Las madres coraje en Cannes 2021

En el Festival de Cannes de este año hubo un denominador común: el recurrente protagonismo de la incansable madre de familia, la indómita madre coraje.
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¿Hay alguien que sufra más que un crítico de cine cubriendo un festival cinematográfico? No, nadie sufre más. Quienes nos dedicamos a la crítica y hemos viajado a un certamen de esta naturaleza hemos escrito, mínimo una vez, sobre los sacrificios que implica hacer nuestro trabajo. En cada crónica festivalera no pueden faltar las quejas por las filas enormes para entrar a una función, las indignantes medidas de seguridad a las que nos someten, los horarios imprudentes en que programan ciertos filmes, y ni se diga cuando alguna cinta en competencia resulta ser un auténtico fiasco que provoca ruidosos abucheos o abandonos masivos de la sala.

En el atípico Festival de Cannes de este año no faltó esta quejosa tradición, tanto en las crónicas publicadas en la prensa como en los mensajes privados de colegas, mayoritariamente europeos, que asistieron a la Riviera francesa en plena tercera ola pandémica. Pero a las quejas de siempre se sumaron las referentes a las dudosas medidas sanitarias contra la covid-19 instauradas por las autoridades del festival. En el terreno de la competencia oficial el juicio fue mucho más positivo, entusiasta incluso. La cinta unánimemente condenada fue Flag day, dirigida por Sean Penn, y otro par de filmes fueron cuestionados por su hermetismo: la rusa Petrov’s flu y la húngara The story of my wife. Los 21 filmes restantes se ganaron, en mayor o en menor medida, la aprobación y el aplauso de la crítica. Y cuando el jurado, encabezado por Spike Lee, anunció la Palma de Oro para Titane, de Julia Ducournau, ninguna voz se elevó en contra del veredicto.

Quienes no pudimos asistir a Cannes seguimos el festival más importante del mundo a la distancia: desde una sede local como el cine Diana en la Ciudad de México, que fue habilitado para presentar una selección de las cintas, hasta la plataforma del Marché du Film, que también mostró algunas de la sección oficial –aunque no las más interesantes, me quejo– y prácticamente todas las presentadas en las secciones paralelas de Una cierta mirada, la Quincena de Realizadores y la Semana de la Crítica. En estas tres secciones, incluyendo la competitiva oficial, el denominador común fue el recurrente protagonismo de un personaje emblemático, a saber, la incansable madre de familia, la indómita madre coraje. Si Cannes 2021 se hubiera organizado en las fechas de siempre, a mediados de mayo, podría haberse subtitulado como el Festival del Día de la Madres.

La cinta más convencional de este grupo, Lingui (Francia-Alemania-Bélgica, 2021), de Mahamat-Saleh Haroun, se presentó en la competencia oficial. La historia, ubicada en Chad en un entorno de asfixiante religiosidad islámica, se centra en los esfuerzos de una luchona madre soltera, Amina (Achouackh Abakar), por facilitarle un aborto clandestino a su hija adolescente, María (Rihane Khalil Alio). La madre, que en su momento también fue una joven embarazada fuera del matrimonio, expulsada de su familia y señalada como indecente, no quiere que su hija corra la misma suerte, aun cuando tenga que violar las leyes de los hombres y, por supuesto, las de Dios. El melodrama materno-filial queda completamente realizado y las dos actrices me parecen intachables, aunque queda la sensación que Lingui fue elegida para la competencia oficial más por su temática que por su discreta ejecución. Eso sí, hay que agradecer que el veterano Haroun elude cualquier asomo de explotación.

Esta tentación no fue completamente resistida por los hacedores de Amparo (Colombia-Suecia-Qatar-Alemania, 2021), opera prima del colombiano Simón Mesa Soto, que fue presentada en la Semana de la Crítica. Amparo (la notable Sandra Melissa Torres), otra madre soltera, tiene que mover cielo, mar y tierra en el transcurso de un solo día para evitar que su hijo de 18 años sea enviado, como recluta del ejército, a un lugar de la sierra donde los militares están enfrentándose a la guerrilla. Esta tenaz madre colombiana tiene el camino aún más complicado que el de la madre africana, acaso porque el monstruo al que se enfrenta Amparo no es el de los prejuicios sociales, culturales y religiosos, sino el de la corrupción, que tiene anegado al Estado colombiano. De cualquier forma, Amparo se muestra infatigable en el afán de salvar a su hijo de una muerte que ella cree segura.

En el caso de Piccolo corpo (Italia-Francia-Eslovenia, 2021) la madre protagonista, Agata (Celeste Cescutti), ya tiene un hijo muerto: un bebé fallecido al momento del parto, que no alcanzó a ser bautizado, por lo que está condenado a permanecer en el limbo para toda la eternidad. La terca y devota Agata, que vive en una remota isla de pescadores, se entera que existe un santuario ubicado al norte de Italia donde los bebés pueden ser resucitados y bautizados, por lo que toma el cadáver de su hijo sin nombre y se dirige hacia ese sitio. Esta extraña pero conmovedora road-movie, presentada en la Semana de la Crítica, a ratos parece la adaptación de un cuento de hadas tradicional, pues nos ubica en la Italia del siglo XIX en un entorno muy similar al clásico relato infantil Pinocho (1883).

Otra madre terca hasta la exasperación es la protagonista de Rehana Maryam Noor (Bangladesh-Singapur-Qatar, 2021), cinta presentada en la Quincena de Realizadores y primera bangladesí exhibida en Cannes. Más allá de este dato, el filme dirigido por Abdullah Mohammad Saad resultó ser un absorbente melodrama femenino centrado en la Rehana Maryam Noor del título (Azmeri Haque Badhon), una doctora practicante, profesora de medicina en un hospital-escuela de Bangladesh, madre viuda con una hijita en ristre, y único sostén de sus padres y de su hermano menor. En medio de todo el agobio causado por sus obligaciones profesionales, familiares, maternales y personales, Rehana descubre que su jefe inmediato, el médico titular de su cátedra, ha estado abusando sexualmente de una de las estudiantes. O eso es lo que ella cree.

La historia, escrita por el propio Saad, es mucho más que la simple exploración tópico-didáctica de los justos reclamos feministas del #MeToo, ahora ubicados en Bangladesh, pues la seria e inflexible doctora Noor se nos presenta más como una auténtica cruzada que como una simpática heroína de una sola pieza. Su lucha por la justicia y la verdad no conoce tregua ni límite alguno, aunque su hija, previsiblemente, no lo entienda. Maryam está dispuesta a todo, con tal de no renunciar a la causa, aun cuando pueda ser vista y juzgada –incluso por nosotros– como una mala madre.

Esta etiqueta no podría ser endilgada a Cielo (Arcelia Ramírez), la indómita madre coraje y protagonista de La civil (México-Rumania-Bélgica, 2021). La cinta, dirigida por la cineasta rumana Teodora Mihai y situada en locaciones de Durango, fue presentada en la sección Una cierta mirada y ganó una curiosa mención especial por su “coraje”. La historia fue escrita por la propia directora en colaboración con Habacuc Antonio de Rosario y está inspirada en el caso de una madre de familia mexicana que, ante la desaparición de su hija adolescente, presuntamente secuestrada y ejecutada por el crimen organizado, inicia una violenta cruzada vengadora con la ayuda de un militar asentado en un anónimo pueblo al norte de México.

Producida por esa bien conocida ave de las tempestades llamada Michel Franco, La civil seguramente provocará encendidos reclamos y fieros debates, especialmente desde cierto segmento de la crítica fílmica nacional, cuando llegue el momento de su presentación en nuestro país, probablemente en el próximo Festival de Cine de Morelia. Lo cierto es que se trata de una bien calculada provocación moral, que difícilmente dejará ecuánime a cualquier mexicano que haya vivido y sufrido la fallida e interminable guerra contra el narcotráfico iniciada hace tres lustros.

La película más interesante de toda esta “sección materna” resultó ser Feathers (Egipto-Holanda-Francia-Grecia, 2021), opera prima del egipcio Omar El Zohairy y ganadora del Gran Premio en la Semana de la Crítica. La cinta es un auténtico OCNI (Objeto Cinematográfico No Identificado). La historia, escrita por el propio cineasta debutante en colaboración con Ahmed Amer, parte de una premisa que parece haber sido inspirada por el Woody Allen de Edipo reprimido (1989).

La madre protagonista de Feathers enfrenta un problema común: un malhadado día, el marido y padre de familia deja de estar disponible para ayudar a criar y mantener a sus tres hijos. De improviso, la silenciosa y oprimida mujer se encuentra completamente sola y desamparada. Pero aunque la situación es conocida, su origen no lo es tanto. Sucede que, al celebrar el cumpleaños del hijo mayor, el mago contratado para amenizar la fiesta infantil convirtió en gallina al autoritario páter-familia, por lo que la mujer tiene que salir adelante por su cuenta.

El contraste entre el realismo ascético de la puesta en imágenes y lo absurdo de la premisa desconcierta y fascina en partes iguales. A pesar de que la premisa es tomada con toda seriedad, es imposible no soltar la carcajada al ver las reacciones, casi buñuelianas, de todo el mundo. Mientras el patrón del hombre-gallina se niega a seguir pagando su sueldo (“No está desaparecido ni está enfermo, solo no se ha presentado a trabajar”), los amigos y familiares le aconsejan a la desafortunada mujer que busque a un “especialista”, quien después de estudiar su caso le aconseja dejar de comer pollo y huevos “hasta que la situación mejore”.

El regocijante humor surreal pronto adquiere visos menos graciosos cuando muestra las dificultades de la pobre mujer para encontrar trabajo, para no ser echada de la casa, para alimentar a sus tres hijos. De repente estamos en los terrenos del neorrealismo clásico, acompañando las desventuras no de un patético Ladrón de bicicletas (De Sica, 1948) sino de una desesperada ladrona de casas, pues la mujer se contrata para hacer el aseo e intenta, sin fortuna, llevarles unos chocolates robados a sus hijos. Aun cuando las carcajadas iniciales desaparecen al ver los muchos problemas que enfrenta la mujer, la empatía se transforma en algo muy distinto cuando notamos su exasperación al tener que alimentar a la susodicha gallina, a la que tiene recluida en un cuarto y a la que da de comer por debajo de la puerta, como si se tratara de un bicho kafkiano.

En su última parte, este notable debut de El Zohairy nos reserva una vuelta de tuerca más que, por supuesto, no revelaré aquí pero que logra cerrar el círculo narrativo a partir de una contundente crueldad casi hanekiana, subrayando así el significado de esta parábola femenina, familiar y maternal. A fin de cuentas, una buena madre siempre sabe qué es lo mejor para sus hijos.