Castle Rock y los mundos de Stephen King

La serie, inspirada en el universo literario de Stephen King, ha perseguido el difícil equilibrio entre complacer a los admiradores más fieles del escritor y proponer, a la vez, algo novedoso. Lo ha conseguido con éxito.
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El 1 de agosto pasado, Stephen King escribió en su cuenta de Twitter: “Castle Rock es realmente buena, cada episodio mejor que el anterior. Pero dejen los ´huevos de pascua’ a un lado y disfruten el programa por sí mismo. El reparto es incandescente y apoya una historia que vale la pena”. Un segundo tuit, escrito segundos después agregaba: “Y puedo decir esto porque yo no la escribí”.

En efecto, Castle Rock (EU, 2018), la serie fantástica estrenada por Hulu el pasado 25 de julio y cuya primera temporada –ya se anunció que habrá una segunda– finalizó a inicios de septiembre, no fue escrita por el célebre escritor estadunidense, por más que esté claramente basada en sus historias, personajes y escenarios. De hecho, el título mismo, Castle Rock, se refiere a un pueblo ficticio de Maine en el que se han ubicado poco más de una docena de cuentos o novelas de King, entre ellas Zona muerta (1979), La niebla (1980), Cujo (1981), El cuerpo (1982) y La mitad oscura (1989), además de que en otra veintena más el pueblo es nombrado, sea porque algo sucedió ahí, sea porque un personaje viene de ese lugar.

Producida por Bad Robot, la compañía propiedad de J J. Abrams –quien funge aquí como productor ejecutivo, junto con Stephen King–, y creada por Sam Shaw y Dustin Thomason, Castle Rock es una suerte de antología del horror y de lo fantástico, que toma como pretexto el universo literario (y, por extensión, cinematográfico y televisivo) de King para expandirlo, tratando de mantener, en el camino, un precario equilibrio narrativo: sin dejar de cortejar a los beatos admiradores del escritor –entre los cuales me incluyo–, proponer algo distinto, novedoso. Cuando uno termina de ver los diez episodios de la primera temporada, hay que aceptar que Shaw y Thomason lograron su objetivo. 

El elogio tuitero de King a Castle Rock y, especialmente, su posterior aclaración juguetona –“yo no la escribí”–, se debe a que el promedio de bateo de las innumerables adaptaciones fílmicas y televisivas de su obra es inevitablemente errático. Y no podía ser de otra manera. Hagamos cuentas: el autor nacido en Maine ha escrito, hasta el momento, 61 novelas y poco más de 200 cuentos, que han sido adaptados a más de un centenar de cortometrajes, unos cincuenta largometrajes y 34 cintas para televisión o teleseries.

Por supuesto, en esta interminable avalancha de reelaboraciones fílmico-televisivas hay de todo: tempranas obras maestras –Carrie, extraño presentimiento (De Palma, 1976), su primera adaptación cinematográfica, basada libremente en la novela Carrie (1974)–, alguna cinta de autor rechazada por el propio Stephen King –El resplandor (Kubrick, 1980), sobre la novela homónima–, varias películas menores de horror –por ejemplo, Niños diabólicos (Kiersch, 1984), sobre el cuento Los chicos del maíz (1978)–, varias exitosas cintas de género –digamos, Cujo (Teague, 1983) y Christine (Carpenter, 1983), sobre las novelas homónimas de 1981 y 1983–, una que otra cult-movie –como la extraordinaria Macabras historias de horror (Romero, 1982), con guion original y actuación antológica del propio Stephen King– y no pocas películas que, con el paso del tiempo, se convertirían en merecidos clásicos del mainstream hollywoodense, como Cuenta conmigo (Reiner, 1986) –sobre la novela corta El cuerpo (1982)– y Sueño de fuga (Darabont, 1994) –sobre la novela corta Rita Hayworth y la redención de Shawshank (1982)– que, insólitamente, sigue apareciendo año tras año, como la mejor película de la historia del cine, según el voto de los usuarios de la Internet Movie Database.

Pero también hay en la filmografía del escritor una larga lista de rotundos y hasta risibles fracasos. Para muestra, los negros botones de Bala de plata (Attias, 1985), sobre la novela El ciclo del hombre lobo (1983); Sonámbulos (Garris, 1992), con guion original de King; El cazador de sueños (Kasdan, 2003), sobre la novela homónima de 2001; la muy reciente Conexión mortal (Williams, 2016), sobre la novela Cell (2006) y, por supuesto, la terrible 8 días de terror (1986), debut y despedida de Stephen King como cineasta, con todo y guion original escrito por él mismo. Para acabar pronto: por cada adaptación lograda del universo de King, hay otra –y otra más– que resulta decepcionante, si no es que hasta vergonzosa.

Por lo mismo, la apuesta de los creadores de Castle Rock no deja de ser riesgosa: tratar de apropiarse del universo imaginado por Stephen King –una tarea que ni el mismo escritor ha podido garantizar cuando ha fungido como guionista o adaptador de sí mismo– sin tomar un relato, una novela o un cuento en específico como punto de partida. 

La estructura argumental de la serie de diez episodios nos remite a la monumental novela Eso (1986), dirigida para la televisión por Tommy Lee Wallace en 1990 y adaptada al cine, en su primera parte, en la espléndida versión dirigida por Andy Muschietti en 2017. Al igual que el grupo de amigos que regresa a su pueblo natal, Derry, en Maine, para enfrentar sus miedos encarnados en el payaso Pennywise, el abogado afroamericano Henry Deaver (André Holland) vuelve a Castle Rock, aunque por otra razón muy diferente: un misterioso joven prisionero sin nombre (Bill Skarsgard) que fue encontrado, oculto, en una jaula en la prisión estatal de Shawshank, ha pedido que lo llamen. Al igual que los protagonistas de Eso, Henry Deaver tendrá que confrontar un pasado que creía haber enterrado para siempre, cuando salió de ese pequeño pueblo aparentemente apacible.

Desde el primer episodio, “Severance”, cualquier fan del escritor encontrará multitud de claves para conectar todo lo que vemos con su obra literaria y sus adaptaciones fílmico-televisivas. Por ejemplo, el sheriff retirado de Castle Rock es Alan Pangborn (Scott Glenn), el héroe de la novela La tienda (1991); por ahí se menciona a cierto perro rabioso –o sea, el conocido Cujo– que provocó algunos problemas hace algún tiempo; y la prisión que es la máxima empleadora de Castle Rock es, precisamente, Shawshank, que es el sitio de la popularísima novela –y película– ya mencionada. Si a eso le agregamos que Ruth, la madre adoptiva del protagonista Henry Deaver, está interpretada por Sissy Spacek –la primera e inolvidable Carrie– y que el extraño jovencito sin nombre es encarnado por Bill Skarsgard, quien se colocó el maquillaje de Pennywise en la reciente versión de Eso, tenemos un auténtico festival de “huevos de Pascua” de Stephen King.

Sin embargo, el escritor tenía razón en su tuit del 1 de agosto. Lo mejor de Castle Rock no reside en identificar las innumerables referencias que la media docena de guionistas dejaron caer por aquí y por allá –algunos tan obvios como que una muchacha resulta ser sobrina de un aficionado a las hachas llamado Jack Torrance, el padre de familia de El resplandor–, sino en esos episodios centrados en personajes en los que hemos aprendido a interesarnos, bien interpretados por un reparto intachable.

Así pues, el mejor momento de Castle Rock resulta ser el episodio siete, “The Queen” (dirigido por Greg Yaitanes, escrito por Sam Shaw), que tiene poco que ver con el universo de King y que descansa, por un lado, en una notable interpretación de Sissy Spacek como una mujer perdida en el laberinto de su propia memoria y, por el otro, en la virtuosa edición de Trevor Baker que, a golpe de corte directo, nos instala de un tiempo a otro, de un espacio a otro, sin salir nunca de los meandros en los que se pierde la Ruth Deaver de la señora Spacek. 

Se trata de uno de los mejores episodios televisivos del 2018. Con razón Stephen King estaba tan contento: puede presumir que él fue la inspiración para esa extraordinaria hora televisiva. 

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(Culiacán, Sinaloa, 1966) es crítico de cine desde hace más de 30 años. Es parte de la Escuela de Humanidades y Educación del Tec de Monterrey.


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