Cada pieza es un pretexto narrativo para contar su propia historia, un encuadre que amplía la obra y la expande. Digresiones del arte que permiten indagar la trama y los dobleces de su conformación, su influencia y valor simbólico.
Lo fascinante de la Colección Gelman es que tanto las obras que generan más tumulto –por ejemplo la Frida tehuana envuelta en la telaraña de su pensamiento, donde reina Diego, que también atrapa a quien la mira– como otras en apariencia modestas son piezas revolucionarias, que abrieron nuevas sendas, y establecieron el canon.
Nadie imaginó que algún día los alcatraces de Diego Rivera iban a decorar las salas de quién sabe cuántos hogares mexicanos. En sus infinitas reproducciones, La vendedora de alcatraces (1943), que curiosamente da la espalda al espectador, es una imagen familiar. Para bien y para mal, y por muchos motivos, donde la política invoca la estética para crear identidad, esa es la estampa de lo mexicano.

Imágenes definitivas como los ojos de María Félix, fotografiados por Gabriel Figueroa para Enamorada (1946), cuyas cejas y pestañas resumen y condensan la gloria del cine mexicano de los años años cuarenta y cincuenta.
Lo interesante de estas obras es que generan consenso. Así, El Museo de Arte Moderno, donde se presenta la muestra Relatos modernos. Obras emblemáticas de la Colección Gelman Santander, parece una película de Fellini en la que turistas, que en voz baja especulan sobre lo que ven y toman fotos, se mezclan con nacionales igual de embelesados. Nadie duda que esto es México y por lo tanto lo representa.
Al principio, la imagen que más se repite es la de Natasha Gelman. La variación de su retrato es fascinante, la pintaron Kahlo (1943), Zárraga (1946), Tamayo (1948) y Siqueiros (1950). La pintura que le hizo Diego Rivera en 1943, donde aparece tendida como odalisca en un sillón de nuevo con alcatraces, tiene unos planos que evocan la vieja vanguardia con un dejo cubista al fondo.
Una disculpa a Dolores, María, Silvia, pero el mejor retrato de Rivera con estas características es el de Natasha Gelman. Efectivamente, parece una diva del cine. En algún sentido lo era: su esposo, Jacques Gelman, era uno de los productores de las películas de Cantinflas. Los Gelman, él ruso y ella de Moravia, estuvieron vinculados al negocio del cine a través de Posa Films, donde Gunther Gerzso era escenógrafo de planta.
En 1957, mismo año de estreno de El bolero de Raquel, Gerzso pintó el Retrato de Jacques Gelman. Es una obra típica del pintor, con planos de diversas dimensiones superpuestos, pero en tonos rosas –que quizá establece una simetría con el filme de Cantinflas, especialmente con la escena del baile con la música de Ravel– y con una pequeña y alargada silueta que evoca la estampa de Mario Moreno, con los brazos pegados al cuerpo y su sombrero con doblez.
En la muestra, también, el retrato que hizo Tamayo de Cantinflas en 1948. El contraste entre el color del fondo y el oscuro semblante de la cara no gustó al actor, o por lo menos eso dicen los chismes de la época. El desafortunado regalo de cumpleaños de Jacques a Cantinflas es otra de las piezas emblemáticas de la colección.
Como se ve en fotografías, los Gelman tenían colgadas en las paredes de la sala y la estancia de su casa las obras de arte que componen la muestra. Ya sea por afición, interés, utilidad, suerte, azar o poder, reunieron varias piezas que hoy se consideran estandartes del arte mexicano.

Imposible calcular el ojo y el tino que tuvieron al coleccionar múltiples retratos de Frida Kahlo, que en aquellos días era la esposa de Rivera y poco más. Se anticiparon décadas a la adoración global por su vida y obra. Hoy para el gran público él es el esposo de Frida.
Porque el coleccionismo es muchas cosas y es, de cierta manera, otra forma de hacer arte, de hacer yuxtaposiciones y crear correspondencias que con mucha suerte logra influir en la construcción de la escena artística y del modelo y la pauta a seguir en años venideros. El gabinete de los Gelman es el cofre del arte moderno mexicano. Esas obras, donde quiera que se vean, dan una idea particular del esplendor de una época definitoria, grabada en la colectividad.
La Novia papantleca (1944) de María Izquierdo y el retrato de la pintora captado por Manuel Álvarez Bravo en 1946 trazan una línea imaginaria en la muestra en la que el visitante va y viene para crear puentes.
Hay otras piezas dignas de mención, como El florero de Chucho Reyes, figura que hoy la comunidad queer revalora recién, que ve en el creador tapatío un ejemplo temprano de la disidencia sexual y su papel en la conformación de una escenario mucho más rico e intrincado que tendió lazos con artistas de otras disciplinas que influyeron, también, en la idea de lo mexicano, como Mathias Goeritz y Luis Barragán.
La joya de Relatos modernos es un pequeño cuadro de José Clemente Orozco que podría pasar desapercibido entre tantas obras colosales, pero que hay que notar. Es Salón México, gouache de gran vitalidad de color donde una fichera baila con un cinturita muy apretados. Hay que ver los rostros de indiferencia, tedio, cansancio, placer, de las mujeres sentadas en hilera que observan a la pareja; las calcetas en sus pies, que calzan zapatitos curiosos.
Y también las parejas de atrás en su propio trance. Y algunos personajes solitarios que parece que acaban de llegar al congal o cabaret y que buscan a alguien o simplemente pasan y quieren miran. Todo eso en una imagen que Orozco hizo casi diez años antes que la película de Emilio Fernández del mismo título, que parece que aquí encontró su guion y boceto. Es la revolución que se hizo canon. ~