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La crisis religiosa de la política

Llamados al pueblo, a la soberanía, a la grandeza de la nación… la política de nuestros días pide fe; la democracia exige razones.
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Pocos fueros otorgan más seguridades y son de mayor blindaje que aquellos que están al amparo de visiones de un mundo que perdonan y se perdonan sin importar barbaridades, con tal de proteger los enunciados de una idea siempre elevada artificialmente a la altura de lo inapeable, cuando solo lo cuestionable merece ser tomado en serio para conducir la vida de la gente.

Por algún tiempo, la gran razón para darle importancia a la palabra de una cabeza de Estado y la que ponía a su voz por encima de cualquier otra, incluso con mayor legitimidad intelectual, académica, social, etcétera, era que la suya no era simplemente una palabra, sino un hecho político con capacidad de cambiar la realidad.

A inicios del siglo XVII, Giordano Bruno fue ejecutado por hereje. Documentos descubiertos a mediados del XX dejan suponer que entre los cargos en su contra estaba el tener opiniones contrarias a la de la fe y su institución sobre la virginidad de María, la trinidad y la encarnación. Hubo otros, quizá más relevantes. Estos son los que más disfruto. Su idea de que la verdad no cambiará, sea o no creída por una mayoría, sigue vigente, así como la seguridad de que el fuego que lo consumió vivo no mataría sus ideas. Fue su propia realidad la que la palabra del poder cambió en la hoguera. Ninguna otra, ni la biología ni una contradicción con una fe que todavía hoy vería ofensas.

Algo más de cuatrocientos años después de la ejecución de Giordano Bruno, las relaciones con la fe se exacerban en los poderes políticos que confunden los pronunciamientos de aquella con el acompañamiento racional que la democracia exige a las afirmaciones: la rendición de cuentas, la comprobación de los dictados. Contrapeso de esos fueros que permiten la insensatez en los poderes de toda época y hace creer a todas las izquierdas buenas y a todas las derechas eficientes.

No hay rendición de cuentas, así se le llame de tal manera, en una voz complemente indispuesta al contraste de dichos. En una que excluye de la realidad aquello que no alimenta la percepción que tiene de ella y que acusa de falsedad a cada elemento que la contradice. Qué rendición de cuentas queda atrás de la negación de realidades incómodas, como para todos los gobiernos son los desaparecidos en sus territorios, más de 20 mil nuevos en México desde que inició el gobierno que presume sus logros esta semana.

La actitud dogmática que remite a cierta forma de religiosidad fue heredada al sistema de creencias que evolucionó en las ideologías políticas. Acusarlas de prescindibles sería negar la necesidad de un marco de referencia para comprender el mundo. El problema no son las ideologías en sí mismas o su existencia; lo son no pocas de sus expresiones a lo largo de la historia y la exacerbación de todas ellas frente los códigos democráticos.

Faltan años para que nos demos cuenta del peso de fe que la voz política demanda en estos días. Faltan otros más para que rompamos los fueros que cada grupo entrega a sus universos.

A mediados de julio pasado, la cadena CNN se negó transmitir en vivo un mensaje del presidente Trump en el que hablaría, una vez más, de sus afirmaciones alrededor de una supuesta intervención extranjera en las elecciones estadounidenses de 2020. En la cadena de noticias, argumentaron una recurrente desviación de la realidad por parte de la Casa Blanca. En cambio, verificarían la información de lo dicho para dar a conocer las conclusiones. Otros medios de comunicación optaron por caminos similares. Críticas a la decisión se centraron en el que las audiencias debían recibir y evaluar por sí mismas el contenido. Si bien la decisión de las cadenas es discutible, ningún argumento en contra de su postura podría afirmar responsablemente y con nociones de realidad que las afirmaciones encontrarían cobijo en quienes han refutado documentalmente múltiples versiones previas del mismo mensaje, o que los convencidos de ellas simplemente reforzaron sus ideas.

Al margen de creencias estrictamente religiosas, las iglesias ideológicas que unas décadas atrás parecían haber encontrado las máximas alturas de sus columnas, hoy están presentes sin mayor visión que las frivolidades útiles para hacerlas concebibles y seductoras. Satisfechas con sus frases repetitivas. ¿Cuántas veces escuchamos llamados al pueblo, a la soberanía, a la grandeza, al enaltecimiento de un etnocentrismo o un nacionalismo, combinables según geografía?

Iglesias ideológicas para las que el escepticismo absoluto en el otro y el entorno se convirtió en dogmatismo, hecho de una falla conceptual con la que afirmamos que todo es político, sin detenernos a pensar que de serlo realmente abriríamos la puerta a ver conspiraciones en todos lados, cuya única defensa serán aquellos fueros injustificados.

Las izquierdas perdonarán la violencia de Irán, de la misma manera que, en otros días, disculparon a Saddam y hace unos ayeres a Bashar, porque todos se presumían tan antiimperialistas como hoy Ortega y Murillo en Nicaragua. Las anti izquierdas y las derechas perdonarán el salvajismo de los colonos en Cisjordania, el nativismo y la ignorancia xenófoba en Europa, la violación de derechos humanos en El Salvador, las aberraciones en los gobiernos de Argentina y ahora de Colombia.

Demasiados fueros para tan poca cabeza.

Criado en una casa de amplias izquierdas que siguió siéndolo hasta que las conoció a profundidad, formado en un sistema educativo que nació del exilio republicano a México, así como en España, en un colegio también de estirpe republicana, bajo un sistema ya desaparecido para adecuarlo a estándares democráticos, una primera plana de diario obligó a la sonrisa que reconoce las carencias en mis terrenos habituales.

La casualidad me trajo el homenaje de un diario marxista en Noruega a su rey, muerto hace unos días. Mi sorpresa fue múltiple. En menor grado por mi desconocimiento del hombre, como por la existencia a estas alturas de un periódico de tal corte: “Lucha de clases”, el nombre de la publicación. En su portada se leía: “También el rey de los republicanos”. ~


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