Carta desde Santiago. Espectadores profesionales

La ineptitud de la dirigencia futbolística nos ha devuelto al lugar que quizás mejor nos conviene: el de espectadores selectos.
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Los chilenos tenemos derecho al mejor asiento posible para ver este apasionante Mundial. Somos de los pocos países de las dos Américas que no jugaron ni juegan en la cancha, pero conocemos de cerca, de muy cerca, tanto a los que juegan como a los que dirigen. Amamos el fútbol desde edades inmemoriales, pero el fútbol no nos ama a nosotros. Hemos criado jugadores de excepción para el fútbol español (Zamorano), el mexicano (Reinoso), el brasileño (Elías Figueroa) y hasta el inglés (Sánchez) e italiano (Vidal), pero solo dos veces en nuestra historia hemos tenido algo parecido a un partido que puedan envidiarnos nuestros vecinos.

La primera vez que existimos más allá de nuestro vecindario fue para el Mundial del 62, que organizamos nosotros. La razón por la que el Mundial se hizo en Chile ese año resulta, mirada desde la FIFA de hoy, inimaginable. Chile acababa de sobrevivir a uno de los terremotos más agitados de la historia mundial, y como “no tenía nada” –según dicen que dijo Carlos Dittborn, el organizador– lo quería todo. Para darle un empujón a la reconstrucción, se decidió sostener el Mundial en un país aún devastado. El equipo que logramos inscribir, para pelear contra un Brasil sin Pelé, llegó a cuartos de final.

El otro gran momento del fútbol chileno tuvo mucho que ver con uno de los grandes perdedores, y por lo tanto héroes, de este Mundial: el malogrado Marcelo Bielsa, hasta ayer entrenador uruguayo, defenestrado por sus propios jugadores en una tragedia aparte de la de la cancha. Marcelo Bielsa fue contratado como entrenador de la selección chilena en 2007, después de ensayar con todo tipo de profetas –como el mesiánico Azkargorta, que se estrelló casi tan rápido como había clasificado a Bolivia a un Mundial– y frenéticos. El rosarino venía de haber enamorado y decepcionado a los argentinos, clasificándolos de modo heroico a una Copa del Mundo de la que salieron humillados antes de tiempo. Bielsa, altivo, culto, apasionado, no se parecía a nadie ni trataba de parecerse. No tenía en Chile ni orgullo ni historia contra la que pelear, y aplicó con toda la amplitud su método, que no es otro que tratar de hacer en la cancha el fútbol que le apasionaba ver como aficionado.

Sin cálculo, sin red, sin excusa, revolucionó el fútbol chileno solo con tratar a sus jugadores de “usted”. En un país en que todo es verticalidad, en que todos somos los inquilinos de otro, ese trato deferente y exigente a la vez cambió toda una cultura de la sumisión para inyectarle al fútbol chileno esa caballerosidad guerrera con que los compadritos se encuentran en los cuentos y poemas de Borges.

Los resultados, como siempre en Bielsa, fueron espectaculares y breves. Su manera de vivir la gloria como si fuera una derrota por venir, y la derrota como si fuera una confirmación de la tragedia esencial en que su carácter se asienta, hizo que Chile ganara (la clasificación histórica a Sudáfrica 2010, el primer triunfo oficial sobre Argentina en casi un siglo) pero perdiera también los octavos de final ante Brasil. Poco después, Bielsa terminó enfrentado con una directiva altamente corrupta. Su abierta simpatía por Michelle Bachelet y su abierto desprecio por Sebastián Piñera lo convirtieron en la figura visible de un cierto Chile que quería, más allá de la prosperidad reciente, algo parecido al respeto. La dignidad de ganar de vez en cuando y saber perder las veces que sean necesarias. Lo reemplazó uno de sus discípulos, Sampaoli, que continuó su estilo pero estaba en las antípodas de su carácter: ganador, ventajista, sin vuelo pero con sentido de la oportunidad. Con él Chile ganó seguidas dos Copas América y se convirtió en un equipo temido, pero ya no del todo querido.

La dignidad de Bielsa se convirtió, al hacer costumbre la crueldad de la victoria, en una soberbia narcotizada. Dejamos de ver el fútbol para vernos en el fútbol, para ver en él la compensación de nuestros sucesivos fracasos. La Plaza Italia se llenó de hinchas victoriosos que aprendieron a exigir eso que Chile no puede prometer: la victoria. Cuando esta escaseó, siguieron los hinchas llenando la plaza para reclamar por un país que los había defraudado por completo. Fue el estallido social que tuvo mucho de una gran reunión de hinchas de fútbol huérfanos de eso mismo, de fútbol.

La ineptitud de la dirigencia futbolística, la incapacidad de reclutar nuevas generaciones, nos ha devuelto al lugar que quizás mejor nos conviene: espectadores selectos de un Mundial que pasa en todas partes menos aquí. Somos, en el fútbol como en todo, otra Argentina posible, una Argentina que no estuviera enamorada de Argentina. Por eso nos alegramos de que Argentina sufra, aunque no nos enoje que gane. Paraguay fue nuestro equipo, lo es ahora Colombia, como lo es cualquier equipo africano que desafíe a los grandes. España nos es ajena, y Francia inaccesible. Podemos con paciencia juzgar a los pases filtrados y medir los doce pasos de los penales. El fútbol no es para nosotros solo un deporte, pero no puede, sin decepcionarnos, ser una pasión.

Quizás estemos entre los que peor juegan al fútbol en Sudamérica –siempre un poco mejor que Bolivia y Venezuela–, pero somos, en razón de nuestra frustración, los que mejor sabemos disfrutarlo. Somos lo que más necesita el fútbol, como la literatura o el cine: espectadores profesionales.


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