El valor de los pequeños marcadores discursivos

Están en todas partes y nos ayudan muchísimo a expresar y a comprender los mensajes y, sin embargo, durante mucho tiempo no fueron adecuadamente tratados por la teoría gramatical.
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Si nos fijamos bien en el modo en el que hablamos, descubriremos que nuestras conversaciones se apoyan en una serie de palabras a las que llamamos marcadores. A pesar de que parece que han perdido su significado y que no cumplen ninguna función sintáctica, tienen una gran importancia para la comunicación, pues guían nuestra interpretación completa de lo que se está diciendo. Hombre, pues claro, estas palabras puede que se hayan deshecho de su significado habitual, pero desde luego nos son imprescindibles. Algunas sirven para expresar lo seguros que estamos de algo (por lo visto, sin duda), otras para no perder el contacto con el destinatario (hombre, oye) o para mostrar nuestro acuerdo con lo que se está diciendo (vale, de acuerdo). Sea como fuere, nos acompañan en todos nuestros intercambios. No intentéis hablar sin ellas. Os resultará muy complicado y el resultado será poco natural.

Pero no quiero que se me entienda mal. El reino de estos marcadores no se limita a las conversaciones cotidianas. Por el contrario, cuando escribimos necesitamos apoyarnos en estos pequeños elementos para ordenar el discurso (en primer lugar), para cambiar de tema (por cierto), focalizar la atención en lo que consideramos más interesante (incluso), rectificar lo que hemos afirmado anteriormente (mejor dicho), o, finalmente, dar por concluido nuestro discurso, por mencionar solo algunos ejemplos. Qué difícil sería sostener una argumentación sin ellos.

Están en todas partes y nos ayudan muchísimo a expresar y a comprender los mensajes y, sin embargo, durante mucho tiempo no fueron adecuadamente tratados por la teoría gramatical. De hecho, lo habitual era referirse a ellos como partículas, esto es, como ‘partes pequeñas’, con el sufijo diminutivo latino, que nos remite a lo que apenas tiene importancia. De ahí que, por ejemplo, las escuelas de traductores recomendaran no perder el tiempo con ellos y, si no estaba muy claro, obviarlos en la traducción. Sin embargo, ya hace más de veinte años que algunos investigadores (María Antonia Martín Zorraquino, Estrella Montolío y, especialmente, el profesor José Portolés), reconocieron en estos elementos un pilar fundamental en la comunicación oral y escrita. El resultado es una serie de obras magníficas que todavía hoy son esenciales para entender el uso de los marcadores en nuestra lengua. 

Poco tiempo después de la aparición de estos trabajos lingüísticos, la investigación desde la más moderna neurociencia apoyó sus conclusiones. En la Universidad de Heildelberg, el profesor Oscar Loureda decidió monitorizar la lectura de textos con o sin marcadores con la ayuda de la técnica del eye-tracker. El resultado de su investigación es que los lectores que se enfrentaban a un texto sin marcadores tenían más dificultades para comprenderlos. Y la diferencia no era casual: los lectores que acceden a un texto con marcadores fijan en ellos su atención para avanzar en la lectura. Son, si se me permite la metáfora, las presas o puntos de agarre que utilizamos para llegar a la cumbre y afirmar que hemos comprendido lo leído.

Pero hay más. En la actualidad, la profesora Olga Ivanova, de la Universidad de Salamanca, está recogiendo y analizando cómo se comunican los enfermos de Alzheimer y lo que ha encontrado es muy interesante para el tema que nos ocupa hoy. Resulta que, en estadios leves de la enfermedad, ante los primeros problemas de acceso al léxico, los hablantes incrementan notablemente el uso de los marcadores. Un estudio detenido de la expresión verbal de estos hablantes delata sus dificultades lingüísticas. Y sin embargo, si se les pregunta a sus familiares más cercanos, estos afirman que no han notado nada. El uso de los marcadores es, en esta población, una estrategia para enmascarar los primeros indicios de la enfermedad. Ahí es nada.

Nuestra comunicación se sustenta, como vemos, en estos elementos que sirven de guía para no perdernos. Sirva este breve artículo, pues, como un tributo agradecido a los lingüistas que fueron capaces de mirar con otros ojos lo que nadie miraba y descubrir la importancia de esas pequeñas partes de la oración que no parecían importantes y que han resultado cruciales para la comunicación. Gracias, querido José Portolés, por todo.

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