El dolor de Paolo Sorrentino como motor artístico

'Fue la mano de Dios' (2021) es un catártico viaje a la Nápoles de los ochenta, bañado por la tragedia personal y la magia de Maradona.
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Veinte años han transcurrido desde que Paolo Sorrentino rodara su ópera prima L’uomo in più (2001) en su Nápoles natal, ciudad que filmó como una urbe turbia y plomiza, contaminada de una estética gris, y repleta de no-lugares vacíos e inquietantes, como si fuesen postales de Luigi Ghirri. Una fotografía que nada tiene que ver con la de sus siguientes y muy conocidos trabajos, como muestran la hermosura y desmesura de las imágenes de Youth o de su doble aventura vaticana. Quizá, en esa hosquedad con la que mostraba la ciudad partenopea en su primer largometraje se evidenciaba la imposibilidad de cicatrizar aún la herida abierta por el gran pesar que le tocó vivir cuando era un adolescente: la muerte de sus padres por una mala combustión en su casa vacacional. La desgracia ocurrió en la década de los ochenta, cuando Paolo no había cumplido la mayoría de edad, y sus pensamientos se dirigían a la música, las mujeres y, más aún, a Diego Armando Maradona y su Napoli. Se hizo mayor de golpe o, más aún, de un golpetazo.

Fue la mano de Dios (2021) supone el regreso del cineasta a su ciudad de nacimiento tras el prometedor filme de inicios del milenio, pero este es un trabajo con notables diferencias. La más destacada de todas es que, ahora sí, Sorrentino relata su gran tragedia en una historia personalísima que no renuncia, como es habitual en el cine del autor, a su gran dosis de imaginación. Los hechos ocurridos son infinitamente más interesantes, si se sigue su idiosincrasia creativa, si están tamizados por la ficción, ya que la memoria puede ser útil, pero es muy lábil. La realidad, como espeta el protagonista del relato en varias ocasiones, es muy mediocre. Y el cine, de este modo, funciona como distracción de lo real, casi como un remedio catártico contra el dolor. Por ello, la Nápoles filmada por Sorrentino en su último trabajo no es gris, como hace dos décadas, sino que en ella resplandece un curioso brillo. Aparece la devoción, que se manifiesta en diferentes sentidos: devoción del director por su ciudad, devoción propia y de los napolitanos por Diego Armando Maradona y, por supuesto, devoción del ya consagrado Sorrentino por sus padres, a los que concede un tierno recuerdo.

Fabietto Schisa –trasunto del propio cineasta– es el gran protagonista del noveno largometraje del italiano, interpretado por un convincente Filippo Scotti. Su mirada nos descubre la cercanía y el cariño que profesa por sus padres, la aparente normalidad que estos desprenden en el maremágnum de tipos grotescos que compone su amplia familia, y la dificultad de afrontar la inesperada orfandad y el dolor. Hacia el ecuador del relato, y ya ocurrida la tragedia, el filme se detiene –e, incluso, se distrae– para relatar el interés de Fabietto por el séptimo arte. Es el momento en que surge con contundencia el discurso de dos de sus maestros: Federico Fellini y Antonio Capuano.

El primero, nombrado en diferentes ocasiones a lo largo de Fue la mano de Dios, es uno de los reconocidos inspiradores del cine sorrentiniano y, prácticamente, todas sus películas contienen sutiles guiños al autor de La dolce vita (1960) u Ocho y medio (1963), siendo esto evidente en la “oscarizada” La gran belleza. En el final de la historia de Fabietto, además, se otorga un emotivo tributo a la última secuencia de I vitelloni (1953), uno de las obras mayores –pese a no tener ese estatus– de Fellini y, siendo generosos, podríamos considerar el recién estrenado largometraje como el particular Amarcord de Paolo Sorrentino. Capuano, por su parte, sí aparece como personaje, como un creador visceral y desvergonzado que enseña al adolescente que el oficio cinematográfico es mucho más que un capricho. Las secuencias en que Fabietto y este último personaje comparten plano son de gran interés, y no es casual que Sorrentino conceda semejante relevancia a su maestro, ya que este, integrante y uno de los fundadores de la “escuela vesubiana”, creyó en el joven cuando empezaba en el oficio cinematográfico y le pidió que escribiera el guion de Polvere de Napoli (1998), una de las más notables cintas de Capuano.

Y aunque se haya hecho referencia a los protagonistas y los maestros, resulta imprescindible incidir en una figura que cumple los dos roles para Sorrentino: Diego Armando Maradona. El cineasta siempre ha defendido que el futbolista argentino le salvó la vida, pues no acompañó a sus padres a la casa de campo en que se produjo la fatal combustión porque tuvo permiso para ver en directo a su ídolo jugar en el Nápoli contra el Empoli. “Él te ha salvado la vida. Fue la mano de Dios”, le grita extasiado a Fabietto su tío Alfredo. 

En los años en los que jugó en el equipo partenopeo, “El Pelusa” llegó a tener el carácter de deidad, prácticamente a la altura de San Genaro –como ha contado, de forma excepcional, Asif Kapadia en su documental Diego Maradona (2019)– y, a día de hoy, su huella es inextinguible. Apenas aparece como personaje de carne y hueso en la película, pero Sorrentino introduce imágenes de archivo del astro en su partido más destacado, el del Mundial de México 1986, cuando Argentina derrota a Inglaterra: tanto del gol que marca tras regatear a toda la defensa rival desde el medio del campo –sin duda, el mejor tanto de la historia– como del que anota con la mano, que da título al filme y que supuso una gran pillería o, como dice, quién si no, el tío Alfredo, un gol político, la venganza por la derrota argentina en las Malvinas.

Eduardo de Filippo, Franco Zeffirelli o Sergio Leone con su Érase una vez en América (1984) también se citan en la interesante autoficción de Sorrentino, en la que el autor demuestra que la expectación generada ante el estreno de cada uno de sus trabajos es merecida. Fue la mano de Dios encara la carrera de los grandes premios internacionales y se postula como una de las favoritas al Oscar como Mejor Película Extranjera, con lo que conseguiría su segunda estatuilla, tras la cosechada por La gran belleza hace ocho años, la que es, hasta la fecha, su obra mayor.

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