Desde su fundación, en 1963, con su película de inauguración que fue nada menos que El ángel exterminador (Buñuel, 1962), el Festival de Cine de Nueva York (NYFF) apareció con una clara voluntad disruptiva. Su objetivo nunca ha sido repartir premios –se trata del festival de cine no competitivo más prestigiado del mundo–; parte de que la selección y programación de cualquier filme debe ser, en sí, un reconocimiento. Así fue con los fundadores del NYFF, los críticos y curadores Richard Roud y Amos Vogel, así lo es ahora bajo la dirección del también crítico Dennis Lim.
El NYFF tiene como objetivo, pues, dar a conocer al cosmopolita público neoyorkino lo mejor del cine de cada año, sea porque las cintas seleccionadas acaban de ganar premios en otros festivales que sí son competitivos –Cannes, Venecia, Toronto–, sea porque el estreno de una película en el Lincoln Center funciona como carta de presentación en la temporada de premios que ya inició. También, a partir de que Lim tomara la dirección del festival, ha ido apareciendo otra vertiente que siempre estuvo ahí desde el inicio –el filme inaugural de 1967 fue La batalla de Argel (Pontecorvo, 1966)–, aun cuando ahora es mucho más evidente: me refiero a la exhibición prominente de un cine político y hasta abiertamente militante.
En este sentido, en los últimos años, el festival no ha rehuido presentar filmes de esta naturaleza, a partir de la obvia argumentación articulada en varias entrevistas por Lim de que el cine es inevitablemente político, en la medida que refleja la realidad, sea de manera directa, respondiendo ante ella, sea de forma alegórica, proponiendo otros mundos posibles/imposibles, o celebrando distintas formas de subversión social, cultural y artística.
Los escenarios de la más dolorosa realidad siguen siendo más o menos los mismos desde el inicio de esta década: Ucrania, Gaza, el rampante ascenso del fascismo y el supremacismo en Estados Unidos. En este sentido, la programación de Naza(2026), el más reciente largometraje documental de los cineastas israelíes ganadores del Oscar –por No other land (2024)– Yuval Abraham y Rachel Szor, era no solo previsible sino hasta inevitable. En el momento de escribir estas líneas no he podido ver, por desgracia, esta película recién premiada en Venecia y San Sebastián, pero sí pude ver 14th (EU, 2026), octavo largometraje -aunque apenas tercer documental- de Ava DuVernay, filme con el que, de hecho, cerrará el NYFF este mismo fin de semana.
Por cuestiones de embargo –no se pueden publicar críticas hasta después de la función de cierre del festival, el viernes 9 de octubre– no puedo abundar demasiado en este filme centrado, como su nombre lo indica, en el análisis legal, histórico y político de la decimocuarta enmienda de la constitución gringa que, en sus cinco cláusulas, trata de varios temas muy caros al actual régimen trumpista: la ciudadanía estadounidense automática por nacimiento, el derecho al debido proceso de toda persona en Estados Unidos, la prohibición de ocupar un cargo público si se ha participado en un acto de rebelión en contra del gobierno, la prohibición explícita de pagar con dinero público algún tipo de indemnización a quien participe en actos de insurrección y otras más. Ya que no puedo escribir la crítica respectiva in extenso, solo me permitiré agregar algo: 14thes la lógica continuación del anterior filme documental de DuVernay, 13th(2016), que trataba del análisis de la decimotercera enmienda constitucional, que prohibió la esclavitud y los castigos excesivos.
De las que sí puedo escribir sin temor a violar ningún tipo de embargo son de dos notables cintas políticas realizadas en tonos muy diferentes y presentadas en el NYFF. La primera es My undesirable friends: Part II – Exile (E.U., 2026), la secuela del monumental filme de poco más de cinco horas dirigida por Julia Loktev –My undesirable friends: Part I: Last air in Moscow (2024)–, que narraba, en el mejor estilo del cinèma verité, el hostigamiento y persecución de media docena de periodistas rusas del medio alternativo TV Rain, desde octubre de 2021 hasta marzo de 2022 –es decir, poco antes y poco después de la invasión de Ucrania de parte del ejército ruso–, hasta que son obligadas a salir huyendo del país.
Esta segunda entrega, Exile –realizada nuevamente por Loktev, ahora con la codirección de una de las protagonistas, la insumergible Anna Nemzer– inicia dos días después del final del primer episodio. El filme sigue a varias de las valientes mujeres que conocimos en la cinta anterior –Sonia Groysman, Alesya Marokhovskaya, Ksenia Mironova y la ya mencionada Anna Nemzer–, quienes siguen cubriendo a distancia los crímenes de Putin y la invasión de Ucrania, desde sus respectivos lugares de exilio, sin que el peligro sobre su integridad y sus propias vidas haya desaparecido porque todas ellas –acusadas de ser “agentes extranjeros” y, por lo mismo, sujetas a prisión si regresan a Rusia– saben que con Putin no se juega.
La secuela se extiende por seis horas que realmente no se sienten, porque el montaje de los testimonios recogidos y los hechos recabados –a través de las expertas manos de la propia Loktev en colaboración con Michael Taylor– nos mantiene con los ojos fijos en la pantalla. Ya sabemos que no les ha pasado nada a ellas –las periodistas pudieron presentar el filme en Nueva York, de hecho– pero es imposible terminar de ver este documental sin estas dos ideas en la cabeza: la admiración por todas estas mujeres y la convicción de que han tenido, hasta el momento, mucha suerte.
El tono de Once upon a time in Harlem (E.U., 2026) es muy diferente. Estamos ante el rescate de un extenso pietaje documental filmado en 1972 por el pionero cineasta afroamericano William Greaves (1926-2014), material rescatado, más de medio siglo después y a más de diez años de su muerte, por su hijo, el director debutante David Greaves.
El escenario general es el barrio neoyorkino de Harlem, el particular es el departamento del legendario compositor y pianista afroamericano Duke Ellington (1899-1974). Ahí, en ese espacio, se dio el encuentro, una tarde de agosto de 1972, de una veintena de las más grandes figuras del Harlem Reinassance, un movimiento artístico, político e intelectual que tuvo su máximo esplendor en las décadas de los años 20 y 30. En ese apeñuscado sitio se reunieron para platicar, discutir, rememorar, beber y fumar –impresionante la cantidad de humo que sueltan todos– algunos de las más grandes músicos, poetas, ensayistas, editores, bibliotecarias, sindicalistas, políticos, activistas, pintores, muralistas, actores, dramaturgos y educadores afroamericanos que florecieron en ese par de décadas prodigiosas en Harlem.
El trabajo de Greaves hijo fue no solo rescatar el pietaje filmado por Greaves padre –quien, de hecho, organizó el susodicho guateque–, sino arreglarlo de tal manera que el espectador sienta que, de verdad, está sentado entre un grupo de venerables septuagenarios, octogenarios y hasta casi centenarios –el actor Leigh Whipper (1876-1975), inolvidable en el gran clásico del oeste Conciencias muertas (Wellman, 1943)–, quienes se la pasan los 100 minutos del documental comentando frente a cámara no solo sus inicios en sus respectivos oficios –cómo se convirtió tal señora en bibliotecaria, cuál fue el primer texto que publicó aquel señor, cómo consiguió su primer trabajo de pianista aquel viejo, cuáles fueron las luchas políticas que empujaron en ese tiempo– sino, también, sus respectivos orígenes, pues muchos de ellos fueron hijos de esclavos liberados, como lo confiesa Eubie Blake o, en su defecto, llegaron a Nueva York provenientes de familias que salieron huyendo del sur de la Reconstrucción, como fue el caso del padre de Whipper, que no pudo tomar posesión de su cargo de juez ganado en las urnas debido a amenazas de muerte provenientes del entonces naciente Ku Klux Klan.
Es a través de estos testimonios, dichos con lucidez pero sin asomo de amargura, donde Once upon a time in Harlem tiene sus mejores momentos fílmicos, históricos y políticos, no solo por el rescate de esos recuerdos de primera mano, sino porque el espectador entiende que ese pasado dizque remoto –una filmación de hace medio siglo que narra acontecimientos que sucedieron hace cien años– no está en realidad demasiado lejos. El pasado sigue presente porque algunos de sus peores consecuencias –la guerra constante, el genocidio y su negación, el supremacismo racial– siguen con nosotros.
Sin embargo, al ver a ese puñado de ancianas y ancianos rememorar todo lo que hicieron, todo lo que crearon y todo lo que enfrentaron, nos deja con la sensación de que no todo está perdido y de que un futuro mejor es posible. ~