¿Se puede olvidar uno de su lengua materna?

También existen pruebas de que se puede recuperar, poco a poco, con el entrenamiento adecuado. Por lo tanto, la lengua materna sigue ahí.
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Parece imposible. Sobre todo, claro está, hablando de adultos. Y de adultos sanos, además, que no tienen ningún otro problema cognitivo. Pero ocurre. De hecho, es uno de los efectos más habituales de la migración de larga duración. Cuando la lengua frecuente (aquella con la que hablas en el trabajo, en la calle, con tus vecinos) es una lengua extranjera, que se aprendió de adulto. Y cuando la otra (la que usamos en la infancia, la que nos vio crecer y tal vez la única que se habló hasta el momento de la migración) cada vez está más relegada a contextos específicos: se usa con la familia, por teléfono; o con aquel compatriota con el que se guarda cierto contacto. Y para de contar. Un día la persona migrante comienza a darse cuenta de que le cuesta encontrar la palabra adecuada en su lengua materna. Es como si la segunda lengua lo ocupara todo; como si ella sola hubiera taponado la salida del léxico y no le permitiera hablar con fluidez. Al principio probablemente no se le da importancia. Se piensa que ha sido algo puntual, fruto del cansancio, que no pasa nada. Pero poco a poco las dificultades para comunicarse en lengua materna van creciendo.

Este no es el único problema que tienen las personas que dejan de usar de manera habitual la lengua de su infancia. También está lo del acento. Hace tiempo que su familia de origen hace bromas con que parece extranjero. Y la persona migrante se ríe, aunque en el fondo le preocupa y no le hace gracia. Porque también comienza a tener dudas con la gramática. ¿Aquí se pone o no esta preposición? Esta palabra ¿significa lo que creo que significa? Y porque cada vez es más consciente de que en lengua materna habla más despacio que antes, como si los nombres, los verbos o los adjetivos jugaran al escondite en su cerebro. 

El asunto no es menor. La sensación de estar perdiendo la lengua materna se une a la constancia de que ya no pertenece a su comunidad de origen. Es como ellos, pero no. No comparte completamente su visión del mundo; ha adquirido, quieras que no, otras costumbres. Tampoco es que se haya mimetizado completamente con sus vecinos. En realidad, no se siente ni de aquí, ni de allá. Y esta sensación de desarraigo le molesta. ¿Quién soy yo ahora? ¿Estaré perdiendo mi lengua materna?

Pues sí y no. No la está perdiendo, porque todo parece indicar que el conocimiento que un adulto tiene sobre su lengua materna no desaparece por la falta de uso, ni por hablar constantemente otra lengua. Existen evidencias de que se puede recuperar de modo espontáneo bajo hipnosis, ante fiebres altas o por lesiones cerebrales. También existen pruebas de que se puede recuperar, poco a poco, con el entrenamiento adecuado. Por lo tanto, la lengua materna sigue ahí. Lo que ocurre es que la falta de uso ha elevado el umbral de activación y ahora es más difícil acceder a ella. Que aumente las ocasiones de hablar en lengua materna y el proceso se irá revirtiendo. Como todos, el migrante hablará una variante de su lengua, distinta a otras, pero la sensación de pérdida y la dificultad en la comunicación es salvable.

¿Y qué hacemos con la cultura? ¿con la identidad del migrante? Las personas que han dejado su grupo de origen y se han adaptado a vivir con otras normas culturales han creado su propia visión del mundo. Una visión transcultural, en la que se integran aspectos que parecían insalvables. Es importante que entienda que sigue siendo quien era, aunque haya aspectos en los que ha cambiado; que es diferente a otros que no han tenido que adaptarse a un cambio tan profundo, pero que su diferencia, lejos de ser una pérdida, es una riqueza. La sociedad es afortunada por tenerle. Los migrantes son un lujo y tenemos que empezar a asumirlo y a disfrutarlo.