Un fantasma recorre Manhattan y ese fantasma siempre es –y fue y será– el de The Velvet Underground. Ya se sabe: los desconocidos de siempre a los que todos conocen. Ya se sabía y se seguirá sabiendo: banda inspiradora de letras y música y sonorizando la actitud de una ciudad que siempre entenderá la decadencia como una de las formas del esplendor, y el brillo como una de las maneras en las que más y mejor se pueden contar y cantar las sombras.
Y días atrás –bailando ese vals del zapping televisivo sin el más remoto control en mi mano– volvió a conducir ante mis ojos Taxi driver. Y ahí Travis “De Niro” Bickle preguntándome eso de “You talkin’ to me?”; y yo respondiéndole que sí y acordándome de lo que nunca me olvidaré. Yo llegué por primera vez a esa ciudad el mismo año en que se estrenó esa película de Martin Scorsese (y de Paul Schrader) con trece años. Y paramos en un hotel en la frontera norte de Times Square. Y, ah, nada que ver con lo que ese lugar es ahora. Yo salía a caminar al anochecer (con la anuencia o, al menos, el absoluto desentendimiento de mi padre) por aceras ruinosas y basureadas hasta una calle 42 entonces desbordante de cines porno y de dealers y pimps que no se cortaban en absoluto a la hora de ofrecer drogas duras y putas más duras aún a un adolescente. Y no lo sabía aún (mis oídos por entonces muy progre-sinfónicos consumían Pink Floyd y Genesis y Yes y The Beatles por separado, todo más Made in the uk que en the usa), pero, de haber seguido marchando isla abajo, hubiese llegado a varios santuarios sónicos en actividad. Reductos ya casi históricos-histéricos de transgresión eléctrica y electrizante como el cbgb y el Max’s Kansas City y a venues un tanto jóvenes y más artie como The Bottom Line y el a punto de abrir sus puertas Mudd Club. Y en cuyas barras se apoyaban para competir entre ellos gente como The Patti Smith Group, The Ramones, Bruce Springsteen, Television, Talking Heads, Blondie, The New York Dolls, una recién llegada Madonna (cuyo nuevo y muy celebrado trabajo se dedica a recordar confesionalmente aquellos buenos tiempos) y, nada es casual, Philip Glass trabajando de taxista. Y, hey, ese que estaba ahí es Bob Dylan, back in town, de regreso en el Greenwich Village que había conquistado más de una década atrás para rerreciclarse magistralmente con Blood on the tracks y Desire y reclutando gente para su agitanada Rolling Thunder Revue. Y, sí, ese otro allá era Lou Reed a solas y masticando el hielo de su resentimiento por ser venerado por todos esos jóvenes tan contantes y sonantes pero no por las masas que ahora besaban a Kiss Alive! o por esos very few ya más que listos para disco-empolvarse la nariz en los reservados vip de Studio 54 los febriles sábados por la noche (y el resto de la semana también). Lugares oscuros donde sonaban encandilantes todos aquellos que –según la leyenda– eran los pocos (pero en verdad no tan pocos) que habían comprado en 1967 o seguían comprando en tiendas uno de los álbumes debuts más consagratorios de todos los tiempos: The Velvet Underground & Nico. Aquel con una austera banana marca Warhol en su portada a modo de manifiesto gráfico de entrada y en apenas subliminal pugna contra el exceso exitoso de aquella otra (diseñada ese mismo año) maníaca y referencial de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band donde no figuraba el esclavizador factótum de The Factory.
Y más detalles de esta suerte de duelo de opuestos complementarios à la yin yang en el recién editado muy contundente volumen a todo volumen, ochocientas páginas, Do what you fear the most del especialista Richie Unterberger, quien ya había firmado el igualmente exhaustivo White light/White heat: The Velvet Underground day-by-day (2009). Y, de nuevo, aquí Unterberger no se deja nada sin oír y hasta revela la existencia de un track perdido de la Velvet con el muy loureediano y bilioso título de “I don’t care much for the things you do” (aunque seguramente jamás se llegue a procesar el cuantioso archive de Lou Reed depositado en la New York Public Library for the Performing Arts y del que apenas se han destilado los muy primigenios y arqueológicos Words & music y Why don’t you smile now). O, también, enfrentando a estos opuestos-complementarios en el recién aparecido y muy ingenioso ensayo histórico-alternativo del siempre gracioso Chuck Klosterman (quien ya diseccionó nuestro presente desde el futuro en But what if we’re wrong?) que propone una versión diferente y remezclada de lo sucedido. Lo que teoriza Klosterman en su nuevo libro es un presente –y un pasado desde el año 67 hasta ahora, con modales de world building metauniversal Marvel/dc– en el que los Fab Four de Liverpool fracasan a lo grande con lo del Sargento aquel y lo que triunfaba universalmente era aquello de la aterciopelada y subterránea fruta amarilla a pelar. Alteración produciendo, entre muchos otros efectos, un boom de la heroína y opioides varios por sobre la marihuana y el lsd. Y el que sea Andy quien acabe produciendo el Rumours de Fleetwood Mac y el que todos los cantautores sensibles de Laurel Canyon se muden a Bleecker Street para autodestruirse constructivamente y, así, hasta llegar a la siguiente gran reinvención de la ciudad gótica.
Ya se sabe, ya es historia: todo eso que cuenta –en logrado compendio oral-coral– Lizzy Goodman en el libro de 2017 (y posterior documental de 2022) Nos vemos en el baño,que hace por esa scene lo que libros fundamentales como Everything is now de J. Hoberman y Love goes to buildings on fire de Will Hermes hacen por la de los sesenta y setenta. Allí –con Goodman de testigo– la regrabación del fin de milenio en el que toda una nueva camada de músicos jugó a ser sus padres y madres en memoria de aquellos años más neuropsicóticos que locos mientras los aviones se estrellaban contra las torres y la tradicional industria musical se disponía a caer en las redes de las redes sociales y todo reducto bohemio pagaba alquileres cada vez más altos y muy pronto imposibles de asumir. Y quienes ponían letra y música –y recuerdan y olvidan en el libro de Goodman– eran Interpol y LCD Soundsystem y Moby y Vampire Weekend y The White Stripes y Yeah Yeah Yeahs y Ryan Adams (con el ocasional avistamiento de ese ovni y rareza espacial y vecino importado ubicuo-invisible conocido como David Bowie) entrando y saliendo de lugares como el Mercury Loung y Tiswas y Squeezebox y Mis-shapes y Motherfucker en el Lower Manhattan. Y, por encima de todo y de todos, el quinteto de adinerados college kids The Strokes con su Is this it (2001) y esa portada enseguida cuestionada con culo modelo y guante de látex negro (que sí se vio en Europa) suplantada a último por fotografía de partícula subatómica. Y todo eso estallaba con esta banda de guitarras comandada por el muy neoyorquino Julian Casablancas, hijo del fundador de la agencia de chicas-top Elite Model Management y de una ex Miss Dinamarca. Y de pronto –sí, por supuesto, reflejamente y en el acto– todos exclamando “¡Velvet Underground Revisitada!”. Y The Strokes cantándole no a la chica de ayer sino a la last nite a secas y al ir y venir por la ciudad como alguna vez lo hizo Frank Sinatra, pero más en plan walk on the wild side ahora no tan wild por (des)cortesía de una gentrificación cada vez más, sí, salvaje y feroz (aunque el acrónimo correspondiente a Alphabet City –apodo para el East Village– correspondía a Alcohol blow crack death).
Y sí y no y, claro, el único error que comete Casablancas –a diferencia de toda aquella cargada luz blanca con calor blanco– es el de no haber durado poco y de seguir tocando hasta aquí y ahora. Lo que –también es cierto que The Strokes se toman ahora su muy largo tiempo entre un álbum y otro de la existencia– no desmerece las virtudes de los excelentes The new abnormal (2020) y del reciente Reality awaits. El primero de ellos, casi eufórico, venía con portada de Basquiat y, sí, digámoslo, era algo así como el más grande álbum acerca del New York state of mind jamás grabado por Lou Reed incluyendo tracks formidables como “The adults are talking” y ese entre vencido y orgulloso himno del autosabotaje que es “Bad decisions”. El segundo parece querer olvidarse de que ahí afuera hay una ciudad y –solipsista y lejano y con mucho autotune y cierto aire a Radiohead– llega montando y cabalgando fotografía vaquera de Richard Prince, responsable del ícono publicitario del Marlboro Man. E incluye el muy gracioso single “Going shopping” cuyo videoclip se ríe y homenajea al de “You can call me All” del citizen cum laude Paul Simon y a esa cumbre de la melancolía del abandonador-abandónico que es “Falling out of love” y que puede entenderse como una puesta al día de aquel “Pale blue eyes” en The Velvet Underground, opus 3 de la banda de 1968. Y en “Lonely in the future” –muy Lou– Casablancas denuncia con sonrisa torcida a quienes, como Harry Styles y John Legend, entiende se nutren de lo suyo sin reconocerlo. “Yo ya hice todo eso ayer, cuando era un chico”, gruñe Casanovas como un Oblómov apenas tenso y no demasiado seguro de si tendrá sentido salir esta noche a alguno de esos clubs neoyorquinos. Sótanos y áticos donde suenan resonantes chicos que, seguro, se compran Is this it en vinilo radiactivo e influyente pero –y, sí, esta es la realidad que no espera sino que desespera– solo escucharán Reality awaits en Spotify.
Y el círculo se cierra, pero solo para estas líneas: un par de meses atrás la muy de moda pasajera Charli XCX en plena promoción de su nuevo álbum Music, fashion, film (con John Cale fotografiado en su portada y la artista no dejando de citar a The Velvet Underground & Nico como fundamental piedra Rosetta de todo lo por venir) se subió al escenario de The Strokes presentando Reality awaits para interpretar juntos aquel “Take it or leave it” que despedía ese Is this it.
Y que pase el nuevo que sigue –a salvar su vida con y por el rock and roll, you playin’ for me?– en la vieja New York esperando al próximo hombre o mujer y asistiendo a todas las fiestas de mañana. ~