“Las siete esferas”: la otra Agatha Christie

La adaptación televisiva de esta novela poco conocida de la autora de misterio es una apuesta arriesgada y satisfactoria.
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En una escena clave del segundo episodio de Agatha Christie: Las siete esferas (Agatha Christie’s Seven dials, Reino Unido, 2025), miniserie de apenas tres capítulos recién estrenada en Netflix, la ingobernable Lady Eileen Brent, cariñosamente conocida como Bundle, le pregunta al engolado viceministro de relaciones exteriores de la corona británica en qué consiste cierto invento que, al parecer, está siendo codiciado por los representantes de varias potencias extranjeras, entre ellas la siempre temible Alemania.

A estas alturas de la serie ubicada en los años 20 del siglo pasado, ya sabemos que ese susodicho invento ha provocado la misteriosa muerte de dos jóvenes empleados del servicio exterior británico. El primero, aparentemente, se suicidó tomando una dosis excesiva de un narcótico; el segundo murió de un disparo en el pecho, aunque la investigación concluyó que como el muchacho deambulaba por una zona de caza, seguramente fue abatido por alguna bala perdida. La pequeña pero indómita Bundle no está de acuerdo: ella fue testigo de las dos muertes y logró escuchar lo que el segundo hombre alcanzó a murmurar antes de morir. Algo relativo a un amigo común llamado Jimmy Thesiger (Edward Bluemer) y unas dizque “siete esferas”.

 Bundle está convencida que esas muertes tienen que ver con las “siete esferas” y con ese extraño invento que el burócrata quiere mantener secreto: “no tiene sentido explicarlo”, le dice a la determinada Lady Eileen. Y, en efecto, aunque en otro momento de la miniserie sabremos, más o menos, en qué consiste el invento de marras, lo cierto es que para entender y disfrutar esta historia, basada en El misterio de las siete esferas, novela escrita por Agatha Christie (1890-1976), no es necesario conocer de fórmulas, procesos o logística. Basta saber que es un invento tan importante que alguien está dispuesto a escabecharse a cuanto cristiano se ponga enfrente para conseguirlo. Dicho de otra manera, lo que desata todo el desarrollo argumental en esta entretenida miniserie es un emblemático McGuffin hitchockiano, algo que resulta muy importante para los personajes pero que uno, como espectador, no debe tomar demasiado en cuenta.

El misterio de las siete esferas es una pieza curiosa, casi excéntrica, en el robusto corpus literario de Agatha Christie. Publicada en 1929, se trata de apenas su novena novela –de un total de 66 que llegó a escribir, además de unos 160 cuentos– y se nota que, en ese momento, la exitosísima autora inglesa –solo superada por Shakespeare en cuanto a la venta de sus libros– estaba aún definiendo su propio estilo. Es cierto que ya había publicado una de sus obras más acabadas e influyentes, El asesinato de Roger Ackroyd (1926), pero también queda claro que, por lo menos en esa primera década como escritora, la señora Christie no temía ir por otros caminos, experimentar con otras fórmulas y hasta pedir prestado algunos recursos temáticos y estilísticos a otros autores muchos más famosos y prestigiados.

Así, pues, en esta ligerísima novela la resolución del susodicho misterio de las siete esferas le debe bastante a cierta emblemática vuelta de tuerca del clásico de espionaje El hombre que fue jueves (1908), de Chesterton, mientas que el tono en el que se desarrolla la trama tiene un agudo sentido del humor que a ratos parece provenir de alguna pieza teatral de Oscar Wilde, especialmente a través de Lord Caterham, el ocioso padre de Bundle, quien después de quejarse del comportamiento de un empresario sobrio y puntual, dice que no hay nada peor que este tipo de personas o de los políticos diligentes y que, por lo mismo, él prefiere a los “ineptos alegres”. En otro pasaje de la novela, cuando Bundle le dice a su padre que acaba de encontrarse el cuerpo de un amigo a quien alguien le ha disparado, Lord Caterham, quien cree que ella es la culpable, le dice, “con un suave tono de reproche”, que no debería de andar por ahí disparándole a la gente: “Me atrevo a decir que muchos se lo merecen, pero hacerlo no traerá más que disgustos”.

En la adaptación televisiva escrita por Chris Chibnall –responsable de la espléndida miniserie policial Broadchurch(2013-2017), protagonizada por la entonces desconocida Olivia Colman–, el frívolo Lord Caterham es sustituido por una distraída Lady Caterham, interpretada por Helena Bonham Carter, quien trata de disuadir infructuosamente a su hija, la inquieta Bundle (Mia Mackenna-Bruce), de no meterse en problemas, consejo que la muchacha, por supuesto, no tiene intenciones de seguir, como lo entiende el exasperado superintendente Battle (Martin Freeman), responsable oficial de resolver el par de asesinatos que suceden en el primer episodio de la miniserie.

El cambio de género de Lord a Lady Caterham no es el único en la serie dirigida ágilmente por el realizador australiano Chris Sweeney ni, de hecho, el más importante, pues sin revelar en qué termina la resolución del misterio de las siete esferas, digamos que hay otras vueltas de tuerca muy distintas a las contenidas en la novela original que, sin embargo, tienen mucho que ver con el ethos ético y dramático de buena parte de la obra literaria de Christie, pues en el mundo criminal de la autora, los asesinatos suelen cometerse por interés económico y basta poner atención a la gente –a su “naturaleza humana”, diría Miss Marple– para saber quien hizo qué y por qué lo hizo.

En este sentido, el rescate de esta novela menor y poco conocida de la autora, producido como casi todas las adaptaciones televisivas recientes por sus herederos a través de Agatha Christie Productions, tiene el sentido de una apuesta arriesgada: convertir a la simpática Bundle –quien apareció en el mundo de Christie solamente en esta novela y en una anterior, El secreto de Chimneys (1925)– en la indiscutible protagonista de una saga de espionaje ubicada en la turbulenta Europa de entreguerras. Yo sí la vería. ~


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