La soledad buscada de la escritura está llena de personas pero resulta que muchas de ellas o están lejos o están muertas o ni siquiera existen ni existieron nunca. Tecleo al amparo de infinidad de libros que reposan silenciosos en las estanterías que tengo detrás, consciente de que contienen numerosas historias protagonizadas por todo tipo de seres humanos. La línea que separa la cordura de la locura no se me antoja muy clara cuando me doy cuenta de mi situación, de una cotidianidad en la que paso más tiempo con personajes de ficción que con humanos de verdad. Tengo la suerte de tener cerca a un psiquiatra con muchos años de experiencia que visita a sus pacientes justo al otro lado de uno de los tabiques de esta habitación en la que estoy ahora. Saber que hay alguien al lado no solamente cuerdo y sensato sino capaz de identificar los rasgos de la locura me da una sensación de seguridad cuando me adentro en eso que llamo “la novela” (y que la mayoría de los días es “la puta novela” pronunciada en gritos de desesperación y rabia y las menos de las veces con euforia cuando el texto parece andar por sí mismo y se entrega sin reservas), es algo así como escribir con red de seguridad. El psiquiatra en cuya consulta entro de vez para encontrar paz y sosiego y pensarme fuera del líquido denso de la creación tiene infinidad de libros en los que siempre se posa mi mirada. Hay uno que me tienta sobre creación artística y psicosis pero no lo tomo prestado por miedo a descubrir que ambos fenómenos pueden tener una raíz común, ser expresiones opuestas de lo mismo.
Sé que estoy cuerda aunque me pase el día con seres imaginarios porque si algo arrojan los murmullos de los pacientes del psiquiatra al otro lado de la pared es el enorme sufrimiento que provocan los padecimientos psíquicos. Los más habituales dan cuenta de lo enferma que está la sociedad en la que vivimos: depresiones, ansiedad, angustia. Y mucha soledad. Si hace unos años los problemas con los hijos, la pareja, los padres y los laborales parecía que llenaban la sala contigua, ahora lo son las quejas por el aislamiento y la falta de contacto en una ciudad tan poblada como Barcelona. Aunque mi percepción de esposa de profesional de la salud mental es, claro está, del todo subjetiva, parece que las noticias y estadísticas que hablan del asunto arrojan datos en esa dirección. En nuestro entorno inmediato conocemos a varios familiares y amigos que viven completamente solos y muchos de los que comparten vivienda es porque no se pueden permitir otra cosa. Es un escenario inédito, completamente nuevo en la historia de la humanidad: nunca antes tanta gente había vivido sola ni tanta aspiraba a hacerlo. No es lo natural en una especie uno de cuyos rasgos evolutivos más destacados es la sociabilidad que es decisiva a todos los niveles, también para la salud. Se sabe que vivir solos acorta la vida y provoca más enfermedades. (Aunque leí en algún lado que los viudos suelen morir antes que los casados mientras que las que pierden al marido suelen vivir más, no sé qué explica ese dato).
El miedo a la locura es universal pero se hace más presente entre los escritores, creo yo, más cuando se pierde la noción del tiempo y la ficción parece abducirnos. Así que intento evitar lo que podría ser un riesgo laboral y salgo a buscar a seres humanos de verdad que tienen la cortesía de, por el momento, no pedirme que demuestre que yo misma lo soy como hacen tantas páginas webs que visito (muchas veces no estoy muy segura de darle al recuadrito de “soy humano”, me hago la pregunta cada vez que aparece: ¿lo soy?). Por suerte vivo en una ciudad llena de gente y me gusta encontrarme inmersa en el ir y venir de los transeúntes, ver los rostros, los cuerpos, su indumentaria, su forma de moverse y de hablar. Como estoy bastante céntrica el inglés es quizás la lengua que más escucho.
Salgo al encuentro de otros seres humanos pero pronto me desilusiona lo que ya es el paisaje habitual de nuestras sociedades contemporáneas: no nos miramos, a veces ni siquiera nos vemos. Casi todos los que pasean o andan con prisas no ven nada, llevan auriculares con los que hablan con personas que están lejos, están abstraídos en sus móviles, hacen fotos que no volverán a mirar nunca más para no perder el recuerdo de este instante preciso con el resultado paradójico de que lo pierden dos veces: en el presente porque lo están proyectando a futuro al intentar capturarlo y en el futuro cuando no abran nunca más la instantánea.
Cuando me siento ahogada por este magma de palabras en el que vivo (escribiendo, leyendo, pensando en lo que he leído o escrito y hablando sobre lo que leo o escribo) intento volver a la materialidad, a las personas de carne y hueso que tienen un efecto mucho más reconfortante que esa comida basura que nos dicen alivia tristezas y desasosiegos (“comfort food” lo llaman en inglés). No hay que tener un vínculo íntimo y personal con alguien para que su presencia resulte agradable y placentera. Yo que me creía más bien misántropa me descubro necesitada de ese contacto real con personas reales, harta de la virtualización de todas nuestras relaciones. Pero en Barcelona nadie tiene tiempo para quedar. Todo es tan caro aquí que hay que trabajar mucho para pagar las facturas y eso no deja ni horas ni fuerzas para disfrutar del encuentro distendido con amigos y familiares. Y luego hay que ocuparse también de esos hogares unipersonales en los que no existe la posibilidad de compartir tareas y hacerlas más llevaderas. Y hay que cuidarse yendo al gimnasio, ese sitio horrible hasta el que arrastro los pies como si fuera al matadero por salud y en el que las máquinas te hablan (“hace tiempo que no te veo por aquí”, me dicen a menudo) y las personas ni siquiera te devuelven el saludo cuando entras. Todo son gemidos de esfuerzo y extenuación. La única forma de interactuar con otros de un modo espontáneo, sin agendar la cita ni tener un objetivo profesional que requiera el encuentro, es comprar, consumir. Así que aparte de las personas más cercanas y los personajes inventados, las únicas personas con las que interactúo en mi día a día son dependientas del mercado y camareros. Y eso hasta que llegue la automatización también a esos oficios y en una ciudad tan llena de gente de todo tipo, tan dinámica y viva como Barcelona acabe siendo un lujo estar con ese invento tan antiguo y obsoleto que somos las personas.