Ariana Harwicz o los límites de la discrepancia

La escritora argentina fue desinvitada de un festival literario en Granada por sus opiniones sobre Israel.
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A un festival literario le conviene un escándalo. Proporciona atención mediática y un tema de discusión. Esas polémicas no tratan de literatura sino de moral. Aunque estos eventos requieren dinero público -según el principio descrito por Rafael Sánchez Ferlosio en “La cultura, ese invento del Gobierno”-, se presentan como reuniones de disidentes. Reclaman la bandera de la discrepancia, pero a menudo esos discrepantes piensan de forma parecida. Un ejemplo es el caso de la escritora argentina Ariana Harwicz, cuya presencia estaba programada en el Festival Cultura-Ahl. Según la organización, hubo amenazas de protestas y fue desinvitada. El motivo, dijeron, es que estaba en contra del boicot a autores israelíes (también a rusos). Lo normal sería reforzar la seguridad y celebrar el acto. Otras voces han declarado que no debía ser invitada por sus opiniones sobre Israel. Harwicz ha dicho que la exclusión fue por ser judía. Algunos señalan que otros autores judíos participan en este y otros festivales. Es verdad que solo importa tu postura sobre este asunto si eres judío. Pero, como nos recuerdan esas voces, solo hay que expresar las opiniones correctas u ocultar las incorrectas. No es tan difícil. 

John Banville ha anunciado su retirada del festival y más de 350 autores han manifestado su apoyo a Harwicz: señalan que oponerse a su exclusión no significa coincidir con sus opiniones. En cambio, algunos escritores invitados han escrito un comunicado donde celebran la decisión del festival. Uno se pregunta por qué es tan malo compartir escena con alguien de quien discrepas. Es una ocasión para rebatir una opinión errónea. La justificación tampoco es nueva: todos estamos a favor de la libertad de expresión, salvo en el caso concreto del que estemos hablando, que es siempre distinto. También es mala suerte. (Todo esto no mejora la situación de los gazatíes: son posicionamientos y polémicas que tratan más de nosotros que de la tragedia.)

Resulta llamativo que las voces más partidarias de la censura correspondan a gente con formación en humanidades. Hay un sesgo: son los interesados en estos temas. Pero, ya que son personas que han estudiado la historia de la cultura y de la intolerancia, ¿cómo no piensan que otros pueden aplicarles a ellos las mismas reglas, por las mismas razones? ¿Cómo no imaginan una situación en la que su posición sea minoritaria y alguien quiera excluirlas o silenciarlas? ¿Cómo han olvidado los peligros a los que, tantas veces, nos ha conducido el dogmatismo? Solo tenían una cosa que aprender y no lo hicieron.


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