Photo: James Duncan Davidson/TED

Visionarios, magnates y profetas en la era de la IA

La inteligencia artificial ha producido también una nueva clase de autoridad intelectual: el visionario tecnológico.
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Hubo un tiempo en que, para saber cómo sería el futuro, la humanidad consultaba a los oráculos y a los profetas. Más tarde empezó a confiar en los científicos. Hoy prefiere escuchar a los directores ejecutivos de las empresas tecnológicas. Hemos sustituido el oráculo de Delfos por Silicon Valley. La diferencia es que la pitonisa hablaba entre vapores sulfurosos, envuelta en una túnica y sentada sobre un trípode de bronce, mientras que los nuevos profetas anuncian el porvenir en vaqueros y zapatillas deportivas, pasando diapositivas con un mando, ante un auditorio entregado de antemano, dispuesto a aplaudir a rabiar.

La inteligencia artificial no solo ha producido nuevos algoritmos. Ha producido una nueva clase de autoridad intelectual: el visionario tecnológico. Su misión ya no consiste únicamente en diseñar modelos de lenguaje o lanzar cohetes al espacio, sino en responder a las preguntas que durante siglos pertenecieron a los científicos, los teólogos o, en los días más inspirados, a los adivinos.

Lo verdaderamente intrigante no es que Bill Gates, Elon Musk, Tim Cook, Jeff Bezos, Sam Altman, Sundar Pichai o Ray Kurzweil hagan predicciones. Lo asombroso es que tanta gente los escuche como si hablaran ex cathedra. Haber fundado una empresa millonaria parece conferir una competencia inesperada para pronunciarse sobre la conciencia, la libertad, el sentido de la historia, el futuro del amor o el destino de la especie humana. El mercado ha inventado una nueva versión del viejo argumento de autoridad: quien ha creado una empresa exitosa debe de saber también cómo terminará la civilización.

De este modo, la tecnología ha devuelto inesperadamente a nuestra cultura una figura que creíamos haber dejado atrás: la del profeta. Participa en conferencias multitudinarias, publica manifiestos en internet, concede entrevistas en podcasts y expone sus revelaciones con presentaciones llenas de estadísticas y colorines. Sus visiones no comienzan con un “así habló el Ángel del Señor”, sino con un “los modelos indican” o un “los datos sugieren”. 

Entre todos estos ingenieros, empresarios y magnates se ha colado un personaje inesperado: un historiador (al menos eso dice su CV). Que yo sepa, Yuval Noah Harari nunca ha creado una startup, ni desarrolla modelos de lenguaje, ni presenta productos en auditorios rebosantes. Se dedica, en teoría, a estudiar el pasado. En la práctica, se ha convertido en uno de los más exitosos narradores del futuro.

Generalmente los historiadores dedicaron sus esfuerzos a indagar en el pasado, tratando de relatarlo, entenderlo o explicarlo. Harari, en cambio, ha introducido una innovación metodológica de enorme originalidad: utilizar el pasado como plataforma de lanzamiento hacia el siglo XXIII o XXIV. Comienza hablando del Paleolítico y, unas páginas después, ya está explicando cómo conviviremos con la superinteligencia artificial, cuándo dejaremos de ser humanos o por qué los algoritmos terminarán conociéndonos mejor que nosotros mismos. Probablemente sea el primer historiador que ha hecho su carrera profesional en el futuro.

Por tanto, quizá la mayor revolución de la inteligencia artificial no consista en haber creado máquinas capaces de conversar. Quizá consista en haber devuelto a nuestra cultura una figura que creíamos extinguida: el profeta. 

Del intelectual al visionario  

Durante buena parte del siglo XX, las grandes preguntas sobre el futuro pertenecían a una figura hoy en peligro de extinción: el intelectual. Ortega escribía sobre la técnica y las masas, Hannah Arendt sobre el totalitarismo, Karl Popper sobre la sociedad abierta o Bertrand Russell sobre la guerra y la ciencia. Podían equivocarse –y lo hacían con frecuencia–, pero intentaban convencer mediante argumentos.

Hoy el paisaje es otro. El intelectual ha cedido el protagonismo al visionario. Ya no publica un ensayo de seiscientas páginas ni mantiene una larga polémica en una revista cultural. Concede una entrevista de hora y media en un podcast, participa en una conferencia TED o presenta un nuevo modelo de inteligencia artificial. Y, casi sin transición, pasa de explicar cómo funciona un algoritmo a anunciar cómo será la humanidad dentro de cincuenta o cien años.

El cambio resulta fascinante porque no solo han cambiado los protagonistas; también ha cambiado el fundamento de su autoridad. Antes se suponía que alguien tenía razón porque sus argumentos eran sólidos. Ahora tendemos a pensar que la tiene porque ha fundado una empresa valorada en cien mil millones de dólares. La filosofía nunca encontró una prueba definitiva de la existencia de Dios, pero el capitalismo parece haber encontrado una demostración bastante convincente de la omnisciencia del emprendedor.

Conviene reconocer que estos nuevos visionarios saben muchísimo de aquello a lo que se dedican. El problema comienza cuando suponemos que saber mucho de una cosa equivale a saber de todas las demás. Diseñar un extraordinario modelo de inteligencia artificial no convierte automáticamente a nadie en teórico de la historia, igual que descubrir una vacuna no basta para resolver el problema del mal en el mundo ni ganar diez torneos de Wimbledon habilita para escribir una nueva Crítica de la razón pura

Durante años se denunció el viejo argumento de autoridad: creer algo porque lo decía un rey, un sacerdote o un premio Nobel. Hoy hemos inventado uno mucho más contemporáneo. Si alguien ha revolucionado los coches eléctricos, también debe de saber cómo será la democracia en 2075. Si ha creado un modelo de lenguaje, probablemente tenga una teoría sobre el alma. Y si además ha conseguido una ronda de financiación de diez mil millones de dólares, casi sería de mala educación discutirle una hipótesis sobre el destino de la especie humana.

No toda la responsabilidad corresponde a los nuevos profetas. Hay que reconocer que existe una extraordinaria demanda de profecías. Basta observar cualquier entrevista a uno de estos personajes. Rara vez se le pregunta por cuestiones técnicas. Casi nunca se le pide que explique con detalle un problema de arquitectura informática o los límites matemáticos de un modelo de aprendizaje. Las preguntas son siempre las mismas: ¿desaparecerá el trabajo?, ¿seremos inmortales?, ¿dominarán las máquinas el mundo?, ¿seguirá teniendo sentido la universidad?, ¿qué será de nuestros hijos?

Es difícil resistirse a responder. Si un periodista le pregunta a un ingeniero cómo será la humanidad dentro de cien años, el ingeniero tiene dos posibilidades. Puede contestar: “No lo sé”. O puede convertirse en profeta. La segunda opción suele generar muchos más titulares.

Quizá ahí resida el verdadero secreto de esta nueva literatura visionaria. Silicon Valley produce tecnología, pero los medios producen profetas. El algoritmo necesita ingenieros; el profeta necesita entrevistas. Y, entre unos y otros, hemos construido un curioso ecosistema en el que las predicciones circulan con mucha mayor facilidad que las dudas. Después de todo, la incertidumbre nunca ha sido especialmente rentable.

Tipología de profetas

Si nos arriesgamos a hacer una taxonomía o clasificación, todo apunta a que la especie más abundante es la del profeta ingeniero. Se trata de un ejemplar admirable que dedica años a resolver problemas de enorme complejidad técnica. Sin embargo, llega un momento en que optimizar redes neuronales deja de parecerle suficiente y siente la necesidad de explicar también la conciencia, el libre albedrío, la naturaleza del amor, el futuro de la democracia y el destino último de la especie humana. El tránsito suele producirse con sorprendente rapidez. Se empieza entrenando modelos y se termina pontificando sobre el sentido de la vida.

Muy próxima a ella encontramos la subespecie del profeta empresario. Su autoridad no nace tanto del laboratorio como de la cuenta de resultados. Ha construido una empresa triunfadora y eso parece conferirle una competencia universal. Puede opinar con idéntica seguridad sobre Marte, la educación, la geopolítica, la filosofía moral o el sentido de la vida. El éxito económico ha adquirido un curioso efecto secundario: convierte cualquier entrevista en un tratado de antropología o de futurismo.

Existe después una especie mucho más rara y, precisamente por eso, más interesante: el profeta historiador. Como hemos dicho, su representante más conocido es Yuval Noah Harari. Uno abre sus libros esperando encontrar una explicación sobre los primeros agricultores y termina averiguando qué sentirán los algoritmos, cómo desaparecerá el libre albedrío o por qué nuestros bisnietos serán posthumanos. 

No deja de ser una paradoja interesante. En una época obsesionada con la especialización aceptamos con absoluta naturalidad que un historiador nos explique el futuro de la computación cuántica, que un empresario nos describa la evolución de la conciencia o que un ingeniero resuelva el problema filosófico de la libertad.

Por último aparece el profeta apocalíptico, fácilmente reconocible porque jamás concede una entrevista sin anunciar el fin de algo: unas veces desaparece el trabajo; otras, la escuela; a menudo la democracia; en ocasiones la propia humanidad. El catálogo cambia con notable frecuencia, pero la estructura permanece intacta. La semana en que no se anuncia un final del mundo parece una semana desaprovechada.

Lo curioso es que casi nunca existen profetas de la normalidad. Nadie anuncia que dentro de cincuenta años seguiremos enamorándonos de personas equivocadas, discutiendo con nuestros hijos adolescentes, perdiendo paraguas en los restaurantes o preguntándonos qué sentido tiene la vida. El futuro siempre llega envuelto en mayúsculas: o alcanzaremos la inmortalidad o desapareceremos como especie. La historia, en cambio, suele mostrarse bastante más imaginativa. Tiene la desagradable costumbre de no parecerse demasiado a las profecías que se hacen sobre ella.

No es casual que muchos de ellos utilicen un lenguaje sorprendentemente parecido al de las antiguas religiones. Hablan de redención tecnológica, de una nueva humanidad, de superar definitivamente las limitaciones biológicas, de abandonar la carne para convertirnos en información. Cambian los conceptos, pero la lógica permanece. Allí donde antes aparecían el paraíso, la salvación o la vida eterna, encontramos ahora la Singularidad, el mind uploading o la inteligencia artificial general. 

Conclusión

En realidad, sería injusto culpar exclusivamente a los nuevos profetas. Las profecías siempre encuentran un mercado cuando existe una demanda suficiente de certezas. Y pocas industrias dependen tanto del futuro como la tecnológica.

Una empresa puede presentar un producto, pero una gran empresa tecnológica necesita presentar una época. Los inversores no financian únicamente un algoritmo; financian una promesa. Cuanto más radical sea el mundo que ese algoritmo dice inaugurar, mayor suele ser el entusiasmo y el dinero disponible. La inteligencia artificial no sólo genera modelos de lenguaje: forja negocios futuros, sueños y expectativas. Y las expectativas, como cualquier economista sabe, también cotizan.

No hay nada necesariamente deshonesto en ello. El progreso siempre ha necesitado imaginación. Lo preocupante comienza cuando la imaginación adopta el tono de la inevitabilidad. Porque el futuro, por definición, todavía no existe. Es el único territorio sobre el que cualquiera puede opinar con absoluta seguridad sin que nadie pueda desmentirlo… al menos durante unos años.

Quizá por eso vivimos una auténtica inflación de profecías. Cada nueva versión de un modelo de inteligencia artificial viene acompañada por un pequeño apocalipsis o por una discreta segunda venida: un día desaparecerán los abogados; al siguiente, los médicos; poco después, los profesores; finalmente, el propio ser humano. Si uno reuniera todos los finales del mundo anunciados durante los últimos cinco años, apenas quedaría humanidad suficiente para asistir al siguiente congreso sobre inteligencia artificial.

Y, sin embargo, la historia suele comportarse con una elegante falta de consideración hacia los profetas. La electricidad cambió el mundo, pero no exactamente como imaginaron sus pioneros. Internet transformó la economía, aunque no produjo aquella democracia universal que muchos anunciaban en los años noventa. La inteligencia artificial cambiará nuestras vidas de maneras que apenas alcanzamos a intuir. Lo más probable, sin embargo, es que tampoco se parezca demasiado al futuro que hoy describen sus evangelistas.

Quizá porque toda profecía habla, en el fondo, mucho menos del futuro que del presente. Los milenaristas que anunciaban el fin del mundo vivían obsesionados con la condenación. Los ilustrados anunciaban el triunfo definitivo de la razón porque ése era su gran ideal. Los revolucionarios del siglo XIX veían aproximarse la sociedad sin clases porque era el horizonte de su tiempo. Nosotros hablamos de algoritmos omniscientes, superinteligencias y posthumanos porque esas son las metáforas con las que imaginamos nuestras esperanzas y nuestros miedos.

Anunciar el futuro siempre ha sido una forma especialmente sofisticada de hablar del presente. Tal vez ésa sea la razón por la que conviene escuchar a los nuevos visionarios con interés, pero también con una saludable dosis de escepticismo. No porque carezcan de inteligencia, sino porque la inteligencia no concede el don de la profecía. Comprender el mundo exige distinguir cuidadosamente entre lo que sabemos, lo que creemos saber y aquello que simplemente imaginamos.

Los nuevos profetas seguirán llenando auditorios, publicando libros y anunciando el porvenir. Es su trabajo. El nuestro consiste en no olvidar que el futuro tiene una vieja costumbre: llegar siempre de una manera que nadie había previsto del todo.

Y esa incertidumbre, lejos de ser un defecto, sigue siendo una de las formas más discretas de la libertad.


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