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Escena de Gaslit.

Gaslit: el otro rostro de Watergate

La miniserie que llegó a su fin hace unos días narra la historia lateral del escándalo Watergate, la de los personajes secundarios que fueron dejados de lado o sacrificados "por un bien mayor".
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En una escena clave de “Honeymoon”, quinto episodio de la miniserie Gaslit (E.U., 2022, disponible en Starz), cierta desparpajada ama de casa llamada Gail (Ahna O’Reilly) sale de su hogar clasemediero en Washington en bata de dormir, se dirige hacia el auto que ha estado estacionado frente a su casa durante un par de días, entra al asiento trasero, les roba un pedazo de pizza a los dos sorprendidos agentes del FBI que están al frente del carro y, sin parpadear, les dice que ya se vayan porque van a volver loco a su pobre marido, quien por el nerviosismo no deja de entrar al baño cada 15 minutos. Es más, dice, si se van y los dejan tranquilos, ella les promete que en un par de días convence a su esposo de que vaya con la autoridad y testifique todo lo que sabe. “Mi marido no es un hombre muy inteligente”, dice la insumergible señora, saboreando la pizza que les acaba de robar.

“Mi marido no es un hombre muy inteligente” podría ser el subtítulo de Gaslit, esta miniserie basada en el podcast Slow Burn, de Leon Neyfakh, y que acaba de finalizar el fin de semana pasado. Dirigida por el actor secundario y ocasional cineasta Matt Ross y creada por el debutante en estos menesteres Robbie Pickering, Gaslit está centrada, en buena medida, en dos mujeres que fueron personajes secundarios –aunque uno de ellos bastante visible– del escándalo Watergate. Me refiero a la extrovertida socialité sureña Martha Mitchell (1918-1976), esposa del fiscal general de la administración Nixon, John N. Mitchell (1913-1988), y a Maureen “Mo” Kane, una despampanante azafata rubia que se casó, en medio del escándalo Watergate, con John Dean (1938), el tristemente célebre consejero de la Casa Blanca, quien terminaría testificando contra Nixon ante el Congreso de Estados Unidos con tal de negociar una sentencia menor a una condena que era inevitable.

En ambos casos, tanto el más conocido de Martha Mitchell como el menos visible de “Mo” Kane, los dos maridos aparecen en Gaslit bajo una luz muy poco favorable. El primero no es más que un peón desechable de Richard Nixon que, con tal de recuperar el acceso al poder del presidente, fue capaz de mandar secuestrar a su propia esposa para evitar que hablara con la prensa. El segundo es un ambicioso, arribista y egocéntrico aprendiz de brujo que tuvo que ser entrenado por su brillante y joven mujer para ofrecer su mejor rostro ante los legisladores estadounidenses. Como dijera el ama de casa ya mencionada, es obvio que esos dos maridos no son muy inteligentes.

Estos dos personajes femeninos y sus respectivos matrimonios en crisis ocupan el centro argumental de una miniserie tan absorbente como difusa, pues si bien es cierto que Martha y “Mo” funcionan como una suerte de protagonistas paralelas, el guion escrito por el propio creador, Robbie Pickering, es abundante tanto en personajes secundarios fascinantes como en subtramas genuinamente atrayentes. Y esto, sin que Richard Nixon aparezca en pantalla ni una sola vez, a no ser en imágenes de archivo o en fotografías, pues estamos ante la historia lateral del escándalo Watergate, no la de los periodistas que lo revelaron –como en Todos los hombres del presidente (Pakula, 1976)– ni la del personaje al centro del mismo –en el thriller político y psicológico Nixon(Stone, 1995). El Watergate de Gaslit es, más bien, el de los personajes secundarios, excéntricos, menores, que fueron echados a un lado o, incluso, llegado el momento, hasta sacrificados “por un bien mayor”.

Además de las dos mujeres ya mencionadas, podemos contar aquí al guardia de seguridad afroamericano Frank Wills (Patrick R. Walker), quien dio aviso a la autoridad de que algo raro estaba pasando en las oficinas del Comité Demócrata la noche del 17 de junio de 1972; al enloquecido extremista G. Gordon Liddy (Sheah Whigham, sensacional), quien dirigió la fallida operación de espionaje; o al torpe burócrata Jeb Magruder (Hamish Linklater), pobrediablesco marido de Gail, cuya participación el caso Watergate le valió convertirse en el hazmerreír del país entero, con todo y parodia del monstruo Comegalletas de Plaza Sésamo incluida.

Gaslit avanza, no sin tropiezos narrativos ni digresiones más o menos valiosas, en un tono consistentemente satírico, que a ratos puede volverse inquietante y oscuro. Así sucede en el séptimo episodio, “Year of the Rat”, acaso el mejor de toda la serie, en el que somos testigos del descenso en la locura de Liddy, condenado a 40 años de cárcel, al mismo tiempo que vemos el desequilibrio psicológico que sufre Martha Mitchell, quien se lanza en el tobogán del alcohol después de ser abandonada por su traicionero marido John, y de ser ridiculizada por simpatizantes y detractores. En este penúltimo capítulo, la presencia de las ratas –en la prisión en la que se encuentra Liddy, en el restaurante chino en el que vimos cómo se conocieron John y Martha– es más descriptivo que simbólico: Washington está lleno de insidiosos roedores a los que nunca ves, pero que están por ahí, a un lado tuyo, ahí donde comes, ahí donde duermes, ahí donde trabajas. Ahí donde se hace política en serio.

La Martha Mitchell de Gaslit, interpretada por Julia Roberts – “the Mouth of the South” como la llamaban sus malquerientes–, resulta inevitablemente simpática y atractiva. La abierta sonrisa de la actriz y sus carcajadas inconfundibles provocan que nos pongamos de su lado en cuanto la vemos en pantalla, por más que sea obvio que el personaje real fue más complejo y problemático. Se entiende que el objetivo de Gaslit es ver un acontecimiento histórico tan conocido, estudiado y discutido –el caso Watergate– desde otra perspectiva, desde los ojos de una mujer que fue aplastada por la misma sociedad que la acogió, usó y desechó cuando le resultó demasiado incómoda. En este mismo sentido, hasta se puede justificar que Sean Penn, quien encarna al malogrado fiscal general John N. Mitchell, pase casi desapercibido. No solo porque aparece irreconocible tras varios kilos de maquillaje, sino porque esta no es la historia de él, ni de John Dean, ni siquiera la de Richard Nixon. Es la historia de Martha, de “Mo” y de aquella cansada ama de casa que no sabe qué hacer con su “poco brillante” marido que, da la casualidad, es uno de los que toma las decisiones en Washington.

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