El infierno, de Luis Estrada

AÑADIR A FAVORITOS

Si todo sale como debería, el viernes 3 de septiembre se verá el estreno –con 300 copias– de la película mexicana El infierno, del director Luis Estrada. Situada en 2010, será el primer filme en hablar de la espiral de violencia desatada por la guerra contra el narcotráfico emprendida en años recientes por Felipe Calderón. La fecha en que llegará a las salas –el mes de las celebraciones en el año de las celebraciones– no es, como podría creerse, una pésima coincidencia. Es justamente el punto. El infierno es uno de los proyectos que respondió a la convocatoria de Imcine para apoyar a las películas que participarían en la reflexión sobre México en este año de sus centenarios, con la condición de que estuviera lista para ser exhibida en el marco de la conmemoración. La película de Estrada respondió a cabalidad: el póster muestra a un narco inequívoco (traje blanco, sombrero y botas, la pistola clavada en la hebilla del pantalón) apoyado sobre un letrerito; otro narco, unos metros detrás, se ocupa en la tarea de disolver cadáveres dentro de un tambo lleno de ácido. El letrero que sirve de apoyo muestra el logo oficial de las fiestas del Bicentenario. Debajo, como grafiteado, se lee: “Nada que celebrar”.

Mucho que celebrar, visto por otro lado, si recordamos que hace apenas once años el propio Imcine (brazo de Conaculta, brazo del Ejecutivo) quiso frenar el estreno de La ley de Herodes, también de Estrada, en uno de los desplantes más torpes y malogrados en la historia del manoseo oficial. Tan torpe y malogrado –en un festival de cine, frente a decenas de periodistas– que acabó significando el fin de la censura estatal a las películas que denunciaran –como si nadie sospechara nada– las dinámicas del priismo y las truculencias del poder.

“Y algo más que celebrar”, le pasó por la cabeza a quien firma esta nota, cuando hace menos de tres meses asistió a una proyección de El infierno en las oficinas de Videocine: una de las empresas privadas que invirtió en la producción del proyecto (“El infierno, de Luis Estrada, retrato de México”, Proceso, 1739) y que –todo apuntaba hasta entonces– se encargaría de la distribución. A la luz de la crítica a la turbia relación entre partidos y medios que hiciera el mismo director en Un mundo maravilloso (2006) el respaldo de Videocine –filial de Televisa– se leía como un gesto de autonomía y valor (cosas que, se supone, festejamos en el Bicentenario).

¿Pero qué de El infierno resulta tan “insubordinado” como para que su llegada a salas parezca una victoria inaudita, ya no se diga en un sistema de supuesta libre expresión? Ante todo, la última cinta de Estrada es particularmente puntual (ya se verá qué tanto) al plantear alianzas corruptas (sin embargo, es ficción) y retratar una violencia in crescendo que no es jocosa ni ponedora. El tipo de violencia que suele esperarse del cine, pero que, en el caso de esta película, resulta demasiado cercana a nuestra realidad como para servir de evasión.

Haciendo eco a La ley de Herodes, las primeras secuencias de El infierno ocurren en un México más abstracto que real. Veinte años después de haber cruzado la frontera, “el Benny” (Damián Alcázar) es deportado. Para resumir el estado de cosas con el que se topa su protagonista, Estrada se apega a la farsa. La pobreza, corrupción y atraso del México de 2010 se hacen obvios en situaciones que sirven a ese solo propósito. También de acuerdo a ese género, pronto desfilarán personajes que encarnan distintos tipos de vileza y degradación: trampas y tentaciones que habrán de corromper al único personaje con un centro moral. El guión de Jaime Sampietro le asigna al Benny un objetivo que explique su disposición a chapotear en el lodo: quiere encontrar al hombre que, durante su ausencia, asesinó a su hermano.

Tampoco es que el Benny sea un santo. Es un hombre común y corriente. No solo eso, sino un hombre muy mexicano: esclavo de la gratificación inmediata, sabe que todo acto tiene una consecuencia, pero no le ve sentido a preocuparse antes de tiempo. Así, sin pensarlo mucho, apenas llega al pueblo sucumbe ante los coqueteos de su cachonda cuñada (Elizabeth Cervantes), viuda de su hermano, madre de su sobrino, y, de profesión, prostituta del pueblo. La cuñada es amiga de los narcos encabezados por “el Cochiloco” (Joaquín Cosío), que a su vez son simples empleados de los señores María y José Reyes (María Rojo y Ernesto Gómez Cruz). Los Reyes son hacendados y, sobra decir, millonarios. Amigos de gente influyente, benefactores de campañas y causas, y básicamente dueños del territorio. Solo los amenaza la presencia del otro Reyes, hermano de don José: un hombre igual de influyente, con sicarios a su mando, empeñado en infiltrar su negocio en la misma la región.

Víctima del enculamiento pero fiel a su noción de honor, Benny decide hacerse cargo de la mujer y el muchacho que, por cierto, ya aprendió a delinquir. Para evitar que lo encarcelen por un intento de robo, Benny se ofrece a pagar una mordida delirante a la policía municipal. Recurre a sus nuevos amigos (los empleados de los Reyes), quienes le dan lo que necesita y un poquito más. Una bicoca para ellos, pero más de lo que Benny ganó en sus veinte años de mojado. Como primero goza el derecho y luego piensa en la obligación, Benny descubre las mieles de ser un hombre con joyas y acepta, por qué no, ser fuerza de trabajo del único negocio que prospera en la región. Lo que sigue es previsible y a la vez fuera de registro para un hombre como él. Todo el tiempo con la conciencia a cuestas, recorre el camino criminal que va desde corruptor de policías a redactor de narcomensajes, asistente de tortura, experto en disolución y descuartizamiento de cuerpos y, claro, asesino. Aun cuando dispara entre los ojos de un hombre, Benny es capaz de dimensionar el horror.

Si en las películas anteriores de Estrada la ingenuidad del personaje principal es la grieta por la que se filtran la egomanía (La ley de Herodes) y el oportunismo (Un mundo maravilloso), en El infierno es el atributo que lo conserva más o menos humano y lo distingue de la galería de monstruos a su alrededor. Con todo y que sucumbe a las botas finas y a las cadenas de oro (o justo por eso), más que un personaje satírico, el Benny es un héroe trágico que en cumplimiento de una misión –la venganza–, descubrirá una verdad que lo hará enloquecer de dolor. Solo eso, el reconocimiento, lo llevará a despojarse del velo. El protagonista reacciona y, en consecuencia, como en toda tragedia, el despilfarro de sangre y el exterminio de vidas no solo es un espectáculo, sino que cumple una misión: sirve de lección colectiva –advierte al público de los peligros y, gracias a su cualidad de ficción, funciona como catarsis de todos los sentimientos acumulados en el espectador. Quien diga que El infierno es nociva y siembra miedo, frustración e impotencia en un año de celebración, no entiende que es justamente al revés. Si esta vez Estrada y Sampietro casi eliminaron la sátira y optaron por sentar al público en un carro de montaña rusa, es porque los esperpentos que antes servían de modelo a dicho género salieron de sus agujeros (o del panal, en la metáfora del avispero golpeado) y se instalaron en la cotidianidad. Si el retrato de sicarios y capos fuera una caricatura grotesca, y los policías y capitanes no resultaran creíbles en lo que ya es un lenguaje estandarizado de la corrupción, no podría convivir a cuadro –como sucede en cierta escena– con la imagen de un personaje importado de la realidad, el presidente Felipe Calderón, en una fotografía que adorna el despacho de un agente de policía encargado de esclarecer el asesinato de un federal.

Es la escena que ha llegado adonde el cine mexicano no había llegado jamás. No solo por la alusión al hombre de la imagen, sino porque el capitán Ramírez (Daniel Giménez Cacho) comenta sobre su gestión, al ofrecerle protección al Benny en tanto “la política de nuestro Sr. Presidente es convertir a México es un país de soplones”. Los Reyes también tienen fotos en las paredes de su mansión: con los presidentes de México de los últimos sexenios (y sus esposas), con el Papa Juan Pablo II, y con todos los que, como ellos, representan los pilares sobre los que descansa el país.

¿Qué efecto podría tener tanta “osadía” y especificidad? Al día de escribir esta nota, hay rumores y especulaciones sobre un retraso en la fecha de estreno, disminución en el número de copias o un tiempo de cartelera anormalmente corto. Probabilidades acrecentadas por el hecho de que Videocine decidió no distribuirla (su crédito no aparece en el póster ni en el sitio oficial), lo que vuelve menos potente la estrategia de promoción.

En un México con visión 20/20, el estreno de esta película sería un acontecimiento no solo disfrutable, sino necesario y urgente. Desde un punto de vista político, desinflaría la idea arraigada de que los comités y consejos son órganos serviles que desalientan la crítica. También llenaría las salas: más allá de la polémica, El infierno se sostiene sobre un guión que no deja al público tiempo para pestañear, una dirección de quien sabe lo que hace, actores en su mejor momento (Alcázar, para no variar) y, para los más sensoriales, un soundtrack extraordinario por derecho propio. Coordinado por Lynn Fainchtein, incluye temas de Los Lobos, el Flaco Jiménez y Los Tucanes de Tijuana, y música original del guitarrista Michael Brook, inventor de uno de los sonidos que distinguen a U2 y reputado compositor de scores. (Apenas vio la película, cuenta Fainchtein, aceptó colaborar.) Por último, pero lo que más importa, El infierno llenaría las expectativas de un público que por un lado escucha que el cine mexicano está en su mejor momento, y por otro echa de menos la experiencia de ser sacudido por una película que aluda a su propio país.

¿Vivimos en ese México? Ponga a un lado la revista y saque una conclusión. Si todo sale como debiera, al tiempo de publicarse esta nota El infierno ya estará en cartelera y usted tendrá muchas opciones –de cine, fecha y horario– para escoger una función. ~

 

    ×  

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: