La guerra significa drama, dolor y muerte, tedio y espera, pero también se aceleran las biografías. En algunas personas el tiempo es más relativo que en otras, que parecen tener años de perro. Dario Daco Džamonja es una de ellas. Nacido en Sarajevo, vivió la vida de manera trepidante, multiplicada por el destino trágico de la capital bosnia. Periodista y narrador, todavía hoy conserva estatus de escritor de culto, como exponente del talento, pero también de lo grotesco y triste que tiene la ciudad en sus entrañas.
El arrojo de Sajalín editores y del traductor Marc Casals es encomiable, porque nos ofrece a un autor de esencia local, sin los focos mediáticos ni premios ni traducciones a idiomas extranjeros, que probablemente terminarán por llegar con el paso del tiempo (después de la versión española de Cartas desde el manicomio ha salido la inglesa, traducida por una hija del autor, Nevena).
Esta es una suerte de crónica biográfica de ida y vuelta. El autor, herido durante el asedio, decidió marcharse a Estados Unidos para estar cerca de sus dos hijas, de sendos matrimonios con una bosnia y una estadounidense. En su relato, Džamonja no vivía ningún sueño americano: saltaba de un trabajo precario a otro, persistía en su desafuero alcoholizado y convivía con las resacas como si fueran estados de ánimo, pero seguía pensando y escribiendo desde su ciudad de origen; hasta que no aguantó más y volvió a la capital bosnia, para dejar una frase mítica frente a la cámara (según el prólogo de Casals): “Prefiero morir como escritor en Sarajevo que como cocinero en América.” Y fue así como cumplió su deseo con 46 años en el año 2001, en un bar cerca de su domicilio.
Esta obra se inserta en un género del exilio, donde caben los títulos de Velibor Colić, Aleksandar Hemon, Ismet Prcić, Dubravka Ugrešić, Semezdin Mehmedinović o Saša Stanišić, autores que entre líneas parecen escribir desde un lugar abandonado, pero siempre presente. Se trata de un género literario en sí mismo, donde el desgarro de la deslocalización transpira nostalgia, perplejidad y una profunda y lacerante soledad, incluso en los mejor aclimatados. El personaje de Adif en Cartas desde el manicomio parece un alter ego de Džamonja: “Llevo ya cinco años fuera de Sarajevo y, si me hubiese pasado la vida entera chutándome heroína, a estas alturas ya me habría quitado. Pero de Sarajevo no puedo ni aunque me maten.”
Džamonja puede ser categorizado de beatnik balcánico, entre John Fante, Raymond Carver, Jack Kerouac, Ernest Hemingway y Charles Bukowski, pero con la cadencia rítmica de Sarajevo, con la musicalidad de sus calles, el aura de maldición, pero también del hedonismo que inspira la ciudad (cada año todavía celebran al columnista en una de sus kafanas: “Setalište”). En realidad, es un precursor de la “generación mutilada”, de los autores locales que sobrevivieron a la guerra para luego sufrir las consecuencias de la paz, como Faruk Šehić, Bekim Sejranović, Selvedin Avdić o Feđa Štukan.
Džamonja fue un embajador de lo suburbano, de los cafés y las mesas y sillas de madera, de los locales invadidos de tabaco y la clientela introvertida. Muchos de esos lugares han desaparecido, pero el humor parco y resabiado que se estila en Bosnia y Herzegovina es una marca de denominación de origen. En sus textos se transpira un espíritu disconforme y evasivo, que tiene que ver con la resignación ante un mundo incontenible, en el que sobreabundan las derrotas y cualquiera puede sentir la insignificancia del individuo.
El escritor bosnio escribía tal como vivía y esa relación honesta con la creatividad sedujo a sus lectores, pero excede la mera transparencia; hay en su legado el orgullo de clase de toda una generación, y con ello una nueva autoestima: de grupos musicales como Bijelo Dugme y Prljavo Kazalište, de cantantes como Zdravko Čolić y Dino Merlin, de escritores como Karim Zaimović y Abdulah Sidran o del grupo de cómicos Top Lista Nadrealista, que subieron a Sarajevo varios peldaños en el escalafón del reconocimiento yugoslavo. Vale la pena pararse en estos creadores cuyo prestigio podía rivalizar en los años ochenta con Belgrado, Zagreb y Liubliana.
Pájaro en el alambre, recientemente publicado también por Sajalín editores (con prólogo de Ahmed Burić), es una colección de relatos (escogidos por Ferida Duraković y Goran Samardžić) que están escritos desde los márgenes: de la inopia, de la humillación e incluso del desamparo, una burla contra solemnidades, poses y boatos. El estilo de frases cortas y la carencia de aderezos acrecienta la visión descarnada de la propia existencia, pero, para los menos familiarizados con el mundo balcánico, homenajea los diálogos sobrios de la vida sarajevita, una retranca insolente y hasta cínica, con la causticidad de quien es auténtico frente a hipocresías, elitismos y convencionalismos vacuos. En un paisaje social donde han muerto los idealismos, su falta de expectativas es coherente con cómo sienten y padecen él y la mayoría de los sarajevitas. No engaña a nadie y con ello parece representar a todos.
El autor sabía que en el futuro habría “debacles aún más estrepitosas”. Esta aspereza no es incompatible con el vitalismo sentimental: la simpatía hacia los animales, el sabor amargo del fracaso, la mugre de la vida suburbial, el pudor de la falta de recursos, el desapego en familia, el miedo al rechazo, la autoconciencia de la vida bohemia y pendenciera… la mezcla de sobriedad y ternura nos hace reflexionar sobre la dosificación de las emociones, y aquí confía en los lectores: una exigencia que invita a identificarse con la lucha personal, donde la sensibilidad desborda por el peso de las acciones y no de sus adjetivos.
Los que le conocieron dicen que se le podía sentir tan cercano como lejano y es muy probable que en su literatura se pueda indagar en ese vacío indescifrable, precisamente porque puedes percibir la dureza de su vida.
El sentimiento de melancolía y felicidad imposible como más se expresa en Sarajevo es a través de los silencios; esta puede ser una melodía desconocida para muchos lectores amigos de una idealizada Jerusalén europea, que en realidad es muchas otras cosas y que, con el ruido de la guerra, quedó escondida. En los pasajes de la vida de Džamonja hay muchas baladas tristes, rocanrol, sevdalinka y blues. Es momento de que resuenen con buenos altavoces fuera de la capital bosnia. ~