Quizás el decapitado más famoso de la historia sea Juan el Bautista. Leamos este pasaje bien conocido de Mateo:
Cuando se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio, y agradó a Herodes, por lo cual este le prometió con juramento darle todo lo que pidiese. Ella, instruida primero por su madre, dijo: Dame aquí en un plato la cabeza de Juan el Bautista. Entonces el rey se entristeció; pero a causa del juramento, y de los que estaban con él a la mesa, mandó que se la diesen, y ordenó decapitar a Juan en la cárcel. Y fue traída su cabeza en un plato, y dada a la muchacha; y ella la presentó a su madre.
Me gusta esa concisión de los antiguos, poniendo más importancia en la médula que en los accesorios, sin que por eso se pierda fuerza. En una novela contemporánea tendríamos más páginas. Las palabras “danzó en medio”, se multiplicarían con los movimientos eróticos de Salomé y las ropas y los velos que irían cayendo hasta mostrar las bondades de un cuerpo por el que Herodes jura darle todo lo que pidiese; habría percusiones, cítaras, laúdes, arpas y flautas.
Luego viene la caprichosa petición, y Herodes “ordenó decapitar a Juan… y fue traída su cabeza”. Todo parece tan presto como si hubiese ordenado que le llenaran la copa de vino.
La escena ocurre en una fortaleza llamada Maqueronte, con vista al mar Muerto, en territorio que ahora pertenece a Jordania, que oficialmente lleva el nombre de Reino Hachemita de Jordania. Del salón principal, el súbdito bajó adonde los calabozos, que estarían completamente a oscuras. Convocó a dos o tres soldados, uno de ellos con espada bien afilada. Despertaron al reo, maloliente de ya no bañarse en el Jordán. Lo condujeron a un sitio adecuado para la decapitación. Lo acomodaron, y le troncharon el cuello luego de algún forcejeo. “Generación de víboras”, habrá clamado el Bautista.
Luego habían de conseguir el plato y regresar al salón con el obsequio. Todo esto narrado en al menos cuatro páginas.
Quizás la fiesta se aguó.
Mateo nos cuenta que Juan se vestía con pelo de camello, comía langostas y miel silvestre. Suponemos que en el año y pico que estuvo preso se adaptó a otro menú. Hoy cuesta muy caro vestirse con pelo de camello.
Algo similar ocurre con la crucifixión. Es el momento más dramático de la vida de Jesús, pero los evangelios no se regodean con detalles. Mateo no menciona una sola palabra. A Jesús lo llevan al Gólgota, Simón de Cirene carga con la cruz, y pasamos a “después que le hubieron crucificado, repartieron sus vestidos”. Ni una palabra para decirnos cómo se monta la cruz ni cómo se asegura al crucificado en el madero.
Una escena bastante plástica en el arte renacentista es el Descendimiento. Tampoco lo tenemos en la narración. “Pilato mandó que se le diese el cuerpo” a José de Arimatea, “y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia”. Lo mismo con casi iguales palabras cuentan Marcos y Lucas. Juan apenas dice “y como los soldados hubieron crucificado a Jesús…”. Y más tarde tampoco habrá Descendimiento.
Dado que no se cuenta cómo fue crucificado ni cómo fue descrucificado, no se sabe si se hizo en un sencillo poste vertical o en uno que tuviese agregado un travesaño horizontal, eso que hoy llamamos cruz. En cualquier caso, no se hizo el tormento con esos maderos angulosos, bien pulidos y barnizados con que suele representarse escultóricamente la escena. Las crucifixiones podían hacerse amarrando a la víctima con cuerdas, y así pinta Mantegna a Dimas y Gestas. La única referencia evangélica a los clavos la hace Santo Tomás: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré”.
Siempre he visto la Biblia como una escuela de escritura. No para ser tan parcos; sí para no excedernos.
Voy con Mateo en la resurrección: “La víspera de sábado, que amanece para el primer día de la semana, vino María Magdalena, y la otra María, a ver el sepulcro”.
Ahora hago que lo narre Eça de Queiroz:
“La víspera de sábado, que amanece para el primer día de la semana, era una mañana áspera; el cielo y los campos estaban ahogados por una niebla parduzca; y caía, muy menuda, una lluvia muy fría, cuando vino María Magdalena, y la otra María, a ver el sepulcro, entonces se coló entre las nubes pardas algún delgado rayo de sol e hizo brillar la hierba y las piedras mojadas”.
La literatura está llena de mañanas hermosas o lluviosas o frías, pero no creo que a los antiguos les interesaran tales detalles. La República comienza con unas palabras de Sócrates: “Ayer bajé al Pireo, junto a Glaucón, hijo de Aristón, para hacer una plegaria a la diosa”. En esa caminata de poco menos de diez kilómetros no nos enteramos de la hermosura de la mañana ni del brillo del sol ni del paso de las nubes.
Mejor evangelista que Eça de Queiroz sería Rulfo. “Vine al Gólgota porque me dijeron que acá iban a crucificar al rey de los judíos, un tal Jesús de Nazaret”.
No nos quedó ningún testimonio de primera mano de la batalla de Maratón. Esquilo estuvo ahí, y la menciona en Los persas, pero muy apenas. Heródoto la resuelve en pocas páginas, y dentro de las generalidades de dos ejércitos que se enfrentan nos pinta dos anécdotas individuales. La de Cinegiro, que murió por un hachazo que le cortó la mano mientras se aferraba al mascarón de popa, y la de Epicelo, que se quedó ciego mientras luchaba valerosamente, sin haber recibido golpe o herida, y ya nunca recuperaría la vista. Pero qué ganas de saber mucho más.
Primero escribo que me gusta la brevedad y luego digo que ojalá no hubiesen sido tan breves.
Hace poco se me acercó una escritora. “¡Mira el libro que me regaló _____! ¡Ochocientas páginas! Yo no quiero estos regalos. Y encima espera que lo lea. Es un abuso.”
No recuerdo quién dijo esto sobre un libro extenso: “Se siente largo desde la primera página”.
Cuando me piden un consejo para escritores jóvenes, a veces digo: “Piensen que escriben en pergamino”.
Al comenzar a escribir este artículo, pensé que iba a hablar de decapitados. De cómo la representación de cabezas cortadas suele ser más grotesca y desagradable que la de un tormento aún peor que es la crucifixión. Pero al final no pensé en imágenes sino en prosa.
Otro día hablaré de decapitados. Por ejemplo, cuando papá Karamazov pregunta: “¿Es verdad, gran padre, lo que se cuenta en la Vida de los Santos, no sé dónde, de cierto santo taumaturgo que padeció martirio por la fe y que, al cortársele finalmente el cuello, se levantó, tomó en alto su cabeza y, besándola con cariño, anduvo largo trecho, llevándola en sus manos y sin dejar de besarla con cariño?”.
Cortada o sin cortar, no sé cómo pueda uno besar su propia cabeza.
Eso queda para otro día.
Y el lector habrá notado que, para lo que deseaba expresar, no hacía falta escribir que “la escena ocurre en una fortaleza llamada Maqueronte, con vista al mar Muerto, en territorio que ahora pertenece a Jordania, que oficialmente lleva el nombre de Reino Hachemita de Jordania”. ~