remiten cuarenta años atrás, en específico a Los Goonies [Donners, 1985] y a Cocoon [Howard, 1985]).
Y, sin embargo, dijera el clásico, todavía se mueve. Me refiero al hecho de que incluso dentro de los convencionalismos más conocidos y reconocidos en el interior de los géneros más populares, aun existe la posibilidad de la imaginación, la invención, el juego creativo que codifica, recodifica y decodifica historias, personajes y vueltas de tuerca que uno ha visto infinidad de ocasiones. Y a una notable prueba televisiva me remito.
Máximo placer garantizado (Maximum pleasure guaranteed, E.U., 2026), serie de televisión de diez episodios que en este momento se sigue transmitiendo en Apple TV –el último capítulo se estrenará el 15 de julio– tiene todas las características de cualquier rutinario sitcom cómico-policial, empezando por su duración, pues cada entrega apenas si pasa de los 30 minutos.
Paula (Tatiana Maslanay, ganadora del Emmy por la serie de ciencia ficción canadiense Orphan black [2013-2017]) no haya la puerta: es una mujer sola y divorciada, con un trabajo francamente anacrónico –se dedica a verificar información periodística antes de publicarla: ¿cómo para qué?– y, por si le faltaran broncas, su exmarido patán Karl (Jake Johnson) le quiere disputar la custodia de la simpática chiquitina que tuvieron ambos, pues el tipo se quiere mudar de Nueva York a Idaho con su nueva esposa, la tiburonesca ejecutiva Mallory (Jessie Hodges).
Acorralada por su precaria situación laboral, personal y sentimental, Paula se desahoga de vez en cuando con un atractivo camboy llamado Trevor (Brandon Flynn) con quien suele tener sexosas sesiones en línea. Hasta que en uno de esos encuentros virtuales la asustada mujer ve cómo el muchacho es atacado violentamente por un enmascarado por no pagar a tiempo, aparentemente, algún tipo de deuda. Paula denuncia el aparente atentado, aunque la escéptica policía neoyorkina-filipina Sofía González (Dolly de León en plena forma) la tranquiliza diciéndole que seguramente se trata de un intento de extorsión y que no tardará el tal Trevor en contactarla para pedirle dinero –como, en efecto, sucede en el mismo primer episodio–. El asunto es que la agente González tiene razón y no la tiene: el supuesto ataque a Trevor no es más que una charada pensada para sacarle dinero a los incautos clientes del sexoservidor virtual, pero el muchacho sí es asesinado y Paula pasa de ser testigo a sospechosa de un homicidio.
Creada por el guionista y escritor David Rosen, Máximo placer garantizado parte de la antiquísima premisa hitchcockianadel falso culpable, con el añadido de que la voluntariosa protagonista no solo tiene que demostrar su inocencia y evitar ser asesinada por los verdaderos culpables, sino que, además, tiene que ganar la disputa por la custodia de su hija, entrenar al equipo infantil de futbol de la escuela de la niña y seguir haciendo su trabajo para ver si así se gana un merecido ascenso en la revista digital para la que trabaja. O sea, Paula es como cualquier madre soltera divorciada que tiene que enfrentar y resolver todos los problemas cotidianos habidos y por haber, nomás que, en este caso, con unos cuantos problemitas de más.
Rosen ha escrito un ágil y entretenido thriller que encaja a la perfección con el zeitgeist conspirativo tan en boga –no por nada en algún momento un personaje suelta la inevitable referencia a los archivos Epstein– al que no le faltan varias vueltas de tuerca genuinamente inesperadas, subtramas digresivas que se sostienen sin problema hasta el final y dos personajes secundarios que terminan robándose la atención desde que aparecen en el primer episodio.
Me refiero a los jóvenes compañeros de trabajo periodístico de Paula, sus veinteañeros asistentes Rudy y Geri (Charlie Hall y Kiarra Hamagami Goldberg, respectivamente), quienes deciden ayudar a su jefa inmediata en sus investigaciones, solo para terminar involucrados en una peligrosa conspiración con todo y aparición de muertitos en cada nuevo episodio. Aunque al inicio los intercambios sarcásticos entre este par de chamacos, bien interpretados por Hall y Hamagami Goldberg, no parece tener otro objetivo que fungir como el inevitable comic relief de este tipo de tramas policiales, con el avance de la serie los dos jóvenes actores tienen el espacio suficiente para desarrollar una compleja relación romántica-profesional-competitiva que nos remite al inalcanzable modelo de las screwball comedies clásicas del siglo pasado. Para explicarme bien: haga de cuenta que son Katharine Hepburn y Spencer Tracy, nomás que de la generación Z.
Y esto último, la verdad, no lo esperaba. Tampoco ese final en puntos suspensivos, que ya tuve oportunidad de ver y que, le adelanto, ya dejó todo bien preparado y justificado para una segunda temporada que, esperemos, se anuncie a su debido tiempo, con más problemas para la pobre Paula y más hilarantes duelos verbales entre Rudy y Geri. ~