Entre las instituciones de mayor permanencia continua en la historia se encuentran la Iglesia católica y la universidad de Al-Qarawiyyin, en Marruecos, que nació de una mezquita y su madrasa. Todas, a su manera y frente al futuro, al margen de las construcciones sociales a su alrededor, contienen nociones de Estado o cívicas que guardan vigencia tanto para explicar su longevidad como la de las concepciones modernas de las universidades: el reflejo, acorde a su tiempo, de lo que buscan de sí mismos los Estados, las sociedades; de cómo se ven e interpretan, de las formas en que se desarrollan sus presentes políticos y culturales, entendiendo la cultura como ese todo que nos hace, justamente, sociedades.
Para países como Emiratos Árabes Unidos, cuyo modelo integra instituciones públicas, instituciones académicas internacionales y capitales privados, es natural el enfoque en ciencias, tecnologías, ingenierías y matemáticas, vinculadas al mercado laboral en la región. En Siria, el aumento de demanda e interés en ingeniería civil, todas las ramas de la medicina, ciencias de la computación, urbanismo y economía y finanzas, se conjuga con el ambiente de reconstrucción a menos de dos años de la transición, el fin de la dictadura, la guerra de 14 años con su devastación absoluta, y es una clara estampa del momento que también despierta interés en la reconstrucción arqueológica, los estudios narrativos, de ética y de justicia transicional.
Desde hace más años de los que hemos notado y estamos dispuestos a reconocer, en algunos lugares donde el modelo de la universidad se desprende de la evolución de lo que aún, afortunadamente, se llaman artes o estudios liberales –la literatura y el lenguaje, la historia y la filosofía, o las ciencias sociales, sociología, antropología y las ciencias políticas–, el interés por estas disciplinas va en descenso. Al margen de datos y textos que muestran ejemplos de dirección en casos específicos, conversaciones alrededor de esa preocupación me han sido cada vez más frecuentes en instituciones de México o de Estados Unidos, donde el sistema público es estatal y no nacional. Reflejos, como en Emiratos o Siria, de las inquietudes, aspiraciones, ideas de vida y de futuro de los países.
En los lugares donde la concepción republicana se guarda bajo principios rectores que cuidan a la República y a la democracia, su hija ejemplar, la educación se convierte en razón de ser y nadie debería de dejar de estudiar por falta de dinero. El abandono de estudios por razones económicas es un fracaso común. Ese principio republicano, si hay un gramo de seriedad, debe templarse con los hechos. En ninguna institución existen lugares ilimitados, ni es realista suponer que todas ellas en una geografía tendrán el mismo nivel académico, como tampoco lo tienen todos los aspirantes, alumnos y maestros.
El balance entre el principio republicano que debe garantizar igualdad ante el derecho de todos los ciudadanos y el reconocimiento de las diferencias entre ellos y limitaciones naturales de los espacios académicos, tiene la obligación de dar oportunidades de estudio, por ello es una tarea de alta política. Una que, en simultáneo, debe dar las herramientas para el tránsito entre lo que un estudiante quiere y lo que se puede, lo que entusiasma, emociona y se necesita, y lo que brinda posibilidades económicas. Alta política con consecuencias individuales y generales, como le toca a las de su tipo.
Muchas de nuestras discusiones universitarias tienen poco que ver con la educación, asunto de esa mayor jerarquía, y bastante con los escalones inferiores de la política: los debates radicalizados, la negación del conjunto, las rencillas por cotos de poder, las capturas de las instituciones por el poder en turno, los grandes réditos inmediatos que brindan las conquistas grupales a expensas de los grandes asuntos de la República. Esto puede constatarse en la estrategia de adoctrinamiento en la Hungría de Orbán y en su réplica por parte del proyecto político de la actual Casa Blanca, con su agresividad a todo lo que considera ajeno a una supuesta monocultura nacional. También, ajeno al debate de Estado, es la instrumentación en México de la universidad nacional, sus grillas, a favor o en contra, dependiendo de los intereses de distintos grupos que abandonan la idea republicana de la educación como bien común.
La discusión pequeña y propia de infiernos que canibalizan los instrumentos cívicos, con todo y la torpeza, mala gestión y peor lectura de la crisis reciente en la UNAM por la falla en el examen de ingreso al siguiente ciclo, permite la utilización profundamente ignorante por parte de una ministra de la Suprema Corte, que acusa inutilidad al examen de ingreso. Estos exámenes han estado en uso desde el siglo XVIII, casi siempre efectuados de manera oral para demostrar el conocimiento de latín o griego, hasta su estandarización al inicio del XX para evaluar estudiantes de diferente precedencia. Todo eso ocurrió unos años antes de existir el espacio neoliberal que hoy se usa como muletilla vacía, exhibición de la pereza de pensar y que la ministra relaciona con el sistema de selección a la enseñanza de grado superior. Se hace lo mismo con el empleo peyorativo del elitismo en uno de esos pocos lugares donde, gracias a la templanza de principios y realidades que cuiden la República, no solo es válido sino natural la construcción de élites. La misma ministra podría entenderlo, como parte de una élite, aunque en su caso la palabra eligere, electo, que da origen al concepto, tenga escasos méritos republicanos.
Al final, vemos en declaraciones semejantes de funcionarios esa permanente apuesta por un igualitarismo que se demuestra falso en su ferviente búsqueda de privilegios. Por medio de uno de esos privilegios, se le impuso a la UNAM el no hacer nada con la acusación de plagio por parte de otra ministra. No fue la UNAM, a la que seguramente se le pueden cuestionar otras cosas en el proceso, sino la orden de un juez la que ató a la institución que, sin violar la ley, no pudo hacer más.
La discusión grande, la de alta política, tiende a saber que la mejor universidad se ha construido siempre con la dificultad de acceso, sin que ello implique negarle opciones a quienes no sean elegidos. Es alta política porque es complicado y no se soluciona con la obsesión del número que presume más universidades sin que estas respondan a los aspirantes y a su educación.
La alta política no solo incluye a las universidades públicas, pero tiene especial énfasis en ellas, y se plantea la importancia de la universidad como algo más que un generador de empleados, sin ignorar que sus egresados deberán vivir de una profesión. Se preocupa de la falta de interés o aplicación posterior en las carreras de ciencias sociales y humanidades, porque son el centro de la formación social, académica y cívica. Porque sin estas disciplinas el resto de nuestros temas serían meramente transaccionales y dirigidos a lo inmediato, cuando es la fascinación por lo inmediato donde caen muchas de nuestras preocupaciones mayores.
La alta política no se debería conformar con la respuesta fácil que ve en la inteligencia artificial el comodín para responder deficiencias. Tiene que pensar en cómo incluirla dentro de nuevas herramientas. Hay filosofía, reflexiones y terreno de estudio para la ética en la IA.
La alta política podría darse un tiempo para pensar sobre si el modelo de universidad que tenemos sigue siendo vigente o los troncos comunes de inicio, como se imparten en otros lados, tienen más sentido con el tiempo.
De quedarse en el estancamiento de la baja política, con sus vicios, diminutas dimensiones y mezquindades, ¿qué tan posible es recuperar la argumentación como estructura de defensa de las ideas, si ni siquiera las ideas quieren guardar la apariencia de serlo? ~