Las sombras de París

 Abrimos una semana dedicada a París a través del cine con esta reseña de La Haine, un clásico parisino.
AÑADIR A FAVORITOS

 

En contraste con la idea de "la ciudad de las luces" Mathieu Kassovitz se dio a la tarea de acercarse al bajo mundo a través de una puntillosa mirada a la periferia. Su honesta búsqueda de una verdad ignorada tanto por la sociedad como por el gobierno fue todo un éxito. La haine (El odio, 1995) se presentó por primera vez en el festival de Cannes, en competencia por la Palma de Oro, y se llevó la presea al mejor director. Una decena de premios siguieron a este. Se exhibió en Estados Unidos llevada de la mano de Jodie Foster, quien la consideró tan importante como para presentarla en su país. De ese tiempo para acá se ha convertido en un clásico del cine francés, editada en DVD por la colección Criterion en un paquete de dos discos, y para mayo de este año se tiene previsto el lanzamiento de la versión en Blu-ray. Es la atípica historia de la película de bajo presupuesto con una resonancia exponencial cuyo camino sigue su curso más de quince años después.

El odio abarca París en espiral. Las primeras imágenes son escenas documentales de disturbios callejeros en la capital francesa. Los créditos desfilan delante de policías conteniendo a multitudes en pie de guerra: la represión por vía de la fuerza por parte del Estado, uno de los temas claves. La historia comienza en los suburbios, en un conglomerado de unidades habitacionales a las afueras de la ciudad, con tres protagonistas: un árabe, un africano y un judío, este último interpretado por Vincent Cassel en su primer gran papel, el catalizador de su carrera. Los tres amigos, representantes de las minorías de inmigrantes que pueblan Francia, despiertan después de la tormenta, pues la noche anterior los disturbios contra la policía terminaron en flamas: autos e inmuebles incendiados por la muchedumbre descontenta. Cassel encuentra la pistola extraviada por un oficial.

El acecho de la policía es inminente, y un altercado hace que los tres jóvenes tomen un tren que los coloca en el corazón de la ciudad. A través del lente de Kassovitz, París es un lugar sombrío. "Donde hay amor hay odio; donde hay luz, hay oscuridad", dijo en varias entrevistas de aquella época, resumiendo el espíritu de una obra fulminante. La fotografía en blanco y negro es atinada no solo en la estética, con encuadres y movimientos de cámara excepcionales, sino que es vital en la dicotomía de luz y oscuridad que plantea Kassovitz. Las callejuelas de la ciudad parecen pasadizos en una suerte de infierno y las estaciones de tren son el purgatorio del que nadie parece poder escapar. De nuevo se encuentran con la policía, que por su apariencia abusa de ellos en un interrogatorio con tintes de tortura, y los obliga a quedarse en la ciudad la noche entera después de que el último tren de regreso cierra sus puertas sin ellos.

La caída en espiral continúa al tiempo que las luces de la Torre Eiffel se apagan a la distancia. El africano cuenta la anécdota del hombre que cae del pico de un edificio y cuando está en caída libre piensa: hasta aquí todo bien, hasta aquí todo bien, hasta que se estrella contra el piso y muere. Es una parábola social, no solo de quienes viven en condiciones desfavorables como ellos, sino del país y la humanidad en su conjunto. Vamos cayendo sin darnos cuenta de lo que nos espera en el aterrizaje, al igual que ellos avanzan por las calles sin sospechar el trágico desenlace, con pistola en mano.

El odio pone sobre la mesa el otro lado de la gran ciudad, lo que nadie quiere ver, lo que los medios se rehúsan a encarar. La juventud oprimida por la ley contraataca. Cuando en octubre y noviembre de 2005 los disturbios a las afueras de París hicieron noticia en todo el mundo, la referencia directa a El odio no se hizo esperar. Diez años después de su estreno, los mismos eventos se repiten en el mismo lugar; el arte imita la realidad. Las pulcras avenidas y los bulevares no pueden esconder la frustración y el descontento de los desfavorecidos. En este sentido, El odio es a París lo que Los olvidados es al Distrito Federal y Clockers a Brooklyn. El lado oscuro de la ciudad de la luz es un viaje en tren nocturno en el que las tinieblas cubren la tierra y el hombre, desesperado, hace lo posible por sobrevivir.