Nicolás Muller. Mirar lo que nos rodea

'La mirada comprometida' recupera más de un centenar de imágenes del artista, la mayoría inéditas. Es la reivindicación de un artista cuya obra fue apreciada por los fotógrafos, pero nunca alcanzó excesiva popularidad.
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Decía Julián Marías que la fotografía necesitaba, en este orden, de imaginación, ojos, pies y una cámara, y que esto nadie lo sabía mejor que Nicolás Muller. Así lo dejó manuscrito en el libro de dedicatorias que orgullosamente recibía a los recién llegados del último piso de la calle Serrano 8, donde personalidades de la cultura de la posguerra como él mismo, Gonzalo Torrente Ballester, Antonio Tovar o Luis Rosales, entre otros, acudían a charlar de lo divino y de lo humano. Habían fundado una discreta pero luminosa tertulia en el estudio de ese fotógrafo trotamundos que encontró en España su refugio definitivo.

Muller supo retratar la peor Europa, aunque eligió contar lo mejor de su cinematográfica odisea particular. Nacer en Hungría en un entorno de librepensadores le había permitido observar desde joven las desigualdades sociales que estaban por todas partes. Hacía fotografías desde los trece (la cámara había sido un obsequio por su Bar Mitzvah), pero fue en sus años en la universidad de Szeged, como estudiante de derecho sin vocación, cuando la realidad acabó por desviarlo del futuro que su familia había trazado para él.

Formó parte de los “Descubridores de aldeas”, un grupo de amigos etnólogos, sociólogos y poetas que revelaban la crudeza y belleza del mundo rural húngaro y entonces se dio cuenta del arma inmensa que significaba la fotografía. Coincidentemente, su trabajo empezó a “molestar” a las autoridades y en la primavera de 1938, tras la entrada de Hitler en Viena, decidió marcharse. Bordeó el norte de Italia y entró en Francia, donde fue recibido por compatriotas y amigos fotógrafos como Kertész, Brassaï o Capa, quienes le ayudaron a publicar y darse a conocer en París.

Fue una etapa fructífera (Picasso fue uno de sus muchos clientes), pero efímera. Ante una inminente ocupación, Muller retomó la carretera y atravesó España hasta llegar a Portugal, donde también tuvo problemas con la policía política del régimen salazarista. Así que cuando se le acabaron las posibilidades de refugio en Europa, decidió viajar a Tánger, cuya condición de ciudad internacional le aseguraba cierta estabilidad en tiempos convulsos. Abrazó entonces la sensualidad de Marruecos como un Rick Blaine con bigote y rolleiflex e hizo tal vez sus fotos más célebres. Finalmente, gracias a una amistad forjada en Tetuán, la de Fernando Vela, orteguiano de pro y futuro secretario de la Revista de Occidente, encontraría la meta definitiva de su viaje. Consiguió el apoyo laboral y diplomático que le haría fijar su residencia en Madrid y abrir su estudio, estación habitual durante los años brillantes del Gijón.

La fotografía de Nicolás Muller ha sido largo tiempo un secreto a voces: era un fotógrafo muy admirado por los fotógrafos pero no excesivamente popular. De hecho, salvando su obra en Marruecos y contados retratos célebres (el paseo socrático de Baroja por El Retiro, el rostro huesudo de Azorín, la mirada penetrante de Cela…), su obra no ha gozado del reconocimiento que sin duda merecía; y no hay tantos maestros fotográficos de la importancia de Muller de los que presumir, ni en España, ni en ninguna parte. Poco a poco, ese silencio ha ido rompiéndose, especialmente gracias a la incansable labor de su hija Ana, también gran fotógrafa, por mantener vivo su legado. Así, a la muestra que vimos en 2013 en el Canal de Isabel II con ocasión de su centenario, ahora sumamos una retrospectiva sorprendente y emocionante que recorre su trabajo desde una nueva narrativa debido a un gran número de fotografías inéditas.

En estos tiempos de exposición descontrolada y narcisismo, parece aún más increíble que el gran fotógrafo conservase 3.000 negativos sin positivar en una vieja caja de zapatos escondida en un armario de la que ni Ana tenía referencia y con la que se topó mientras cerraba el mítico estudio Muller, donde durante años ella había seguido trabajando. De entre estos negativos, algunos habían sido parcialmente utilizados para alguna publicación, aunque con significativos (y a veces traumáticos) reencuadres, pero en general resultaba un amplísimo material del que rescatar una nueva manera de enfocar su obra.

Comisariada por la propia Ana Muller junto a José Ferrero, en la muestra destaca sobre todo el respeto por la esencia original de las obras, optando por mantener el formato cuadrado por el que siempre apostó en sus fotos (primero con la Rolleiflex, más tarde con una Hasselblad), y disponerlas en un orden lineal, casi fronterizo, para emprender con Muller su propia peripecia vital. Se trata de un recorrido por el mapa europeo con todas sus incertidumbres –como se ve por ejemplo en Barrio Chino (Nantes, 1939)–, las del apátrida que observa sin participar del todo, siempre buscando las diagonales en el enfoque o mirando desde desde arriba, pero sin ejercer paternalismo alguno sobre lo que retrata.

A menudo se presiente la agitación social de ese tiempo convulso –El kiosko de las noticias (Tánger, 1942)–, y otras veces, por el contrario, prima la intimidad de un instante familiar recogido con ternura –Redes (Cudillero, 1965)–, pero en todo caso se trata de una apuesta por la dignidad humana donde el fotógrafo acaba por ponerle nombre a las cosas que no lo tienen. El único compromiso incuestionable es con la mirada misma, como bien nos advierte el título de la exposición, y no deja de ser el mismo objetivo que contrajo con la fotografía en su juventud húngara. Desde las aglomeraciones en los comedores obreros –Soupe populaire (París, 1938)–, hasta los poblados gitanos de la Almería del desarrollismo, pasando por las inclusas –Auxilio social (Tánger, 1942)– o los mercados portugueses: cambian los rostros pero no hay cambio en la mirada.

Sí se percibe tal vez un perfeccionamiento técnico en el uso de la luz ya en las fotos de España, atreviéndose a inmortalizar la penumbra a partir de los años 60, aunque es de resaltar la consistencia en la técnica y en el mensaje de sus fotos, se tomen donde se tomen y cuando se tomen. ¡Y pensar que este centenar de fotografías maestras no eran más que descartes para su autor!

Esta muestra es otro Muller, el Muller secreto de los negativos olvidados, el que se atreve a mostrar el “robado” borroso de la foto icónica, el que merece ser descubierto por tantísimos admiradores de la mejor fotografía, el que nos enseña a recordar de dónde venimos con imaginación, ojos, pies y una cámara.

 

Exposición: Nicolás Muller. La mirada comprometida.

Sala El Águila, Madrid, hasta el 30 de mayo.