Auténticas criaturas de leyenda

Se trata de llegar a las puertas de la muerte sin caer en ella. Esa es la prueba de acceso para entrar en esta cofradía. Por lo demás es todo tan sencillo y difícil que ni siquiera tiene nombre.
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Se trata de llegar a las puertas de la muerte sin caer en ella. Esa es la prueba de acceso para entrar en esta cofradía. Por lo demás es todo tan sencillo y difícil que ni siquiera tiene nombre. Es fama que las consagradas o los consagrados han llegado a ver el otro lado de las cosas. Viven en un ay. Renuncian a todo para ganar la nada en vida.

Yendo bien se tarda doce años en alcanzar ese estado. La mayoría no llega. Los que fallan se quedan para servir, ya que una vez traspasado el umbral de iniciación ya no sabrían volver a la vida ordinaria, el roce de las cosas les ofende.

Eso me pasará a mí, pero estoy bien, acepto que no voy a llegar a la paz del no ser pero me quedaré cerca, me conforta saberlo, me conformé con todo.

Estas notas son del informe de noviciado. La persona a que aluden consiguió el máximo grado hasta un punto que sorprendió al claustro y al colegio de eméritas, pero ella estaba convencida de que no lo lograría. Algo que había visto en las prácticas de Adivinación del Futuro 2 la hizo renunciar, así que cuando llegó el momento de sellar los votos desistió.

Por más que las compañeras de promoción –no hay jerarquía mayor, ya que las predecesoras, ya sin halo, debían ser elevadas y esparcidas en la ceremonia de renovación–, insistieron con sus miradas para que reconsiderara su negativa, pues la tenían como la mejor entre ellas, la que más cerca estaba de la nada y del olvido absoluto de sí, ella no cedió e insistió en dedicarse al servicio de las demás, como si no hubiera superado los grados y las pruebas.

Esta renuncia fue el fin de las selfeidas o selfídeas, denominaciones populares, ya que ellas debían renunciar el primer día a los nombres tanto individuales como colectivos.

A ella la acusaron de que tanta humildad rozaba la soberbia, y la administración de la cofradía que iniciaba a las elevadas y las preservaba del mundo exterior decidió que ante tanta arrogancia solo cabía la expulsión, pues, si aquella que reunía más méritos para encarnar los misterios de la orden se negaba a asumir su lugar natural, la selecta corte de mecenas secretos abandonaría a las demás a su suerte, como así fue.

Los filántropos dejaron de visitar la finca para lavar sus almas y divulgar sus pecados, pues lo que hacía único al Valle de Lágrimas, lo que le daba un valor inalcanzable tanto para los socios como para establecimientos rivales era la comunidad de las efeidas (otro de los muchos nombres que la leyenda les adjudica), criaturas que porfiaban, con peligro de sus vidas terrenales, en los misterios de la espiritualidad extrema, la desmaterialización y la nada sin fin.

Empezó como un negocio que aprovechaba espacios deshabitados y la sumisa complicidad de los últimos habitantes de un pueblo próximo que ya no salía en el catastro para copiar un modelo de éxito de otras latitudes, tal vez una franquicia.

El advenimiento de las selfeidas, como las bautizaron enseguida aquellos escasos vecinos y los primeros trabajadores (todos de la familia, porque fue siempre secreto), le dio al simple negocio un halo de espiritualidad imbatible y lo encumbró a una altura que ninguna otra institución de este tipo había alcanzado jamás.

Presidentes, dignatarios y billonarios de todos los continentes se sometían a las mayores vejaciones y acataban lustros de listas de espera para pasar unos días de austeridad extrema en el retiro de un recóndito valle olvidado. En sus dependencias, apenas un convento ruinoso ya invadido por la broza, se habían acordado los destinos de la humanidad en las últimas décadas. Las verdaderas élites, tan discretas que ni se conocían entre ellas, se purificaban en común y salían renovadas y perplejas.

La expulsaron con la mayor discreción y el mismo pueblo quedó desierto en cuanto se decidió el cierre, pues el santo resort era la única forma de vida en ese paraje inhóspito. Fue todo tan rápido que aún reverbera el aleteo de halos y auras.

En cuanto desmantelaron el exiguo campamento, los linces, lobos y osos con que se habían ido repoblando los términos cercanos ramoneaban entre las renacidas buitreras.

A ella la vistieron con ropas amplias para ocultar su aspecto, que hubiera escandalizado a cualquiera (eran casi traslúcidas y la purísima piel apenas velaba el fulgor de los huesos), y la dejaron en un hotel barato en la capital con sus papeles inventados, un poco de dinero y la estancia pagada para un trimestre.

Lo primero que hizo fue orientarse con su afinadísima intuición –sus compañeras la adoraban porque rezaba siempre alineada con el eje de la galaxia–, y luego salió a las autovías a hacer autostop para volver a su única morada, porque fuera de la paz del recinto no hubiera sobrevivido.

Sus compañeras, a las que ni siquiera se les concedió el honor del sacrificio, fueron entregadas a feriantes de la peor ralea para que las exhibieran en tugurios de espanto. Muchos clientes hubieran dado lo que fuera por llevárselas a sus mansiones, yates y palacios, pero la junta de accionistas prefirió preservar el mito haciéndolas desaparecer y dejando que una empresa especializada en borrar pasados confundiera sus huellas.

Pasados los años de la cláusula de confidencialidad, las personas de esa empresa que habían hecho el trabajo, una vez jubiladas, reconociendo que no podían vivir en paz, se propusieron investigar para aclarar si todo había sido una leyenda, otro negocio fallido o si había algo de verdad en lo referente a las criaturas numinosas. Pero habían hecho tan bien su trabajo que no encontraron nada, excepto este manuscrito que redactó una primitiva ia en prácticas. Por eso ahora, cuando algún cazador las encuentra, mayores e inmortales, por esos caminos de lobos, acelera y sigue. ~


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