Algunas supersticiones

Un manojillo de supersticiones de Japón contrastadas con otras establecidas en Reino Unido y en Ozark, Estados Unidos recolectadas en libros.
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En el interesantísimo libro de 1917 Japan Day to Day, el zoólogo estadounidense Edward Sylvester Morse recoge sus impresiones de Japón, el país al que había viajado para estudiar sus moluscos y donde vivió durante años como profesor de la Universidad de Tokio. 

Dedica algunas páginas a las supersticiones y leyendas. Por ejemplo, los zurdos lo son porque su madre, cuando eran bebés, los empezaba a vestir por la manga izquierda. 

Las uñas no se podían cortar de noche, pues era un síntoma de estar enloqueciendo.

Si se hacía salsa de mostaza, había que batirla con cara de enfado; si se batía con una sonrisa la salsa salía demasiado suave.

Esto no es una superstición sino que pertenece al capítulo de los modales, pero también recoge Morse que se consideraba de mala educación puntuar las cartas escritas en caracteres chinos, pues implicaba la suposición de que el destinatario no sabía leer correctamente el chino.

Un método similar al de la mostaza japonesa lo practicaban los campesinos ingleses que durante generaciones lanzaban un puñadito de sal al fuego antes de ponerse a batir la mantequilla, como recoge la Encyclopedia of Superstitions de Edwin Radford, publicada en 1975. También ahí explica Radford que podía asegurarse uno de que la mantequilla saliese bien si al producto le añadía bien una moneda de plata, bien tres pelos de la cola de un gato negro (estos dos últimos métodos son irlandeses). Se trata de prácticas de las Islas Británicas, donde de estas maneras se espantaba a las brujas. 

No se debía lavar la ropa el primer día del año, ni las mantas de la casa en todo el mes de mayo. En el condado de Surrey se creía que las mujeres que vivían en casas donde había plantadas demasiadas lechugas no podían concebir. 

Tampoco parecía buena idea que una pareja se dejase fotografiar antes de la boda, porque significaba que no se celebraría.

Un remedio para la ictericia practicado en Dorset: colocar nueve piojos en una rebanada de pan tostado con mantequilla, y al buche.

En algunas partes de Inglaterra, donde las mujeres pierden el apellido al casarse, se creía que las mujeres que se casaban con un hombre que tuviese su mismo apellido (sin que fueran parientes) adquirían poderes mágicos.

El libro de 1964 de Vance Radolph Ozark Supertitions recoge creencias y leyendas de esa región de los Estados Unidos. Cuando a una mujer se le caía al suelo un trapo sucio, sabía que pronto llegaría un visitante desaseado −un hombre si el trapo caía desparramado, una mujer si caía en una forma compacta−. Si el trapo que se caía era el de secar los platos, y si se caía dos veces, la visita, ya no necesariamente desaliñada, llegaría con hambre. 

Tirar las pieles de las cebollas al suelo atraía la bancarrota. La leña de un árbol derribado por el rayo podía atraer otro rayo a la casa donde se hiciese arder. Cuando llegabas a vivir a una casa nueva, si encontrabas una tela de araña en la que se leían tus iniciales, quería decir que ahí ibas a ser muy feliz. El primer sueño en una casa nueva, o incluso bajo un edredón nuevo, se haría realidad.

Un remedio para el dolor de dientes pasaba por encontrar la calavera de un animal, agarrarla con los propios dientes y dar nueve pasos hacia atrás. Luego se debía depositar otra vez la calavera en el suelo, sin tocarla en todo el procedimiento y con cuidado de que no hubiera testigos. Tampoco se le podía contar a nadie. 

También existía en los Ozarks la creencia de que los que miran el fondo de la taza antes de beber son ladrones. 

En su libro de 1981 Animal Superstitions Thomas G. Aylesworth ordena las supersticiones por animales. Muchas parecen hechizos. Si quieres volverte invisible, lleva el corazón de una rana bajo el brazo derecho. Los árabes temían que una hiena les pisara la sombra, porque te quedarías mudo y paralizado. La idea de que comerte un arenque crudo te haría ver la cara de tu futuro cónyuge estaba extendida por distintas partes del mundo. Parece que en Mesopotamia, los soldados que presenciaban una lucha de hormigas sabían que el enemigo se estaba acercando. En tiempos antiguos, en Inglaterra había la costumbre de llevar consigo una oruga para prevenir las fiebres. Y una sorprendente: si le escupías a una luciérnaga en pleno vuelo y acertabas, conservarías la buena vista toda la vida. 

¿Pero cómo vas a escupir a una luciérnaga?


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