Imagen: Proyectos Monclova

La descolocación y el erotismo en la obra de Martín Soto Climent

En la obra del artista mexicano abunda en sugerencia erótica y reflexiones acerca del tiempo de trabajo del artista.
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En la gran sala blanca de la galería un montón de imágenes sobre un monedero –acomodadas en las paredes y en el piso– asemejan una vulva. Después de mirarlas con reiteración (y concluir que son dos las que en definitiva descaran el sexo femenino), se abre un pasillo que conduce a un espacio obscuro en su totalidad.

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Martín Soto Climent (Ciudad de México, 1977) se ha caracterizado por trabajar escultura, fotografía, instalación y video. Ha presentado su obra en muestras colectivas desde el año 2001 en México, España, Estados Unidos y Alemania. Entre sus exposiciones individuales se encuentran: Vacío Contenido (México, 2007), Following the Whisper of My Shadow (Estados Unidos, 2010), The Bright of the Whisper (Austria, 2012), Luster Butterfly (Italia, 2014) y Retrospectiva (Ciudad de México, 2016).

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Al fondo – o al centro– se ve una pieza irradiada, como si fuera una joya en un estante. El visitante no sabe si aproximarse, nada se ve

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Armonizar sus instalaciones con el espacio que las recibe es común en el trabajo de Soto Climent. Así se vio en muestras como La bella durmiente (2015) en el Museo del Chopo de la Ciudad de México, donde antiguos objetos de su primer estudio se vinculan con las estructuras de hierro de lo que alguna vez fuera el Museo de Historia Natural. Ahí se apreciaba su interés por nociones surrealistas. En La bella durmiente, Soto Climent reflexionó sobre el tiempo de trabajo del artista, entendiéndolo como un tiempo extraordinario: “un tiempo alejado de lo racional y la temporalidad productiva propia del sistema social.” O en Huellas de la Revolución Industrial (2016), en la que enmascara con medias de nylon las esculturas de una de las salas del Museo Pietro Canonica en Roma. O en una de sus más recientes exhibiciones: Frenetic Gossamer (2016), instalación en el Palais de Tokyo de Paris, en donde liga del piso al techo medias que forman una bóveda de nylon que cubre todo el espacio, lugar entendido por el artista como una “catedral para el arte”.

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Tantea, duda, se acerca y retracta, ríe, ¿en verdad quiere llegar hasta allá?, ¿en realidad desea acercase a la pieza para saber qué es?

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El componente erótico es ineludible en el trabajo de Martín Soto. Le interesa extraer las cualidades sexuales de las imágenes y los objetos. El propio artista refiere que “mantengo el lado erótico en casi todas mis muestras”. Pero quizá para comprender mejor las dimensiones eróticas en el trabajo de Soto Climent, vale la pena detenerse un momento en el impacto que puede generar una de sus muestras: Caramel Huysmans exhibida en la galería Proyectos Monclova, en la ciudad de México en 2015.

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En la gran sala blanca de la galería un montón de imágenes sobre un monedero –acomodadas en las paredes y en el piso– asemejan una vulva. Después de mirarlas con reiteración (y concluir que son dos las que en definitiva descaran el sexo femenino), se abre un pasillo que conduce a un espacio obscuro en su totalidad. Al fondo –o al centro– se ve una pieza irradiada, como si fuera una joya en un estante. El visitante no sabe si aproximarse, nada se ve: quizá la sala no es parte de la muestra; tal vez una fosa en medio le impida llegar al objeto alumbrado o posiblemente se encuentre –de repente– en una sala del MUAC. Tantea, duda, se acerca y retracta, ríe, ¿en verdad quiere llegar hasta allá?, ¿en realidad desea acercase a la pieza para saber qué es? O ¿es la inmensidad de la oscuridad lo que provoca su curiosidad? Después de vacilar decide aventarse, camina despacio, con cautela, y poco a poco llega hasta el pilar que sostiene el objeto que provocó tantas imágenes: el saquillo de piel roja.

La muestra es erótica: observar de pronto la vulva de la mujer, sin serlo, es exquisitamente insinuador. Que el clítoris, los labios, el sexo de la mujer se presenten en diferentes tamaños, movimientos y colores –en el salón de una galería–, sin serlo, vuelve a ser sensualmente sugestivo. Mas, cuando uno se encuentra ante el abismo de la penumbra, ante el titubeo y la indecisión por alcanzar un objeto anhelado, la muestra cierra con una acertada y emocionante disertación erótica.

¿Qué relación inquietante puede haber entre las piezas sobre el saquillo iluminadas en el salón de paredes altas y blancas, con el monedero radiante (por la luz de un foco direccionado), el pilar que la sostiene, y la negra y aterradora oscuridad que la encierra? Son dos discursos voluptuosos que se entienden coexistiendo: un erotismo abierto, descarado, alumbrado, deliciosamente insinuado; y otro que turba, que desquicia, que horroriza, que descontrola al punto de la risa, pero que se desea tanto (por su carácter de joya jugosa), que aun presencia de vacío, ausencia de superficie, se obtiene y se goza.

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