Pierre Soulages, más allá del negro

Conocido como el “pintor del negro”, Soulages (1919-2022) comenzó a usarlo de manera casi exclusiva cuando en 1979 se dio cuenta de que el negro le permitía reflejar la luz.
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Para el pintor francés Pierre Soulages, fallecido este 26 de octubre a los 102 años, siempre importó más el resultado del trabajo, la obra terminada y considerada como un objeto, que toda esa especulación estética o filosófica que inevitablemente surge alrededor del proceso creativo. Los títulos de sus obras son “Pintura”, “Gouache”, “Tinta”, seguidos de las dimensiones y la fecha. En una entrevista de 1976, un momento cercano al descubrimiento del estilo definitivo que caracterizaría el resto de su trabajo, confesó que  “poco importan las clasificaciones. Sea cual sea la etiqueta que se me cuelgue, el cajón en el que se me coloque, yo no hago de ello ningún drama”.

La vida de Soulages, su trayectoria o sus intervenciones en medios, proyectan esta imagen de discreción y sencillez propia del artista/artesano, aquel que está menos ocupado en posicionamientos o manifiestos y más en un oficio meticuloso y constante. Abandona la Escuela de Bellas Artes de París por desinterés y se introduce en la abstracción gracias a Sonia Delaunay, a la que conoce durante la ocupación alemana de Francia. Adquiere fama después de finalizar la guerra y, tras un viaje a Estados Unidos, entabla amistad con Rothko, Motherwell o de Kooning. Ya en 1962, cuando comienza a protagonizar retrospectivas internacionales, se encuentra en posición de afirmar que “no se termina nunca de discutir sobre estas palabras: abstracto, no figurativo, etc. Se me ha catalogado como ‘abstracto’. […] No hay que darle importancia a estas denominaciones. Los cubistas no pintan cubos”. 

En su obra son determinantes los aspectos materiales: el soporte, el tamaño, la textura, el instrumento utilizado para aplicar la pintura –se servía de espátulas, racletas o cuchillos, que dejan un trazo grande, observable– y, sobre todo, el color. Conocido como el “pintor del negro”, Soulages comenzó a usarlo de manera casi exclusiva cuando en 1979, tras una serie de sesiones de trabajo infructuosas, se dio cuenta de que el negro le permitía reflejar la luz. Desde entonces y hasta su muerte producirá cuadros completamente negros cuya superficie, intervenida mediante herramientas que manipulan la pintura de manera más tosca que el pincel, genera reflejos que varían dependiendo de la iluminación y la posición del espectador. A estas obras las denomina outrenoirs, “otro negro: negro que, dejando de serlo, deviene emisor de claridad, de luz secreta”.

Esta manera de trabajar cuestiona el vocabulario y las tipologías habituales de la crítica artística. Al hablar de figuración o abstracción nos referimos a los niveles de representación y al significado del cuadro, pero el negro de los outrenoir privilegia la observación de la luz y las cualidades físicas de la pintura por encima de cualquier código cultural o psicológico que el concepto de “negrura” (oscuridad, sombra) tenga asociado. El color se convierte en una cosa concreta con cualidades específicas: “transparente u opaco […], brillante o mate, liso o granulado, fibroso, etc.”. La experiencia y la emoción del espectador son el único código frente a los outrenoir, cuya naturaleza exige un público activo que se mueva para captar el brillo del negro y sus variaciones. 

Un ejemplo privilegiado del tipo de trabajo que desarrolló Soulages son las 104 vidrieras que elaboró para la abadía de la Santa Fe de Conques entre 1987 y 1994. Según relata, fue una visita a este edificio la que, siendo adolescente, le hizo consagrarse al arte. A partir de esta admiración, y con intención de respetar la austeridad de la arquitectura, el artista concibió un material translúcido y sin color que “circunscribiera la mirada al interior de la abadía”, de modo que la luz se filtrase sin que se viera el exterior. Después de probar con diferentes tipos de vidrio sin conseguir resultado, terminó creando uno que se adecuó a esta idea. Las formas que se dibujan en las vidrieras, que recuerdan a los trazos rectos de sus cuadros, se pensaron a partir de la especificidad del espacio y del material.

En 2014 se inauguró en Rodez, su localidad natal, el museo que lleva su nombre. Tres donaciones del pintor, realizadas entre 2005 y 2020, permitieron nutrir una colección que abarca todos sus periodos creativos e incluye telas, grabados, tintas, los trabajos preparatorios para Conques y amplia documentación y correspondencia. El edificio es una sucesión de cubos revestidos con acero Corten, que fomenta la oxidación, y está ideado para integrarse en el paisaje sobre el que se alza. Sus salas oscuras y sus ventanales parecen tratar de fundir la arquitectura con las obras, y fomentan cierta impresión de templo o espacio sagrado de contemplación.

Alrededor del outrenoir, de la idea de experiencia sobre la que construye y de esos cuadros enormes y envolventes que constituyen la obra más célebre de Soulages se ha generado cierta aura de misticismo que no sé si haría mucha gracia al pintor, pero que sin duda da mucho juego a la crítica y la literatura. La escritora Lydie Dattas ha reunido en La Blonde. Les icônes barbares de Pierre Soulages un conjunto de prosas poéticas escritas a partir de los trabajos del artista. En ellas juega con la idea de que los outrenoir nos reconcilian con nuestro lado más primigenio, más salvaje, y de que constituyen una suerte de tótems en los que tanto creyentes como ateos pueden reencontrarse con lo esencial. Uno de los fragmentos más divertidos reza: “Después de la anunciación del outrenoir a la luz conmovida, las coquetas Vírgenes del Louvre no son más que telas pintadas”.


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