En la noche del día sin sombra

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Elegimos caminar
justo antes de que escampe,
antes de que anochezca,
desprevenido el aire
de transeúntes.
El asfalto está oscuro
y brilloso, las luces
se reflejan, el mundo
ofrece picaportes
de cobre verde
a nuestras manos,
abundan la lavanda,
las cartas, los mendigos.

Dicen que fue
hoy el día sin sombra,
y en la noche del día
sin sombra se sabrán
cosas que no se saben.
Sabré la hora en la que
naciste, los dibujos
que están en cada margen
de tus libros, las suertes
del tarot, el color
secreto de la piedra
de la locura,
ese sueño dichoso
que antecede imprecisas
pesadillas, el mangle
que crece en la memoria
y la protege.

Hoy nada huye
de la luz, ni siquiera
lo misterioso.

Sé de la herida
que ocultas en tu dedo.
Sabes que escribo haikus
en los días de luz.
Ensayar estas sílabas,
acomodar palabras,
tantear la verdad
en el rigor del verso.
La verdad debe
tantearse. Si no encaja
en cinco o siete sílabas,
ha de ser falsa, pero
si encaja, ahí la tienes,
sostenla en ambas manos,
sostenla. La lavanda
es frágil sin su rama.

Sostenla en tus sutiles
manos, husmea,
porque tus dedos son
más sabios que los míos.
Dios toca al mundo
mediante heridas
de papel, quemaduras,
punzadas blancas.

Un dedo herido es
noble, trueca dolor
por perspicacia.

Simplemente elegimos
el techo más estrecho
cuando llueve. Apenas
alcanza el techo
para que no se mojen
la nariz y el cigarro
(quizás no disfrutemos
fumar, sino arrimarnos
a una pared,
percibir la humedad,
ser nosotros un límite).
Simplemente elegimos
trocar dolor
por perspicacia.

Una corona
de espinas se aligera
en dos cabezas.

En la noche del día
sin sombra cada cosa
ha perdido su signo.
Una luz ha limpiado
las cosas de su azar. ~


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