Melancolía

Reseña de la última de Lars Von Trier: una cinta con un sinfín de significados. 
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Melancholia, estrenada en el Festival de Cannes del 2011, es el segundo eslabón de la última etapa de Lars Von Trier, inaugurada por El Anticristo (Antichrist, 2009). Al parecer y siguiendo de nuevo un patrón de trilogía, esta etapa cerrará con una tercera película, Nymphomaniac, donde se rumora, también actuará Charlotte Gainsbourg, actriz que no solo ha conseguido encarnar los complicados personajes atormentados de Von Trier sino dar muestra de un talento realmente admirable y de un amplio registro. Gainsbourg es una mujer que por momentos actúa solo con los ojos y con cada músculo de la cara, haciendo del rostro un campo de batalla psíquica. En El Anticristo, junto a Willem Dafoe, personificaba a una mujer poseída por el dolor, enlutada con la muerte de su hijo, convirtiéndose ella misma en agente del mal; en Melancolía es una mujer práctica, en una familia estable, con un hijo y un esposo a los que quiere y la quieren, sin embargo esa mujer aparentemente sencilla y racional, perderá el control por ser presa de una ansiedad pánica. Dos personajes muy distintos, que Gainsbourg, dirigida por el mismo hombre, supo resolver sin perder en ningún momento un gramo de verosimilitud en cada personaje.

          La curva dramática del film se inscribe en un tríptico. Una apertura o prólogo delirante, filmado por su ya famosa cámara digital Phantom HD, y dos capítulos con nombres de mujeres, las hermanas protagónicas Justine (Kirsten Dunst) y Claire (Charlotte Gainsbourg). La estructura funciona porque nos hace cruzar de lo cósmico apocalíptico apenas sugerido, a lo intimista y ritual de una fiesta familiar, una boda de hecho; para finalmente desembocar en la angustia personal experimentada por la inminente colisión de Melancolía, un planeta que se aproxima amenazante a la Tierra y del cual, a esas alturas de la película, hemos tenido muy pocas referencias. Contrario al cine catastrófico norteamericano, en Melancolía no hay un interés por la vivencia colectiva del fin del mundo, o la adversidad experimentada socialmente, en medio del caos. Aquí, el tormento es psicológico, estrictamente familiar, y se podría pensar que casi ocurre adentro de los personajes, en una especie de escenificación alejada del mundo, del internet y la ciudad. Aislamiento también, por estar más allá de las leyes de Dios y del hombre (que también murieron con la fiesta matrimonial truncada); aquí sólo hay naturaleza, caballos, alfombras de pasto, noches estrelladas, cuerpos desnudos, y la certeza del colapso; el miedo galopando en la sangre.  La sensación catastrófica lograda por Lars Von Trier no proviene de un apocalipsis de efectos especiales o de una complicada urdimbre de ciencia ficción, con aburridas o excesivas explicaciones científicas o tecnológicas, sino de un simple y humano, demasiado humano, temor a la muerte.

          Pero ese planeta misterioso, que se ha escondido malsanamente de nuestros ojos y telescopios todo este tiempo, es también una metáfora que danza con el Tristán e Isolda de Richard Wagner. Todos tenemos nuestra propia forma de experimentar esa Melancolía que amenaza con atacar la vida. A veces se presenta como un impulso de muerte, acelerado, en el suicida; o como una suerte de culpabilidad inexplicable, como si se hubiera cometido un delito metafísico; pero también puede aparecer en nuestra sensación de extrema fragilidad, una vulnerabilidad de vidrio que nos alerta de un posible colapso, un rompimiento irreparable. No importa cómo lo hagamos, pero si divisamos ese planeta, ya no tiene sentido entonces casarse, ascender de puesto en el trabajo, cuidar la casa, los hijos. El personaje de Justine, que evoca casi involuntariamente la obra del Marqués de Sade, encarna esa parte dionisiaca y misántropa que últimamente ha sido un leitmotiv en Lars Von Trier. La secuencia donde vemos el cuerpo desnudo de Kirsten Dunst sobre una roca, iluminada por la luz de Melancolía que se aproxima a la Tierra, es hermosa y siniestra al mismo tiempo, como si estuviéramos asistiendo a un ritual erótico-tanatológico, una mujer a punto de recibir una pequeña muerte en medio de la gran muerte, para trascenderse.   

          Más que un planeta pareciera que el nombre del film quiere describir un estado actual en la humanidad, una especie de sintomatología hecha por el cineasta en lo que él ve como una etapa de cambios radicales, sin esperanza alguna, sin humanismo posible. Desde El Anticristo el director danés parece concentrado en describir un panteísmo negativo, una suerte de visión naturalista de los elementales en el tenor Tarkovskiano pero de signo contrario; lo sagrado en Tarkovski es en Lars Von Trier lo maligno. Ese planeta oculto es la fuerza destructiva natural, casi satánica.

          Mucho antes de que el choque planetario final suceda, la experiencia global de la locura nos será impuesta desde el exterior, a todos los humanos, sino es que ya está operando aquí y ahora, en todos, esa alteración provocada por el fin de la especie. Cuando vemos correr a los caballos sin jinete y con las crines al aire, enérgicos y libres, condenados, recordamos la adaptación de Medea que Lars Von Trier hizo para la televisión allá por 1988. Las imágenes trágicas son potentes, hirientes, al ralentí, y vemos a una madre cargando a su hijo, hundiéndose en un campo de golf bajo una lluvia de granizo, o vemos a una mujer con vestido de novia prisionera de lianas que la atan al suelo; vemos un reloj solar, globos de cantoya ascendiendo en la noche, objetos flotando en un campo gravitacional suspendido; y todas esas hermosas imágenes, que consigue Lars Von Trier en medio del desastre, nos hacen pensar que estamos delante de una pintura de Richard Dadd o del Bosco, en plena estetización de la locura o el infierno.

          De los órganos a la conducta, de los astros al espíritu, se podría hacer una genealogía clínica o astronómica o astrología, del apocalipsis. Una historia del comportamiento humano a partir de sus fobias, de Michel Foucault al descubrimiento del asteroide 2012DA14 o la creencia en el Planeta Hercólubus o Ajenjo.La Melancolía puede ser vista como una patología, una predicción o un estado espiritual. El planeta por lo tanto, imaginado por Lars Von Trier, en efecto colisionará en cada uno de nuestros universos privados y por eso el film funciona de forma introspectiva en cada espectador. Cada lector del film le pone nombre y apellido a ese planeta que está por estrellarse contra nosotros.

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