Virginia Monita

Hablar del arte hoy

La falta de sintonía del arte con el mundo en que vivimos es cada vez mayor.
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La última ordenación de la colección del Museo Reina Sofía, que muestra el arte de los últimos cincuenta años en España, propicia una reflexión encaminada a un asunto al que doy vueltas desde hace mucho tiempo: la falta de sintonía del arte con el mundo en que vivimos, que es cada vez mayor. En la visita al Reina, miraba los nombres y las obras  expuestas y me preguntaba cuál le resultaría  familiar a una persona de la calle. Un problema que no es de esta exposición en particular o del Reina, es solo es su manifestación más evidente, la que más nos afecta. Quiero decir que si le preguntas a un cartero, una administrativa o una profesora de matemáticas por el nombre de artistas y obras que conozcan (de los últimos cincuenta años), ¿a quién nombrarían? No lo sé. Después de veinticinco años de siglo, ¿qué artistas, acontecimientos y obras podemos recordar que formen ya parte de nuestra vida? Es difícil pensar en uno, especialmente si el arte no es tu profesión. La desconexión es enorme, creo yo. Pero me he animado a tocar el tema al caer en la cuenta de que, lo del Reina Sofía, solo es el síntoma de algo más grande, más profundo.

Nombres y obras son tan ajenos a lo que ocurre en el mundo, fuera del arte, que incluso el trabajo de un artista de la categoría de Juan Muñoz, que recientemente ha dialogado en el Museo del Prado con sus obras maestras, parece irrelevante fuera de su ámbito. No se le conoce, la gente no sabe de qué trata su trabajo y no es falta de información, es otra cosa. Es otro síntoma que afecta incluso a los nombres más ilustres de las últimas décadas.

En una charla reciente, también en el Prado, sobre la evolución de la crítica de arte en España, hemos podido comprobar algo parecido. De las cuatro personas invitadas no había ningún crítico… y terminaron hablando de literatura, que era la especialidad de los invitados. No parece de recibo hablar de la crisis o de irrelevancia de la crítica y no tener representantes del sector para defender sus posturas. No convocar a la propia crítica es lo que la vuelve irrelevante y, desde luego, no es accidental.

Todavía más reciente es la polémica sobre la selección y nombramiento de la nueva directora del Centro Galego de Arte Contemporánea (CGAC). Digo polémica porque ha reunido más de 1400 firmas bajo un lema que lo dice todo, “SÓSCGAC”. Si bien ha puesto de acuerdo a una parte importante de la comunidad artística, con nombres de primer orden apoyando la queja, nadie ha planteado que el problema no es de ahora, porque el CGAC es irrelevante desde hace mucho tiempo. La falta de transparencia en la selección y la sospechosa restricción de las candidaturas a personas con carrera en la función pública, en lugar de favorecer los méritos e independencia del puesto, solo es una degradación de lo que ya viene sucediendo. El supuesto centro de arte contemporáneo de referencia en Galicia, que no lo es, despierta una protesta que parece únicamente preocupada por el currículum y la cacicada puntual de esta ocasión.

El problema, que lo es, parece más profundo que un nombramiento. Es otro síntoma.

No sé si alguien sería capaz de discutirme que el arte, en este momento, es inexistente fuera de sus propias fronteras. Lo que me parece más preocupante es que, además, parece que nadie dé por prioritaria esa cuestión. Nadie parece querer hablar de esto.

Habrá quien se atreva a decir que la falta de sintonía entre el arte del presente y el público sea la misma que en la época de las vanguardias. Que el arte va por delante y que solo es aceptado con el tiempo. Sin embargo, es tentador pensar que esta distancia prudencial respecto del mundo que le rodea se reserva para disfrutar de sus propios privilegios. O dicho de otro modo, que no apunta a un arte mejor, más conectado con el mundo, más relevante, más sofisticado, más interesante y más integrado con otras manifestaciones culturales, sino más “artístico” a un modo que solo responde a sus propios intereses internos.

Mi sensación es que en los círculos del arte se asocia relevancia pública con fama, con mercadeo, con banalidad. Como si hubiera que elegir entre relevancia y calidad. Como si una anulase a la otra.

Entonces pienso en, por ejemplo, el cine. Hablemos de casos recientes, de este último año sin ir más lejos, como el de Alauda Ruiz de Azúa y Los domingos con su éxito en la taquilla, Óliver Laxe con Sirat y su nominación al Óscar, el enésimo éxito de Torrente o de Nacho Vigalondo y su Superestar. Nadie pondría en duda estos trabajos por la buena acogida que han tenido. La pelea del cine es por los proyectos minoritarios, por el cine independiente y por su clase media. En el arte parece que los criterios son los opuestos.

Si cabe una analogía con el sector audiovisual, parecería que en el arte “solo hay cine independiente”. Nadie parece creer que se puedan dar proyectos de amplio alcance de público o de discusión a gran escala. Parece que todo tuviera que ser marginal y toda la comunidad lo acepta como un hecho consumado.

Hubo un momento, no muy lejano, en que el cine español no cubría el espectro completo de públicos, temas, gustos y formatos. Me refiero al tiempo en que nuestro audiovisual se asociaba con las españoladas, con el cine intelectual y de arte y ensayo, con películas de la guerra civil, comedias baratas y poco más. Nadie puede limitarlo ya a esas fronteras, aunque no sé cómo se dio el cambio de paradigma. Lo que sí sé es que sacar los asuntos a la luz y hablar de ellos (en arte tenemos decenas de centros públicos donde hacerlo y congregar para la discusión sin desbaratar el limitado presupuesto) abriría posibilidades nuevas que, a día de hoy, no podríamos ni imaginar. Creo que sería bueno. 

En esta comparación con el cine, pienso también en la reclamación para reducir el IVA en el comercio de obras de arte y en la debilidad que supone no tener figuras socialmente reconocibles (que hizo al sector de galerías refugiarse en museos en lugar de salir a la calle). Este es un problema que el cine no tiene. El cine participa, como el arte no puede ni soñar a día de hoy, en la conversación pública. Pero la situación no es necesariamente estanca, se puede cambiar como hizo el cine en su día, pero no desde arriba sino poniendo los temas sobre la mesa y dejando que cosas nuevas sucedan sin tratar de controlar el resultado de antemano. Dejando hablar a la gente que le importa, más allá de quienes imparten las charlas.

El lema de este año para el día de los museos ha sido “Uniendo a un mundo dividido”. Vale, hablemos, hagámoslo efectivo. Que corra el aire, que la gente hable, que se discuta y que sucedan cosas imprevisibles.

Un apunte final. He intentado que este texto tenga el mismo alcance para quien dirige un museo que para cualquiera que tenga el arte como un mero interés más en su vida. El arte necesita al mundo que le rodea y, lo que es más importante (al menos para mí), creo que el mundo necesita el arte. Escuchemos todos estos síntomas y hablemos de ellos.


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