Foto: Jay Godwin, Public domain, via Wikimedia Commons

Gloria Steinem, el feminismo y la alegría de vivir

Gloria Steinem (1934-2026) fue una feminista de estirpe liberal, capaz de entender las diferencias políticas, ideológicas, religiosas y sexuales como parte de la democracia.
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De mi lejanísima infancia y adolescencia resuena cierto nombre pronunciado no recuerdo si con admiración o reticencia, aunque supongo que predominaban la desconfianza y el temor. La imagen de un rostro adornado con un par de lentes de montura grande y una melena peinada con una raya en el medio seguramente llegó a alguna de las revistas leídas por mi madre y mis tías: Buenhogar, Vanidades, Cosmopolitan… ¿Este recuerdo propio de una lectora precoz de revistas femeninas será real o inventado? Invención o realidad, la época cuadra perfectamente: años setenta y ochenta.

Las ideas de Gloria Steinem resultaban incompatibles con mi entorno, defensor de la virginidad de las mujeres antes del matrimonio, asunto que con el tiempo pasó al olvido por la fuerza de los hechos. Para colmo, Steinem denunciaba las desigualdades entre los sexos (como se decía en la época), las razas, las clases y las orientaciones sexuales. Un cóctel mortal para la extensa parentela materna, matricentrada y machista hasta la médula, una combinación latinoamericana muy común. Mis padres hicieron algún esfuerzo feminista, no lo niego: ella insistía taxativamente en la educación de las mujeres, la salvación definitiva ante los maridos insufribles; él, por su parte, no entendía qué sentido tenía para una mujer estudiar, casarse y seguir trabajando:

–Gisela, la única razón para aguantar a un hombre es que te mantenga.

Lástima que se separaron siendo tan afines.

Fui la primera mujer de la parentela materna y paterna que se graduó en una universidad pública y autónoma; la segunda es mi sobrina. El interés por la universidad ha sido cosa de mujeres entre mis parientes, lo cual me produce una satisfacción mezquina: si los hombres son más inteligentes que las mujeres, hay que decir que las excepciones son demasiadas para ser de verdad una regla.

Cuando me encontré con Steinem a finales de los años ochenta, la familiaridad fue inmediata porque el mundo que me tocó vivir tenía que ver con ella y con otras tantas como Kate Millet, Betty Friedan, Gayle Rubin, Kimberlé Crenshaw, Audre Lorde y Adrienn Rich, por no hablar de las venezolanas Mercedes Pulido de Briceño, Evangelina García Prince y Gioconda Espina y de latinoamericanas como Sylvia Molloy. Siempre agradeceré haber sido asistente de investigación de Márgara Russotto en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos en Caracas, lugar en el que ocurrió el deslumbrante descubrimiento de tantas inteligencias privilegiadas.

La vida de Steinem es una de esas sorpresas que solo el siglo XX y la modernidad hicieron posibles. Nacida en una modesta familia de un pueblo de Ohio, se graduó de politóloga con honores en Smith College (1956). Viajó con una beca a la India (1957-58) donde se empapó del pensamiento y el activismo gandhianos, lo que marcó su interés por el trabajo comunitario de base, imprescindible para el feminismo. Ejerció como periodista en una época en la que, como ella misma cuenta, sus colegas varones entraban a una redacción compuesta por mujeres y decían: “aquí no hay nadie”. Semejante ninguneo forma parte de la experiencia de mi género incluso hasta hoy, pero en una medida sin duda menor, especialmente en los medios de comunicación, un campo definido en la actualidad por la presencia femenina. La audacia de Steinem le abrió el camino a sus sucesoras: se infiltró para escribir un reportaje sobre las condiciones de trabajo de las famosas conejitas de Playboy, el imperio de explotación de muchachas fundado y dirigido por Hugh Hefner. Steinem trabajó con las chicas como una más, un acto de audacia que mostraba su interés en las condiciones de trabajo, parte inalienable de la dignidad de los individuos en general y de las mujeres en particular. Este texto está incluido en la recopilación Actos indecentes y rebeliones cotidianas (1983).

Los empeños de Steinem partieron siempre de una constatación que ha marcado a todas las mujeres (y hombres) feministas: la diferencia sexual produce desigualdad y discriminación, situación perfectamente superable. A finales de los sesenta y a lo largo de los setenta, defendió la Enmienda de igualdad de derechos y fue una pionera en la defensa de los derechos reproductivos de las mujeres, para lo cual fundaría diversas organizaciones feministas. En la lucha por dicha enmienda destacaron las mujeres del Partido Demócrata al estilo de Shirley Chisholm, primera congresista negra, y la también congresista Bella Abzug. Steinem, junto a otra figura clave como Betty Friedan, autora del clásico La mística de la feminidad, jugó un rol protagónico en la aprobación de esta reforma legal, así como en la lucha a favor del aborto.

Steinem tuvo la triple cualidad de una estupenda pluma, gran honestidad intelectual e insuperable sentido del humor, evidente no solo en la calidad de sus reflexiones sino también en su legibilidad, tan cerca de su connacional Marta Nussbaum y tan lejos de las teóricas francesas al estilo de Helene Cixous y Luce Irigaray, por no hablar de la afrancesada Judith Butler de los comienzos.

La condición de periodista de Steinem abonó en favor de su escritura, ajena a los afanes cabalísticos de las teorías duras, para fortuna de su público lector. Vale la pena recordar que fundó en 1972, junto con otras activistas, la revista Ms., de la que fue editora por 15 años y consultora hasta que dejó de publicarse. Esta revista rompió todos los paradigmas de las publicaciones periódicas dirigidas a las mujeres, al dedicarse a temas intocables como la violencia doméstica, la brecha salarial, el aborto o el lesbianismo.

Un ejemplo de su talento de escritora es la espléndida parodia del pensamiento de Sigmund Freud “¿Qué sucedería si Freud fuera Phyllis?”, que forma parte de su libro Ir más allá de las palabras (1996). Uno de los grandes aportes del feminismo es señalar que la supuesta neutralidad del conocimiento esconde relaciones de poder y, más aún, las legitima. La autora echa mano de la sátira, el género literario crítico por excelencia, para desmontar con una ironía implacable las ideas del fundador del psicoanálisis. Steinem imagina que Freud es una mujer, de nombre Phyllis, que justifica que los hombres sean inferiores a las mujeres. En lugar de la envidia del pene, la doctora Freud se refiere a la envidia del útero, una carencia irremediable que impide a los varones gestar y dar a luz, con el consiguiente e insuperable sentimiento de inferioridad. También se desmonta la teoría de la seducción freudiana que consagró el carácter imaginario de las historias de abuso sexual contadas en el consultorio; en otras palabras, Freud cerró los ojos ante el abuso sexual infantil.

Steinen fue una de las grandes figuras del feminismo contemporáneo no solo porque combinó con acierto y resultados tangibles la escritura, la reflexión y el activismo en favor de las reivindicaciones legales, laborales y políticas de las mujeres, sino porque analizó la vida en sus aspectos más cotidianos desde la espesa urdimbre de las diferencias entre los géneros, con una garra que quisieran tener las feministas que la acusan, quien sabe por qué aparte del color de la piel, de “feminista blanca”. En todo el amplísimo abanico de temas sobre los que escribió –cine, política, literatura, deporte, economía, publicidad, activismo, periodismo, salud física y mental, pornografía, historia, sexualidad, el cuerpo de la mujer como territorio del patriarcado, mundo laboral, medicina, racismo, clasismo, educación–, Steinem registra desde los matices más sutiles hasta los trazos más gruesos del impacto de las diferencias sexuales.

Fue una feminista de estirpe liberal capaz de entender las diferencias políticas, ideológicas, religiosas y sexuales como parte de la democracia. En tanto joven mujer profesional le tocó una época mucho más difícil que la nuestra. Pero no se dejó domar por la realidad ni tampoco se alojó en el rincón de la víctima, pues el desenfado puede ser más eficaz que la ira o la autocompasión a la hora de desenmascarar el poder. Vivió su heterosexualidad a plenitud, se negó conscientemente a ser madre y jamás se arrepintió de esta decisión.

Como toda escritora, activista y pensadora, Steinem tenía las limitaciones de su contexto, una sociedad rica que vivió unos resonantes años sesenta, y se inclinó en su madurez por unas búsqueda individuales cercanas a la autoayuda, un plausible motivo de distanciamiento para las feministas de la nuevas generaciones y para las que prefirieron el psicoanálisis como vía de exploración de la indudable existencia de barreras psíquicas que nos privan de vivir mejor. Revolución desde adentro (1995) corresponde a esta singular etapa. Desde luego, es su proyecto de escritura menos interesante. Preferible es adentrarse en sus Memorias de la carretera (2015), relato de su dilatada trayectoria viajera (que se remonta a su infancia) marcada por su activismo y su interés en la gente. En el presente mes de septiembre tendrá lugar el lanzamiento de otro volumen de recuerdos: An unexpected life: A memoir.

Steinem creía en la gente, creía en su potencial, en su afán de una mejor vida, en su capacidad para organizarse y enfrentar al poder. ¿Acto de fe o necesaria condición para una líder como ella? Fue una mujer de logros, así que esta inclinación estuvo ratificada por el éxito.

Queda leer, recordar y emular a Gloria Steinem, a quien su madre le aconsejó lo mismo que me aconsejó la mía:

–Estudia y trabaja. ~


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