Más allá de la historia

¿Qué relaciones hay entre un escritor, un editor y un manuscrito? Por cortesía de Gris Tormenta, compartimos un fragmento de este ensayo en el que Karl Ove Knausgård, uno de los escritores más sobresalientes de la actualidad, describe el vínculo que ha forjado con su editor.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

La labor de editor literario se realiza en una especie de sombra, la cual es creada por el escritor. Unos cuantos editores han salido de la sombra, y resultan igualmente infames que famosos, ya que los dos papeles, “editor”»” y “famoso”, son una especie de contradicción, de hecho, algo irreconciliable. Un ejemplo es Gordon Lish, que entre otras cosas fue editor de Raymond Carver, y que fue apodado Capitán Ficción. Otro es Maxwell Perkins, editor de Hemingway, quien recibió el epíteto de Editor de Genio. Uno de los trabajos de edición más importantes que se han hecho fue realizado por Ezra Pound, desde luego no como editor formal, sino en calidad de amigo, cuando revisó sin piedad una versión temprana de La tierra baldía, de T. S. Eliot, y lo depuró hasta llegar a la versión que actualmente conocemos. El estilo editorial de Gordon Lish era igualmente independiente e intransigente: fue de hecho su redacción la que creó el estilo que relacionamos con Carver, quien como escritor tenía una relación ambivalente con ello, a pesar de que sin duda contribuyó a establecer su reputación como escritor. Esto se hizo evidente cuando un manuscrito del mismo Carver fue publicado después de su muerte, en el cual las historias, de manera totalmente diferentes, más ricas y fluidas, eran casi irreconocibles. No cabe duda de que el Carver editado era mejor que el Carver de Carver, ¿y qué habrá sentido Carver al recibir premios y ser proclamado como el nuevo gran nombre en la literatura estadounidense? El ejemplo es interesante, ya que la labor del editor es ejercer influencia, no para su propio beneficio, tampoco para beneficio del escritor, sino para beneficio del libro, y, si podemos decir que Lish se extralimitó, debemos preguntarnos en relación con qué. El libro resultó mejor. ¿Deberían ser más importantes los sentimientos heridos del escritor? Sin Lish los libros de Carver hubieran sido peores y hubiera sido un escritor medianamente bueno y no uno brillante. Se plantea entonces la pregunta de qué es un escritor, de dónde están los límites entre el escritor, el entorno y el libro.

Estados Unidos tiene tradición de editores fuertes, lo cual no quiere decir que la cuestión sea específicamente estadounidense: sé de editores noruegos que prácticamente mueven los pies de sus escritores en la danza de la literatura, que dicen primero vas allá, después allá. Sé también de escritores noruegos que se encuentran en el extremo opuesto de la escala, que entregan manuscritos publicables al editor y que están dispuestos a cambiar de editorial si consideran excesivas las sugerencias de modificaciones.

Lo que Lish hizo con Carver es tal vez un ejemplo extremo del papel de editor, pero lo que el exceso siempre hace es poner de manifiesto el límite –en este caso, entre el editor y el escritor, quienes elaboran una especie de triángulo con el texto, dentro del cual desaparece sin huella todo lo que se dice y se hace. Si Lish no hubiera ido tan lejos, todo lo que hay en los textos de Carver hubiera sido atribuido a Carver, igual que todas las novelas, cuentos y colecciones de poemas suelen atribuirse al escritor. Para entender lo que pasa bajo esta sombra, bajo esa falta de memoria oscura, un experimento de reflexión puede resultar útil: ¿cómo serían los libros sin los editores? Mi caso es sencillo: no habría libro alguno. Yo no hubiera sido escritor. Esto no significa que mi editor escriba los libros por mí, pero sí que sus reflexiones, contribuciones e instintos son indispensables para que sean escritos. Estas reflexiones, contribuciones e instintos resultan adecuados para mí y para mi proceso de escritura; cuando es editor de otros escritores, su contribución es diferente. Por lo tanto, el trabajo del editor es idealmente indefinido y abierto, dependiente de las necesidades de cada escritor, de sus aspiraciones, de su talento e integridad. En primer lugar, está basado en la confianza y depende más de las características personales y del entendimiento humano que del talento literario formal.

Recuerdo cuando trabajaba en una revista a fines de mis veinte años, y habíamos solicitado un texto, del cual yo me encargaría, a un poeta establecido. Leí el poema y escribí un comentario, hice algunas sugerencias de cambios y pregunté si sería posible desarrollarlo un poco más. La respuesta del poeta puede resumirse en una pregunta breve: ¿quién eres tú? Sí, tal vez había un tono implícito en la pregunta, que debió ser aún más contundente: ¿quién demonios eres tú? Me sentí mortificado, los comentarios habían sido prudentes y, hasta donde podía entender, justificados. Así solía comentar los textos de mis amigos escritores. Este poeta, establecido y con experiencia, ¿no podría haberse comportado de manera más profesional con su propio texto?

Pero justamente no se trataba del texto. Se trataba de un comentario anónimo que hubiera modificado un poema, y eso, como lo entiendo, se sintió como una agresión. Como si hubiera algo mal con el poema, y que ese joven académico anónimo creyera saber qué se necesitaba para arreglarlo. Objetivamente creo que el comentario era correcto, pero no hay nada “objetivo” en cuanto a la escritura, todo se trata de quién escribe y de quién lee. Creo que si el poeta y yo nos hubiéramos encontrado algunas veces, si hubiéramos tenido una impresión el uno del otro y tal vez hubiéramos sabido algo de nuestras preferencias literarias, mi comentario hubiera sido leído de otra forma, e incluso hubiera resultado en cambios, ni siquiera necesariamente en la dirección que yo había pensado.

Las condiciones en las que el trabajo creativo se lleva a cabo son frecuentemente complicadas, por decirlo de manera moderada –todos aquellos con un mínimo conocimiento del oficio de escritor, llamado así en forma tan elegante, sabrán que hay una única gran maraña de neurosis, obsesiones, resistencias, debilidad, idiosincrasias, alcoholismo, narcisismo, depresiones, psicosis, hiperactividad, manía, delirios de grandeza, inseguridad, compulsión, sentido del deber, ideas fijas, desorden y abulia–, y, en un contexto de trabajo del texto, el concepto de calidad no es un parámetro, en todo caso si por calidad uno piensa en una norma objetiva. En el trabajo de un texto, la calidad es una entidad dinámica, más un proceso que un nivel, que dependerá de quiénes sean el escritor y el editor.

El que los libros sean recibidos de manera casi contraria por la crítica, que trata mucho de medir, pesar y comparar con otros libros, puede resultar un choque, algo a lo que es difícil acostumbrarse. Es casi como si se hablara de dos libros diferentes, el del editor y el crítico, y que puede confundir al escritor: ¿debería el escritor o la escritora escuchar la opinión del editor, que siempre dice que los críticos no saben lo que dicen, que son insensibles y tontos, que tienen su propia agenda, etcétera, o escuchar el juicio de los críticos? ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: