(Póster de Francesco Francavilla)

Marca personal a Breaking Bad: Felina

Tantas expectativas puestas en el último episodio de la saga de Walter White. 
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Felina, el último episodio de Breaking Bad, se transmitió el domingo pasado. Si no lo has visto y no quieres enterarte de lo que allí pasa, harías bien en retirarte de este recap: contiene spoilers.

 

La noción de “final” es poderosa en el imaginario colectivo. Ver acercarse el desenlace de una serie produce nervios, inseguridad, angustia: da miedo pensar en cómo acabará eso que seguimos durante tanto tiempo. En el caso de Breaking Bad: 62 episodios repartidos en cinco años; no poca cosa. Uno da por sentado que el final debe ser redondo, satisfactorio; que en él se deben concluir cosas, tramas y personajes; que debe ser emocionante, trascendente. En una palabra: uno espera un final significativo. Acaso sea herencia de los muchos cuentos de finales “trascendentes” que hemos leído; acaso la idea devenga de la afición que Hitchcock parecía prodigar a los finales con giro inesperado. Quizá sea que la idea misma de final contiene cierto peso ominoso.

Pero a estas alturas del desarrollo de la narrativa televisiva, pedir un final de ese tipo, uno que llene de satisfacción a todo el auditorio, es cuando menos ingenuo. Sea por el tamaño del auditorio, compuesto ya por millones de televidentes; sea por la duración de la trama –¿cómo concluir “satisfactoriamente” un arco narrativo que duró media década?—; sea porque el número de episodios cambia según el criterio de las televisoras: entregar un final que cierre perfectamente y deje a todo el mundo contento es más bien imposible. Empero, Breaking Bad lo intentó –y falló y acertó al hacerlo.

Si el episodio anterior había terminado con un cliffhanger facilísimo y hasta burdo –cuántas veces no hemos visto la escena del tipo en el bar que mira algo en la televisión que lo hace cambiar de parecer respecto a algo más—, Felina comienza resarciendo al menos un poco los daños. La, en apariencia forzada, aparición de Gretchen y Elliott, fundadores de Grey Matter y socios traidores de Walter White, fue justificada con inteligencia: al ser una pareja de millonarios, Walt puede estar seguro de que ellos entregarán sin levantar sospechas los nueve millones de dólares a sus hijos. Aquí hay también ciertas ganas de darle gusto, al espectador y a Walter: la amenaza de los mejores hitman de Mississipi –que, nos enteramos después, no son otros que Badger y Skinny Pete con unos láseres de juguete— deja sembrado un miedo en sus enemigos que seguramente le provocó cierto cosquilleo de maliciosa satisfacción a Walter.

Y, en realidad, de eso trató el episodio final: de cómo Walter White, después de todo, sí era el tipo más listo del pueblo. De cómo él sí tenía la capacidad de atar todos los cabos y saldar todas las cuentas. En menos de una hora lo vemos asegurar el futuro de su familia –de tal forma que cierre la trama para Skyler, Walt Jr. y Holly—; entregar el cuerpo de Hank y Gomez –el desenlace, patético pero desenlace al fin, para Marie–; asesinar a los neonazis –haciéndoles pagar, de una vez por todas—; darle la venganza que siempre quiso a Jesse Pinkman, entregándole a Todd para acabar con él; asesinar a Lydia –una muerte, todo sea dicho, algo pinche y poquitera: para la villana que fue Lydia, morir con los síntomas de la gripe parece casi un insulto—; liberar a Jesse Pinkman, hacer las paces con él en una última mirada de padre a hijo y, finalmente, morir en medio de un laboratorio de meth, el trabajo que Walt amó hacer, casi con una sonrisa dibujada en la cara.

El final de Breaking Bad no fue trágico, ni miserable, ni intrínsecamente triste: fue más bien complaciente. Fue un final que parecía diseñado para que todos nos fuéramos contentos, para que nos saliéramos con la nuestra. Y nadie se sale más con la suya que Walter White. Después de 62 episodios, después de ver cómo el profesor de química y padre amoroso se convertía en invencible capo de la droga, en un tipo capaz de envenenar niños y dejar morir mujeres y atropellar personas, nos quedamos aún con la sensación de victoria que le dejó la cuarta temporada: “I won”. Parece que, tras contemplar todas las posibilidades de la maldad y el ingenio diabólico de Walt –“Mr. White; he is the devil”, dijo Jesse Pinkman a Hank Schrader–, la serie se mostró generosa y nos regaló una útima imagen de Walt redimido, feliz ante la perspectiva de haber muerto en sus términos.

Breaking Bad–y casi cualquier otra serie de gusto popular— no es grande o buena o importante por su final. Lo es por lo que nos dejó en el camino, porque esas sesenta y tantas horas no fueron vanas. Lo que haya pasado en el desenlace con Walter White es casi irrelevante. Cierto: Felina tuvo varios pases fáciles –la muerte de Lydia, la rabia del tío Jack, la idea de que Jesse se mantuvo vivo casi de milagro, el timing perfecto de la muerte de Walt—, pero no podemos reprocharle nada. Nos dio exactamente lo que queríamos: sensación de final, cuentas saldadas, un villano carismático que terminó de la mejor forma posible. La moral del final de Breaking Bad no es reprobable: a fin de cuentas, es apenas un reflejo de los deseos de la mayoría.

Apuntes sueltos:

·Bagder y Skinny Pete dan la última gran reflexión –y la síntesis, por qué no— de la moral de la serie: justo después de amenazar a Elliott y Gretchen con láseres, haciéndose pasar por francotiradores, Skinny Pete dice “The whole thing felt kinda shady, like morality wise”. “How do you feel now?”, dice Walter mientras le entrega un fajo de billetes. “Better”.

·Cosa interesante a notar: con Breaking Bad, son dos las series dramáticas relevantes –la otra es Boardwalk Empire–de estos años cuentan con escenas que homenajean o emulan al arrebato final de Travis Bickle en Taxi Driver, de Martin Scorsese.

·Walter oculto ante nuestra vista pero no ante la de Skyler es uno de esos grandes momentos de subjetividad cinematográfica –y remite directamente a Milller’s Crossing. Alonso Ruvalcaba ya lo trató en Monterrey 307: clic.

·De esa misma escena, estos dos momentos: la columna que separa a Skyler y a Walter, ya infranqueable:

                                                                                         

Y la figura de Walter alejándose de la ventana, como una mancha que se borra o difumina: