Marca personal a Breaking Bad: New Hampshire

Todo en Granite State fue un recuento; pudo no transmitirse y no representaría mucha diferencia respecto a cómo dejamos a cada personaje en Ozymandias. 
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(Póster de Francesco Francavilla.)

1.

La serie de televisión –principalmente, la serie dramática que se apega al “formato HBO” que comenzó a finales de los noventa— es una obra en construcción; es difícil juzgarla inmediatamente después de emitido un capítulo nuevo porque, a menos que ese capítulo sea el final, todavía habrá algún material por verse. Así, el juicio del recap es forzosamente parcial, incompleto; algo siempre le faltará a nuestra visión mientras la serie no termine, y cualquier conclusión extraída de un capítulo deberá ser vista así, como un acercamiento inconcluso a una obra.

2.

Con todo, la figura del capítulo es vital; el anterior párrafo no pretende descalificarla sino contextualizar la experiencia de ver un capítulo. En una serie, cada episodio –en teoría— debería contribuir al enriquecimiento del todo, sea de una forma u otra –o en todas las posibles: en su imaginería visual, en su desarrollo de personajes, en su estructura argumental. Un capítulo que no contribuye a eso es un capítulo de relleno.

3.

Granite State, el último episodio de Breaking Bad, es un episodio que remite más a los primeros capítulos de esta temporada, donde parecía suceder más bien “poco”, y el avance de la trama era casi nulo. Todo en Granite State fue un recuento; pudo no transmitirse y no representaría mucha diferencia respecto a cómo dejamos a cada personaje en Ozymandias. No obstante, no es del todo un episodio perdido, aunque a primera vista así podría parecerlo. En primer lugar está esa toma dentro de la toma de Walt desesperado golpeando el foco, quizá siendo Heisenberg:

Está también la burla de los nazis al sufrimiento en video de Jesse Pinkman. Esto plantea una cuestión interesante: ¿están los guionistas reflejando los estados de ánimo del espectador en algunos personajes? Muchos confundieron la llamada de Walter a Skyler en Ozymandias con un genuino arranque de odio y no una estrategia –aunque aquí se explicita que fue una treta de Walt— porque podían proyectar en ella su odio que tantos espectadores sienten por Skyler. ¿Será algo similar ese “crybaby rat” dirigido a Pinkman, personaje cuya actitud de lloriqueo constante causa desprecio en el espectador? Podría ser.

La llegada de Todd a la casa de Skyler, con sus compinches de rostros cubiertos con pasamontañas y esa voz amenazadora que se contiene en un susurro, es escalofriante. Todd es un personaje muy rico que se agradece ver en pantalla: con sus contradicciones y arranques, con sus sonrisas malévolas y actitudes de gángster, su entrega total a la chamba y, ahora, con el amor que sabemos le tiene a Lydia Rodarte-Quayle, él es quizá el mejor invento de los guionistas para la última temporada.

Del otro lado está Pinkman, un personaje que ya alcanzó las alturas que debía alcanzar y que a últimas fechas parece, en efecto, sólo saber llorar y quejarse. Su supervivencia parece un capricho guionístico: ya en el desierto parecía una tomadura de pelo que siguiera vivo, pero se introdujo el pretexto del lote de meth para no asesinarlo; ahora, la justificación de seguir adelante con él por el amor que Todd siente por Lydia suena aún más descabellada. Toda la escena de su escape es una de esas lagunas argumentales que le permitimos a la serie de vez en vez para que cuente su historia y llegue a conclusiones como la de la muerte de Andrea, terrible punto alto del Todd psicópata –recordemos las palabras que dice a Andrea: “Nothing personal” y las que dice a Walt después de la muerte de Hank: “I’m sorry for your loss”—, y una de las máximas ojetadas jamás propinadas a Jesse Pinkman.

Granite State se convirtió en el episodio ojete por excelencia. La decadencia de Walter en New Hampshire es dolorosísima, nunca antes tan patética; el hombre del “business empire” se ve reducido a ver “Mr. Magorium Wonder’s Emporium” y a pagar 10 mil dólares a su cuidador para que lo acompañe una sola hora más. Medio muerto, con el suero a un lado y el sombrero de Heisenberg en el otro, Walt intenta desesperadamente hacer llegar algo de dinero a su familia solo para encontrarse con un Walter Jr. desaforado, con señales de vida –es un personaje que siempre me ha parecido de relleno, innecesario— que le grita “You killed uncle Hank!” y rechaza su ayuda.

4.

El final de este episodio, ese que trae de vuelta del pasado a Elliot y a Gretchen Schwarz para convertirlos – ¿nuevamente?, ¿es que nunca dejaron de serlo?— en el motor de la ira de Walt parece un tanto forzado. A estas alturas es una necedad buscarle estos reparos a Breaking Bad. Tanto exageran quienes la colocan como una “obra maestra”, como algo “magistralmente escrito”, como los que creen que no sirve para nada y que habitará el basurero de la historia cinematográfica. Más allá de ser una cosa u otra, la serie es: a muchos nos quedará el consuelo de que, si el final –Felina, a emitirse este domingo— es malo o no está a la altura, podremos imaginar que el programa acabó en Ozymandias, ese capítulo perfecto que sólo sabe llenarse de virtudes con cada revisión.

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