Mis hijos y yo luchamos contra la ley

Varias aventuras frente a la burocracia, las apps y otros obstáculos.
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En los viajes uno a veces encuentra lo que busca, pero a menudo también otras cosas: ve algo bonito o inesperado, se pierde, se deja las gafas o choca con la burocracia o la ley. Un caso reciente lo viví hace unos meses, cuando en el control de equipajes de la estación de Chamartín detectaron un cúter en la mochila de mi hija de once años, aficionada a las manualidades. La potencial terrorista fue interceptada y conducida a un cuarto, casi a la vez que un joven con una sospechosa espuma de afeitar en la maleta. Fui con los dos hermanos menores de la niña hacia donde le estaban haciendo preguntas. Les di un consejo que espero que recuerden toda la vida: “Si las cosas se ponen feas, diremos que no la conocemos”. Afortunadamente, desmontada e inutilizada su arma, la dejaron subir al tren y fuimos a La Coruña, donde, entre otras cosas, visitamos el acuario. Al ver tanta agua la pequeña se hizo pis encima; la mayor se quedó encerrada en el baño; el mediano se separó buscando el tiburón Gastón, se perdió y pidió ayuda en recepción. Todos salieron muy contentos con sus aventuras y además vimos al tiburón que, pobre, murió unas semanas después.

La experiencia del extravío fue útil para el niño, que el otro día regresaba con su madre desde Nueva Zelanda. En el aeropuerto de Barajas fue al baño para cambiarse de ropa y al salir se desorientó. Se acercó a una pareja y preguntó: “¿Saben dónde está la recepción?”. “¿Recepción de qué?”, le dijeron, y él respondió: “De gente que se pierde”. Varios sospecharon que era un extranjero que quería quedarse en España ilegalmente. Pero ya lo hemos regularizado.

De camino a Zaragoza este fin de semana, una de las personas del control del tren pidió ver el carnet de familia numerosa que justificaba el descuento. Le mostré la captura de pantalla, como suele bastar, pero ella quiso ver los DNIs y la aplicación en sí. Dije que no llevaba DNIs de los niños porque no era obligatorio; era la opción que había elegido al comprar los billetes. Ella veía que yo merecía el descuento, pero no estaba segura de que los niños sí. Nos pusieron detrás del control. Intenté descargar de nuevo la app de la Comunidad de Madrid pero no funcionaba: metía diferentes contraseñas que llegaban por email y SMS, una actividad a la que el ciudadano moderno dedica el 4% de su tiempo, según un estudio reciente. Cuando lo conseguí, había un nuevo fallo en la app. Podía dar explicaciones, pensé, pero era arriesgado, se acercaba la hora y, a fin de cuentas, nuestros billetes habían sido validados y los controladores nos daban la espalda. Así que, con otra lección de vida, les dije a los niños: “Corred, vamos al tren”. “Papá, ¿estás rompiendo la ley?”, me preguntó mi hijo. “Va a parecer que no tenemos el carnet”, dijo la mayor. Les respondí: “Ya sabéis que para volver a casa conviene ir disfrazado”. “¡Como Ulises!”, dijeron.

Publicado originalmente en El Periódico de Aragón.


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