“Autocompilador es que no ves que lo que escribes / estaba ya escrito en la inmensidad de ti mismo.” Estos son los dos versos que encuentro al abrir al azar uno de los libros de Pierre Albert-Birot que he sacado aquí, en la biblioteca, ya no recuerdo inspirada por qué. No había oído hablar de él, pero con algo debí de topar que me dio ganas de leerlo. Así que hace unos días pedí un par de libros suyos y como vestigio de ese repentino interés ahora los tengo junto a los demás, y aunque por el momento no me sirven para el libro que estoy escribiendo, me acompañan durante la escritura y de vez en cuando los abro y leo un poema y luego echo la cabeza hacia atrás y me quedo mirando la gran claraboya con mis ojos miopes. Ahora mismo acaba de empezar a sonar un aguacero insólito que parece amenazar con hacerla añicos, si no fuera porque hay truco y no da directamente al cielo.
En esos versos de Albert-Birot también se adivina el cielo que inspira la idea de inmensidad y con el que, por esa razón, podemos identificarnos: ¡con el cielo mismo, y no por lleno de nubarrones precisamente! Tienen algo de la limpidez de una mañana vivida como una revelación. Es el mismo cielo que vería Ungaretti para escribir M’illumino d’immenso, y aquí, en el viaje del modelo al retrato y vuelta, encontramos otro atisbo de la asociación de la materia con las ideas.
Cuando Ungaretti escribió aquello estaba combatiendo en la Primera Guerra Mundial. Fue en enero de 1917, en Udine. No sé de qué alucinante manera consiguió meter en esas pocas letras la percepción del soldado sobrepasado, hiperestésico, al que alcanza un momento fugaz de vida pura, más allá de todo significado pero exultante. Siento añadir tantas palabras a una obra así, es que quiero insistir en que se reconocen un tiempo y un espacio similares en los dos poemas, aunque seguiremos con eso un poco más adelante. En el poema de Birot hay algo que parece muy francés, ese vocativo apelativo de autocompilador, que suena como el poeta negro de Antonin Artaud o el heotontimorumenos de Baudelaire. En su poema está la neura de quien trastabilla con sus propios pasos, pero la inmensidad del cielo vibra con el mismo brillo. Y su libro se compuso en 1918. La edición que me han prestado todos mis compatriotas, pues estoy en la Biblioteca Nacional, tiene una cubierta de aire artesanal en la que leemos que se compuso en dicho año y que se llama La joie des sept couleurs, ‘La alegría de los siete colores’, y es curioso que las sucesivas compilaciones de Ungaretti donde se publicó ese poema suyo, “Mattina”, se llamasen Allegria di naufragi y L’Allegria (La Alegría de los Naufragios se llamó también una revista de poesía editada por Huerga & Fierro a principios del siglo XXI).
La joie des sept couleurs es un libro precioso, lleno de encanto. Es una primera edición, impresa en mayo de 1919. Prix net: 7 fr. Tirada de 124 ejemplares (este es el 73), 120 en papel de Arches y cuatro en papel de china. Las letras están estampadas con tal contundencia que podrían leerse al tacto de página a página. La cubierta parece un estarcido, y lleva el logo de la editorial sic, sita en el número 37 de la Rue de la Tombe-Issoire de París, que por lo que veo une el Boulevard Saint-Jacques con la Rue d’Alésia. Albert-Birot no podía ir al frente porque tenía desde joven insuficiencias respiratorias, y por la guerra lo habían despedido de su empleo como restaurador. Tenía inquietud y tiempo y SIC fue la revista que fundó en 1916, y que se llamaba así por las iniciales de Sonidos, Ideas, Colores, además del desparpajo que transmite el sentido latino del término. Fue gracias a esta revista como Albert-Birot y Apollinaire se conocieron, y de su amistad nació el término surrealista, y después ya se sabe lo que vino, sic, etc, qed, wtf. Esa amistad, la revista y las tertulias fueron de lo más fructífero. Se presentaron a sus amigos mutuamente y Apollinaire no solo fue el primer colaborador de SIC, sino que, si una abre al azar sus páginas, tiene altísimas probabilidades de encontrarlo a él. En la versión en español de Wikipedia encuentro una cosa que me llama la atención, y que no se replica en las versiones de los otros idiomas que sé leer, y es que fue Ungaretti quien descubrió el cadáver de Apollinaire, en casa de este en París, muy poco antes del armisticio. Leo entonces en La Jornada de México una entrevista a Ungaretti que es la transcripción de una entrevista en la televisión, no sé de dónde, en 1961, y ahí cuenta: “Apollinaire me escribió mientras me encontraba en la zona de guerra, en Champagne, y desde allí –en el momento del armisticio, al final de la guerra– me enviaron a París […] fui directamente al Boulevard Saint-Germain para encontrarme con Apollinaire. Era el día del Armisticio, el 4 de noviembre, creo, o el 3 de noviembre, no recuerdo bien, pero fue en el año 1918. La ciudad estaba ruidosa, la gente gritaba À bas Guillaume! À bas Guillaume! (por el emperador de Alemania). Subí –esto de à bas Guillaume ya me había desconcertado, porque iba a ver a Guillaume Apollinaire–, entré en la habitación y Apollinaire estaba tumbado en su cama con la cara cubierta por un velo negro. Estaba muerto. Estaba ahí, con el cuadro que Picasso le había regalado para su boda en la cabecera de la cama. Ese es el recuerdo más terrible que conservo de Apollinaire, con aquellos gritos de Á bas Guillaume, y aquel hombre magnífico, desaparecido.”
En España ha habido traducciones de Birot en varias revistas, o habría que decir “hubo”, porque son todas contemporáneas o casi de SIC. Pero Renacimiento publicó en 2014 una edición de sus Poemas cotidianos, traducidos y anotados por Emilio Quintana, de donde elijo como cierre de este recuerdo, y así no me autocompilo, uno al azar (todos llevan títulos de santos; este es San Perfecto): “Habría que saber / Revolcarse en la vida / Como un niño en la arena / Por qué esos señores / Usan quevedos negros.” ~