Campo de relámpagos de Walter de Maria, 1977. Tomado de: ethangrantdodd.wordpress.com
Campo de relámpagos de Walter de Maria, 1977. Tomado de: ethangrantdodd.wordpress.com

Autor(itario). Walter de María, el artista que censura

Lightning Field termina por ser una Obra Maestra que dicta su versión y exige deferencia –cosa que, desde el arte de los sesenta, no le viene bien a nadie.
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A mediodía parece que los 400 pararrayos del Lightning Field desaparecen. Cada poste de acero inoxidable mide seis metros de altura; sin embargo, en conjunto y a la distancia son tan delgados como las agujas –el destello de la luz contra el metal de vez en cuando los delata. Por la tarde, y con suerte, una tormenta pasa encima del campo, los postes atraen la electricidad y entonces uno puede ver los complicados caminos de luz de los relámpagos. La punta de los postes se ha ennegrecido de tantas descargas porque Walter de María quiso cultivar la luz.

Entre mayo y septiembre, mil peregrinos viajan de sus ciudades a una undisclosed location en Nuevo México. Consultan pronósticos meteorológicos y le apuestan a la probabilidad con la esperanza de que su visita se cruce con la de una tormenta eléctrica para ver al Lightning Field en acción. A Quemado, Nuevo México, se llega mejor en carro y por autopista, donde se encuentran las oficinas de la Dia Art Foundation. Una vez ahí, deben abandonar el vehículo y sus pertenencias, dividirse en grupos de seis y aceptar que un guía los conduzca por la planicie hasta una solitaria cabaña de madera que los aloja durante 24 horas junto al campo de relámpagos, en espera de la tormenta. El Lightning Field exige paciencia: toda revelación ocurre en un instante.

Hay que reconocer los resbalones románticos que uno se permite cuando está ante un paisaje. De cara a las montañas y en medio de una planicie que nunca termina, uno cree percatarse de su verdadero tamaño. Por alguna razón, el contraste entre lo inmenso y lo diminuto nos tranquiliza. En el Lightning Field el cielo no se va a pedacitos –entrecortado por los rascacielos, rayoneado por los cables–, en el Lightning Field dejamos de ser la escala del mundo. Ante una escultura de 400 postes que apenas se distinguen, uno puede de verdad hablar consigo mismo, sin la distracción de los deberes, el telefonazo del patrón, la corretiza del deadline. Me imagino el compromiso de los peregrinos por modular su respiración. Inhalar, exhalar, alguien debe haber usado el Lightning Field como espacio de meditación. Además del New Age, está el romanticismo del siglo XIX para acreditar cada una de nuestras actitudes ante la inmensidad. Desde quien cree que la naturaleza es la Biblia de Dios hasta los desencantados de la modernidad con su espiritualidad manca, desde quien desea fascinarse y sugestionarse por las inapelables fuerzas de la naturaleza hasta quien busca en la soledad un refreshment y en el paisaje un ansiolítico visual.

Sin embargo, para el crítico de arte John Beardsley la experiencia del Lightning Field fue insoportable. La ubicación secreta, el peregrinaje, la cabaña, los elegidos (mil por temporada) y cada requisito de la Fundación Dia son parte de un plan calculado para inducir el asombro. En la reseña “Art and Authoritarianism”, Beardly desmonta los andamios de la pretendida experiencia espiritual.[1]

Primero hay que hacer un trámite ante una burocracia que se finge torpe para desanimarnos –los empleados responden con el “venga mañana” de los servidores públicos mexicanos”. Se debe solicitar un permiso ante la Fundación y esperar la llamada o el mail de confirmación que no funciona como lo haría una reservación, sino como el examen que convierte al visitante potencial en candidato aprobado. Con permiso en mano, el espectador debe presentarse en las oficinas del Lightning Field en Nuevo México y dejar su cámara en custodia porque las fotografías no están autorizadas: la fundación tiene la facultad exclusiva de crear, reproducir y publicar las imágenes. Finalmente, acompañado de un guía, seis visitantes son “conducidos, como los néofitos de un culto, en lo que parece una iniciación a los misterios de Walter de Maria […] Después de tan elaborado ritual, uno espera una revelación.”[2] One fully expects to see God at the Lightning Field. Needless to say, He doesn’t appear, concluye Beardsley.

Hay explicaciones para cada restricción, una exposición de motivos para cada regla. De Maria no quiso que su obra se disfrutara como la experiencia masiva que caracteriza a los conciertos de rock y a las atracciones turísticas –es cierto que la multitud y el flash de las cámaras podrían distraer la atención del centelleo de los relámpagos. Sin embargo, es difícil imaginar que un crítico podría alzar la voz alrededor de otros cinco visitantes que (es seguro) le pedirían si no reverencia, un silencio respetuoso para la experiencia de los demás. Así, el campo de relámpagos no es un foro para los herejes, sino una capilla al aire libre.

De María también alegó que ninguna fotografía era capaz de reproducir el Lightning Field –y es cierto que desde los sesenta, los artistas (en especial, los del performance) han discutido que no se puede documentar una experiencia artística. A pesar de ello, Beardsley entiende la prohibición como el rasgo inconfundible de un régimen autor(itario); fue el colmo que tras interrogarlo por el punto de vista de su reseña, la fundación se negara a otorgarle el derecho de reproducir fotografías ya publicadas en otros artículos. Sin embargo, la censura no es solo el sinónimo de la prohibición; más bien, se define como el control minucioso y estricto de la circulación de las imágenes, una selección cuidadosa que quiere imponer su discurso. Por lo tanto, Lightning Field termina por ser una Obra Maestra que dicta su versión y exige deferencia –cosa que, desde el arte de los sesenta, no le viene bien a nadie.

No soy fatalista: la censura tiene sus rendijas. Alguien aprovecha que los guardias están distraídos para robarse una foto, la información libra las restricciones y se cuela al público. Siempre hay alguien dispuesto a traicionar y a contar el secreto. Suele pensarse (otra vez la inclinación romántica) que el artista se opone al poderoso. Tengo para mí que el régimen autoritario de la Dia Art Foundation y Walter de Maria invierte esa relación: en este caso, el espectador es agente del contrabando.

 

[1] Passim, John Beardsley, “Art and Authoritarianism: Walter de Maria’s ‘Lightning Field”, October, vol. 16, 1981, pp. 35.38.

[2] Ibid., p. 37.

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