En pocos países hemos estado tantas veces antes de visitarlo: los Estados Unidos de América llevan dos siglos proyectando su cultura al resto del mundo y el arte popular del siglo XX –del jazz al cine o los tebeos– lleva su marca. Es gracias a sus músicos, dibujantes, novelistas y cineastas que reconocemos cada rincón del vasto territorio estadounidense; si a eso se suma su liderazgo económico, militar y tecnológico se entiende la resonancia global del 250 aniversario de su Declaración de Independencia. Que los festejos correspondientes hayan coincidido con la segunda presidencia de Donald Trump ha permitido a los comentaristas de medio mundo subrayar –no hay mal que por bien no venga– las tensiones inherentes a una república convertida en imperio donde el etnocentrismo protestante choca una y otra vez con la realidad de una sociedad diversa desde su misma fundación.
A nadie sorprenderá entonces que el discurso del 4 de julio de Donald Trump se caracterizase por ese triunfalismo excepcionalista que permea el nacionalismo estadounidense; y lo hace tanto en su versión conservadora como en su versión progresista. Henry Gibson lo resume bien en 200 years, la canción que su personaje –un célebre cantante country– interpreta en Nashville, película que Robert Altman estrena cuando el país se preparaba para celebrar –en un clima político menos complaciente– el bicentenario de la independencia:
La familia de mi madre vino en barco
Y combatió en Bunker Hill
Mi papá perdió una pierna en Francia
Aún conservo su medalla
Mi hermano sirvió con Patton
Yo entré en acción en Argelia
Algo debemos estar haciendo bien
Para durar 200 años
Hoy son ya 250 y se diría que los intentos de Obama por introducir matices en el relato nacional fueron infructuosos; la historia épica de los Estados Unidos es refractaria a unos matices que habrán de introducir intelectuales, académicos y artistas. Pero no puede decirse que los estadounidenses sean muy diferentes al resto; pensemos en las dificultades que encuentra Francia para acomodar la guerra de Argelia o el régimen de Vichy en su propio relato nacional o la facilidad con la que los españoles se convencen de que Franco era dictador contra la voluntad de una gran mayoría silenciosa. Ocurre que la potencia estadounidense ha producido tal cantidad de historia, dentro y fuera de sus fronteras, que lo que diga de sí misma nos resulta más interesante que lo que puedan decir –un suponer– Malta o Filipinas. De hecho, cabe suponer que los propios estadounidenses necesitan simplificar su historia a fin de poder asimilarla, lo que en su caso difícilmente puede hacerse sin incurrir en toda clase de adulteraciones y contradicciones.
Entre 1776 y 1787
La primera de ellas concierne al contraste entre la Declaración de Independencia de 1776 y la Constitución ratificada en 1787. Así lo ha señalado en las páginas del Financial Times el politólogo Francis Fukuyama, quien no está de acuerdo con quienes señalan que las ideas expresadas en la Declaración crearon la nación estadounidense. Así como la declaración pergeñada por Thomas Jefferson y retocada decisivamente por algunos de sus colegas declaraba la esencial igualdad de los seres humanos –creados por un Dios cristiano al que todavía se recurría para justificar los derechos naturales– y el principio general del gobierno consentido por el pueblo, la Constitución ratificada trece años después no hace mención explícita de la igualdad ni de la democracia. Y resulta que en el complejo sistema de separación de poderes allí previsto con el fin de evitar una tiranía centralizada similar a la ejercida por los monarcas absolutistas, el diseño federal garantizaba los derechos de unos estados entre los que se encontraban aquellos que perpetuaron la esclavitud hasta que la cruenta guerra civil acabó formalmente con ella… si bien hubo que esperar a la década de los sesenta del siglo XX para que los derechos civiles de los negros empezasen a materializarse en el sur del país.
Para Fukuyama, el contraste entre la Declaración de Independencia de 1776 y la Constitución de 1787 marca la historia estadounidense: la primera arroja una sombra sobre la segunda y no digamos ya sobre eso que los constitucionalistas denominan “constitución material” o realidad social del país. Si a la discriminación racial de los negros sumamos –sin abandonar lo que hoy es territorio estadounidense– la violencia infligida a los nativos estadounidenses, que tras un conjunto de guerras regionales terminaron legalmente expulsados de sus tierras o confinados en reservas, así como una expansión militar de las fronteras que perjudicó gravemente los intereses de los mexicanos, comprobaremos que las nobles palabras de la Declaración de Independencia no fueron obstáculo para que la joven república estadounidense persiguiera lo que luego se denominaría su “destino manifiesto” y se desempeñase con una agresividad poco edificante.
No se trata con ello de hacer presentismo, exigiendo al mundo de anteayer que comulgue con los valores morales de ahora mismo, sino más bien de señalar que los ideales de la Ilustración que inspiraron a los padres de la patria estadounidense no impidieron –cómo podrían– una praxis política que a menudo los traicionaba… o bien los usaba para justificar la violencia étnica o la discriminación racial. Y no vamos a escandalizarnos por ello a estas alturas: la Revolución Francesa produce el Terror jacobino y Napoleón combate el Antiguo Régimen vestido de Emperador, mientras que incontables países europeos colonizan a los pueblos “inferiores” so pretexto de “civilizarlos” y el propio Simón Bolívar que lucha contra los virreinatos españoles termina convirtiéndose en un líder de tendencias dictatoriales, inaugurando así una larga historia de espadones que sacrifican la libertad mientras dicen luchar por ella, empezando por la libertad –o la vida– de los indígenas americanos que complicaban el relato nacional a las élites criollas.
También Dieter Grimm, exmagistrado del Tribunal Constitucional alemán, se ha referido en las páginas de Die Zeit al contraste entre la Declaración de Independencia de 1776 y la Constitución que se encargará en 1787 de proporcionar un diseño institucional a la unión de las trece colonias originales una vez completada –mosquete en mano– su “descolonización”. Grimm subraya que el conflicto entre los colonos y la corona británica es un conflicto constitucional: los estadounidenses demandaban representación en el Parlamento metropolitano y los británicos consideraban que al estar la soberanía localizada en el Parlamento esa representación “virtual” ya existía. O sea: ingleses y estadounidenses interpretaban el Derecho de maneras distintas. Y como quiera que los segundos fracasaron en su intento de persuadir a los primeros de la rectitud de sus demandas, dejaron de hablar el lenguaje del derecho positivo y se pasaron al derecho natural en su intento por seguir siendo ingleses. Desoídas sus peticiones por el Rey Jorge III, los colonos se decidieron por la emancipación y acabaron formulando una Declaración inspirada en las ideas del liberal John Locke: mientras que el individuo posee derechos inalienables que el Estado tiene la obligación de proteger porque tal es su función, lo que de hecho limita sus poderes legítimos, el pueblo puede levantarse en armas contra el Estado que incumpla sus obligaciones.
Para Grimm, sin embargo, también la Constitución de 1787 es revolucionaria: establece el modelo de la democracia constitucional que todavía hoy –algo maltrecho– distingue a los regímenes democráticos de las autocracias. Entre la Declaración y la Constitución, sin embargo, el impulso democrático de los revolucionarios perdió fuerza y se redujo la confianza en the people como fuente de las decisiones gubernativas. De ahí que el texto constitucional deje fuera cualquier elemento plebiscitario y dé forma a un ejecutivo fuerte liderado por un Presidente que no es elegido por los ciudadanos de manera directa, sino por el colegio electoral. A ello se suma un fuerte sistema de checks and balances que tiene por objeto traducir la desconfianza en el poder en una red institucional llamada a prevenir el autoritarismo. Irónicamente, como sabemos hoy e ilustra con claridad la experiencia latinoamericana, el presidencialismo tiende por definición al populismo; el recelo de los constituyentes hacia la democracia directa ha terminado así por causar una patología democrática de otra clase. Y si la Constitución de los Estados Unidos presenta claras deficiencias, arguye Grimm, es porque nunca se ha reformado y el país se encuentra “subconstitucionalizado”; el faccionalismo al que tanto temían los padres fundadores ha contribuido al influjo corruptor del dinero y a la idea de que las elecciones dan licencia al ganador para que el presidente electo takes it all.
Tiene así su lógica que las celebraciones se centren en ese momento primigenio que es la Declaración de Independencia; un episodio de auténtica natividad de acuerdo con la categoría empleada por Hannah Arendt, quien por cierto nunca dejó de exigir lo mejor de sí misma a esa república que la había acogido cuando huyó de la Alemania nazi. Pero comprender la historia política estadounidense exige atender a la tensión entre los ideales de la Declaración y a su plasmación constitucional, por no hablar de la historia misma de la nación estadounidense. Al hacerlo, nos conviene dejar a un lado nuestros prejuicios, entendidos a la manera de Gadamer como horizontes de nuestro juicio: la mochila que cargamos a la espalda cuando conocemos nuevas realidades. De lo contrario, incurriremos en el provincianismo de ese turista que llega a Los Ángeles y se queja porque la ciudad no se parece a las europeas. Porque los Estados Unidos son una sociedad verdaderamente distinta y no podemos juzgarla con arreglo a nuestros parámetros habituales: para bien o para mal. Basta encontrarse por primera vez en presencia de los rascacielos de Nueva York o Chicago para intuirlo; es otro mundo y nunca nos ha pedido permiso para existir.
De hecho, podría avalarse la tesis de que los Estados Unidos son la nación moderna por excelencia: una que se funda ex novo sobre las bases del liberalismo político de la Ilustración en su versión lockeana –reconocimiento de los derechos del individuo a la vida, la libertad y la propiedad en un marco de respeto a la pluralidad moral y religiosa y conforme a los principios del gobierno limitado y el mandato representativo– sin el lastre que supone la preexistencia de viejas comunidades feudales en las que la población se divide en estratos jerarquizados y desiguales. Sobre el papel, la etnia no juega un papel en la adquisición de la ciudadanía: será estadounidense quien nazca en suelo estadounidense; el Tribunal Supremo liderado por el juez Roberts ha venido a recordarlo en un fallo reciente. En la sociedad estadounidense, de nuevo sobre el papel, nadie es menos que nadie: el sueño americano se asienta sobre la creencia en el poder del individuo para superar cualquier obstáculo y realizar sus ambiciones –sean estas cuales sean– sin más limitación que sus talentos y habilidades. No hay un pasado histórico con el que romper; la república estadounidense es heraldo de ese Neuzeit del que hablaba Koselleck para caracterizar el cambio experimentado por el pensamiento europeo y americano –también en los virreinatos– entre mitad del XVIII y mitad del XIX, cuando empezó a hablarse un lenguaje distinto que socavó los viejos criterios de legitimidad y alumbró conceptos vinculados a la libertad individual y la soberanía nacional.
Claro que nada de eso habría servido de mucho si la sociedad estadounidense no se hubiera convertido también, desde muy pronto, en una máquina implacable de destrucción creativa en el sentido schumpeteriano: explotación de los recursos naturales, construcción de infraestructuras, libre iniciativa empresarial, principio de responsabilidad individual y asistencialismo público limitado. Si el Descubrimiento de América había sido saludado en el siglo XVI como el hallazgo de una “Segunda Tierra” que renovaba la promesa de abundancia del Edén bíblico, como documentó el historiador medioambiental Donald Worster, los Estados Unidos supieron proporcionar legitimidad suplementaria a su experimento político mediante una provisión inédita de confort material que – pese a la desigualdad de su reparto y al carácter moderado de su asistencialismo público– sigue imprimiendo su sello a la sociedad estadounidense. Recuerden: The business of America is business. Para colmo, hablamos de una sociedad cuya promesa de bienestar mediante el trabajo duro atrae desde muy pronto a millones de emigrantes del mundo entero: la mitología del pionero que trabaja la tierra y construye su iglesia bajo la amenaza de las tribus indias evolucionará con el tiempo sin perder su sentido inicial, atrayendo por igual a famélicos obreros irlandeses y sofisticados cineastas austrohúngaros. ¡Tierra prometida!
La cara B del sueño americano
Sobre la cara B del sueño americano se ha dicho ya todo: hay una ideología estadounidense y detrás de esa ideología –falsa conciencia– hay una realidad bien distinta. ¿O no exactamente? Si bien se mira, las fallas de la sociedad estadounidense están a la vista y no pocas de ellas fueron señaladas pioneramente por Alexis de Tocqueville, fundador de una larga estirpe de foráneos dedicados a la observación sociológica de los estadounidenses. Hagamos recuento: un individualismo de corte protestante que produce aislamiento y soledad; un comunitarismo de small town que conduce a la vigilancia social y el conformismo moral; una apertura democrática que desemboca en banalidad y vulgaridad; una propensión al espectáculo de masas que se deleita en el infantilismo; un libertarismo económico que causa por igual desigualdad y desvalimiento; una organización suburbial del tejido urbano que induce al aburrimiento cotidiano; un culto al dinero que divide el cuerpo social en ganadores y perdedores; una adulteración de la historia fundacional que segrega racismo contra negros e indios; un culto a las armas que genera violencia o un culto a la violencia que legitima el uso de las armas; una adhesión formal a los ideales democráticos que ha servido para justificar la descarnada persecución de los intereses nacionales allende las fronteras; y así sucesivamente. ¿Para qué seguir? No es cierto que cualquiera pueda llegar a ser presidente, aunque casi cualquiera pueda matar a un presidente; una cosa es lo que Estados Unidos dice sobre sí mismo y otra bien distinta lo que Estados Unidos es.
De los defectos y contradicciones de la sociedad estadounidense, en cualquier caso, nos ha hablado la propia sociedad estadounidense de la mano de sus mejores portavoces: novelistas como Nathaniel Hawthorne, Henry James, William Faulkner, Saul Bellow, Ralph Ellison, Thomas Pynchon, Toni Morrison, Richard Ford o Colson Whitehead; cineastas como John Ford, Orson Welles, Nicholas Ray, John Cassavetes, Frederick Wiseman, Michael Cimino, Francis Ford Coppola, Robert Altman, Clint Eastwood o Paul Thomas Anderson; músicos como Woody Guthrie, Bob Dylan, James Brown, Lou Reed, Charles Mingus, Thelonious Monk, Nina Simone, el canadiense Neil Young, Gil Scott-Heron, Rubén Blades, Public Enemy; filósofos y críticos culturales como Ralph Waldo Emerson, Walter Lippmann, John Dewey, Stanley Cavell, Susan Sontag, Daniel Bell, Richard Rorty, Judith Shklar, James Baldwin, Richard Hofstadter, Lionel Trilling; artistas plásticos como Edward Hopper, Andy Warhol, Jasper Johns o Jackson Pollock; dibujantes como Robert Crumb, Alan Moore o Joe Sacco… así como muchos otros creadores y comentaristas interesados en arrojar luz sobre la compleja realidad de su país natal o de acogida. En la mayoría de los casos, lo que se reprocha a la realidad estadounidense es que haya traicionado su ideal; y eso permite mantener la vigencia de este último.
Del conjunto emerge una sinuosa dialéctica que nos previene contra el juicio tajante sobre el experimento estadounidense: arremeter contra Estados Unidos a la manera en que lo hacía Jean-Luc Godard en la segunda mitad de los 60 –culpando al consumo de masas de la destrucción de la conciencia individual– se antoja desmedido, máxime cuando la cultura estadounidense se redime suministrando su propia autocrítica. En la postura del genial Godard se manifiesta la misma disposición adolescente que minó el potencial de la crítica contracultural de esa misma década; responder a las contradicciones de una sociedad compleja con el ideario hippie no lleva demasiado lejos y la propia Hannah Arendt descreía de aquellas demandas pueriles. Recordemos que el propio Godard retrató en Masculin féminin a una generación descrita con agudeza como “los hijos de Marx y Coca-Cola”, acaso sin percatarse de que la Coca-Cola prevalecería sobre Marx. Y si hay que elegir entre el delirio ideológico del “hombre nuevo” y la banalidad de los grandes almacenes, la cosa está clara; sobre todo porque nada impide al “hombre viejo” quedarse en casa leyendo o irse a pescar. A Godard le pasó igual que a muchos otros miembros de su generación: inicialmente fascinados por la cultura estadounidense, lo que en el caso de Godard y los cahieristas significaba culto al cine clásico hollywoodense, rompieron con ella tras el giro conservador de la Guerra Fría. Pasaron así del amor al odio: como un adolescente despechado. Y no son los únicos; el antiamericanismo es un viejo mal europeo y la querencia natural de los enemigos del liberalismo allá donde vivan.
Supongo que mi generación es una de las últimas en haberse socializado bajo el potente influjo de la cultura estadounidense en términos –sé que exagero– casi exclusivos. Tal como ha señalado Ramón González Férriz, autor de un libro muy recomendable sobre el papel de la cultura en la Guerra Fría, esta trajo consigo la americanización de Europa: de Hollywood a Elvis. Y el fracaso del comunismo a primeros de los 90, que convirtió en ganadores de la Guerra Fría a los ganadores de la II Guerra Mundial, vino a reforzar la convicción de que el futuro sería estadounidense; de la pax americana al llamado Consenso de Washington. ¡Fin de la Historia! Pronto veremos si el rechazo que provoca la figura de Donald Trump ayudará a terminar con el protagonismo global de la cultura estadounidense, aunque creo que sus enterradores se precipitan: potencias emergentes como China o la India carecen de un modelo cultural exportable y cabe esperar que la industria estadounidense seguirá ejerciendo su atractivo en casi todos los terrenos. Asunto distinto es que estemos haciendo la transición a un mundo multipolar y globalizado bajo un marco tecnológico que tiende a la fragmentación y diversificación cultural.
Yo tardé en visitar los Estados Unidos; frisaba los treinta años cuando pisé Nueva York y al año siguiente aterricé en San Francisco para pasar un curso académico como investigador visitante en la Universidad de Berkeley. Desde entonces, he ido a menudo: pasé un trimestre en la New York University y he asistido a numerosos congresos académicos a lo largo de toda la Costa Oeste y viajado a la ciudad de Chicago, el costado de Florida que da al Golfo de México y –faltaría más– los estados de Nevada, Arizona y Utah. ¡Monument Valley! Suena a mucho, aunque sea muy poco: hace falta toda una vida para conocer bien un país inabarcable. Pero aún recuerdo la fuerte impresión que me produjo conocerlo y residir en él; había pasado media vida leyendo sus novelas, viendo sus películas, escuchando su música. Y ahora recuerdo a aquel astrofísico griego al que conocí en Berkeley en el marco del programa Fulbright: se llamaba Manolis y estudiaba los agujeros negros como máquinas del tiempo. A pesar de la dificultad de sus investigaciones, se mostraba fascinado por el “derecho a la búsqueda de la felicidad” que figura en la Declaración de Independencia y se entusiasmaba con las cheerleaders cuando íbamos a Oakland para ver a unos pésimos –en aquel entonces– Golden State Warriors. Ignoro si luego se ha desencantado, como tantos otros; el suyo se me antojaba un amor casi infantil, embelesado ante los estímulos que le proporcionaba –en un mundo anterior al smartphone– un entorno tan distinto al de su país de origen. A estas alturas, sin embargo, mi propio amor por la cultura estadounidense ha dejado atrás el entusiasmo del joven idealista y se ha instalado en la madurez: no es un amor ciego, sino uno que lo ve todo –o casi todo– sin darse media vuelta. Todo lo contrario: la densidad resultante acrecienta el disfrute. ¡Feliz aniversario!