Marina Garcés, la admirable filósofa catalana, nos recuerda esa orden preventiva que reciben de sus padres los niños: ¡nunca hables con extraños! Los extraños son una posible amenaza, el peligro de una agresión sexual o un secuestro. Se trata de un riesgo que puede venir de un desconocido. Garcés aprovecha la imagen de esta amenaza para apoyar su propuesta provocadora: la amistad no solo depende de cometer la transgresión de hablar con extraños, sino además de la aventura de descubrirnos y hablarnos como extraños. La filósofa va contra la antigua corriente originada en Aristóteles que persiste hasta nuestros días y que asume que la amistad verdadera está asociada a la virtud y solo aparece entre personas de bien. La Ilustración consagró esa visión: Voltaire en su Diccionario filosófico afirmó que la amistad es un contrato tácito entre personas sensibles y virtuosas. Garcés, por el contrario, defiende la idea de que la amistad es una relación social extraña porque no genera ninguna forma institucional ni una peculiaridad legal. No existe ese contrato que imaginó Voltaire, quien además lo pensó solo como una vinculación entre hombres. El filósofo francés concluyó que la amistad entre los hombres griegos (no las mujeres) la prescribían la ley y la religión, pero que desafortunadamente las costumbres toleraban la sodomía, un abuso indigno que no debe imputarse a la ley. ¡Qué lejos está Voltaire de nuestros tiempos!
La brillante reflexión de Garcés nos lleva a comprender que, si bien la amistad está libre de contratos y legislaciones, puede quedar atrapada en un marco conceptual jerárquico y androcéntrico. La amistad está condicionada por normas sociales y valores que retoman la antigua idea de que solo es auténtica la amistad entre personas libres que se aman por su virtud. Marina Garcés opone a esta vieja idea su propuesta: la amistad no sería el amor a la virtud del otro, sino la pasión hacia su extrañeza. Como la amistad carece de una razón de ser precisa, los amigos tejen vínculos extraños. Por ello, dice Garcés, la amistad “es siempre una historia inacabada, un encuentro casual que desvía el curso de los acontecimientos y que redefine las necesidades y las trayectorias vitales de quienes se disponen a encontrarse”.
Su idea central consiste en entender la amistad como la necesidad de acercarse a lo extraño de los demás y de nosotros mismos. ¿Qué hace extraño al extraño? Es lo que aparece fuera de lugar. Aquí la autora abre la puerta hacia el abismo, pues la amistad invoca a lo raro como fuente de temor e inquietud al ver que alguien se aparece como una persona diferente a la que creíamos conocer. Garcés se refiere a este efecto inesperado con el término freudiano unheimlich, de difícil traducción: lo misterioso, lo aterrador, lo inquietante. Es como descubrir lo demencial en cada uno, aquello que carece de función y de lugar. En este punto nos recuerda que la democracia ha sido pensada como un orden social y político que hace posible la confianza entre extraños, impulsa a la gente a formar refugios de amigas y amigos que buscan afinidades y quieren parecerse “para sentirse a salvo de lo incomprensible del estado actual del mundo”.
Más adelante Garcés nos lleva a terrenos más esperanzadores, cuando explica que los amigos no son la aventura, sino los que hacen posible vivir aventuras y que muestran que otro modo de vida es posible. Esa otra manera de vivir, cree Garcés, es hacer de la soledad una forma de vida compartida. Por ello afirma: “la amistad sería, así, esa forma de vida, sin función y sin institución, y al límite de cualquier justificación, que nace como una invención de la soledad”.
Para Garcés la amistad es una pasión, es decir, una atracción fuera de toda medida por alguien. Ello acerca la amistad al amor, como ocurrió en el ejemplo que pone Garcés: el de la relación legendaria de Paul Celan e Ingeborg Bachmann, dos poetas que nos dejaron una extraordinaria correspondencia que revela la pasión que los unió. Garcés observa que Bachmann llegó a Celan como fremde, como extraña, y así se mantuvo siempre. Pero la pasión de la amistad no es como la que enlazó a Ariadna con Dionisos o a Isolda con Tristán, para mencionar dos grandes mitos sobre el amor en Occidente. Para alguien tan poco apasionado como Kant la pasión era una atracción con poder cognitivo, que es algo más cercano a la amistad que al amor erótico pasional. Podemos comprender que la frontera entre estas dos pasiones, la amistosa y la amorosa, no es muy clara ni definida. Garcés insiste en que la pasión liberada de su sexualización genera esa atracción por los extraños que ella analiza. Hay que recordar que en la cultura popular el amor con mucha frecuencia comienza como una relación entre extraños. Un ejemplo es la canción “Strangers in the night” interpretada con inmenso éxito por Frank Sinatra, compuesta y cantada originalmente en croata en 1966 por Ivo Robić (“Stranci u noći”).
Hacia el final del libro reaparece la veta triste de quienes han invocado la amistad como recuerdo tras la pérdida de un amigo. La nota oscura surge de nuevo: “la certeza de que, en un momento u otro, acabamos cayendo en el pozo de la indiferencia”, sin amigos que nos recuerden y perdurando, si acaso, a través de documentos escritos. La desaparición de las comunidades de amigos es inevitable. Pero mientras estamos vivos la amistad nos hace sentir, dice Garcés, que existimos para otros y con ellos tejemos una imaginación afectiva que nos enseña a descubrir el mundo. Su libro es al mismo tiempo dulce y amargo. Su lectura nos deja un sabor agridulce muy atractivo pero inquietante. Es un ensayo brillante y creativo, muy bien narrado, que enlaza la antiquísima epopeya del salvaje Enkidu, el extraño amigo de Gilgamesh, con la estupenda película E.T. de Spielberg que cuenta la amistad de un extraterrestre con un niño, Elliott. En ambos casos la amistad se rompe, pues Enkidu muere y el extraterrestre abandona la Tierra. Estos dos polos sostienen el eje central de la idea que desarrolla Garcés, la amistad como la pasión de los extraños. Un gran libro que hay que leer. ~