Rescatando clásicos: JC Chávez

Revalorando el documental que Diego Luna hizo de Julio César Chávez: un interesante comentario sobre el uso de un ídolo mexicano por parte de la clase política. 
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El entonces actor Diego Luna hizo su flamante debut como director con un documental que él mismo produjo, realizado en el 2007, llamado JC Chávez. El documental no fue muy bien recibido ni por la crítica ni por el público. Justamente como documental quedaba a deber, pues pecaba de intromisión y no guardaba ninguna distancia crítica con la figura que intentaba retratar, el legendario boxeador mexicano Julio César Chávez. Por momentos parecía que el propio Chávez tenía más vela en el entierro a la hora de dirigir la escena que el joven director. El film fue lanzado con una publicidad excesiva, que generó expectativas que al parecer no cumplió. Si la comparamos contra Los últimos héroes de la península de José Manuel Cravioto del 2008, en efecto sale muy mal librada. Sin embargo el documental de Luna tiene sus hallazgos.

Hubo una vez un campeón llamado Chavéz. Octavio Paz en El laberinto de la soledad habla del tiempo del mito: ese tiempo como el de la fiesta religiosa o los cuentos infantiles, no tiene fechas, “hubo una vez”, no se sabe cuándo, siempre. Los personajes míticos de una cultura echan sus raíces en la sociedad de tal forma que las manifestaciones artísticas tarde o temprano terminan por registrarlos, homenajearlos o reutilizarlos. El cine ha proyectado ese tiempo mítico en múltiples ocasiones, ya sea para recrear la vida de un pintor, un torero o un líder revolucionario. En aquellos días del 2007, la cartelera comercial ofrecía el estreno del  primer largometraje como director de un actor ya popular, Diego Luna (uno de los charolastras) y además estaba dedicado a la figura internacional del boxeo Julio César Chávez, un monstruo de la cultura popular mexicana. Así las cosas, la película fue ofertada, pero no consumida, como un producto pop, en el peor sentido del término.

A decir de muchos fans del boxeo en México y según los entendidos en el arte de los ganchos al cuerpo, los izquierdazos en uppercut, veloces side-steps y juegos de piernas en el ring, Chávez ha sido el mejor boxeador mexicano de toda la historia. Sea eso cierto o no, polémico o no, irrelevante para los cinéfilos ajenos al box, o afirmación indiscutible de un hecho verificable en almanaques deportivos, Julio César es y será un mito popular que en algún momento gozó de esa efímera gloria de la que disfrutan los ídolos mexicanos. Y sólo por eso, el film de Luna resulta interesante. Este boxeador sonorense, hijo adoptivo de Sinaloa, cumple cabalmente con los requisitos para entrar en el panteón de ídolos del pueblo, origen humilde (hijo de ferrocarrilero), salto repentino del anonimato al estrellato, talentoso, nacionalista y carismático; y luego bajado del trono rápidamente, crucificado en ocho columnas y pantallas de televisión. Las figuras deportivas, como antes los músicos o las estrellas de cine son prematuramente convertidos en mártires al desmoronarse su prestigio de dioses mediáticos. Muchos de “nuestros ídolos deportivos” (como Hugo Sánchez o Fernando Valenzuela) acaparan por un momento el espacio de la prensa, radio y televisión, y son excelentes estímulos para el crecimiento del rating. En ese tiempo Warholiano que les concede el negocio de los mass media, los niños compran sus posters, las mujeres se enamoran de ellos y los hombres les rinden tributos verbales en cantinas y bares (o les componen canciones). Después, una vez caducados, una vez que los que coleccionan dólares a sus costillas han decidido que esos ídolos ya no tienen aura, una vez que han cumplido con su obsolescencia planificada, nadie los recuerda. En ese sentido la cinta JC Chávez debiera ser interesante al menos sociológicamente hablando; aunque el film no cumple con ese cometido cabalmente, algo toca de manera tangencial. Luna no usa en su auxilio una mirada sociológica en ningún momento, de hecho se echa de menos la opinión de un Carlos Monsiváis (leer por ejemplo Los rituales del caos) pero tenemos una voz inteligente sin duda cuando interviene el escritor José Agustín. Uno de los aciertos del film (y hasta cierto punto uno de los riesgos también) es hacer un breve repaso histórico con el fin precisamente de desmitificar la gran figura de Chávez, es decir, fecharlo, sacarlo del tiempo mítico.

Vemos aparecer a cuadro no sólo a la madre de Julio César y a su hijo, sino también personajes como el presidente del Consejo Mundial de Boxeo, José Sulaimán, el polémico promotor boxístico Don King, el célebre muerde orejas Myke Tyson y el mismísimo ex presidente de México Carlos Salinas de Gortari. El documental está fechado y cuenta los años en los que Chávez ganó cinturones, llegando inevitablemente a la elección presidencial de 1988, donde, con la sombra de un fraude, Carlos Salinas le arrebató el triunfo a Cuauhtémoc Cárdenas. Se descubre así que la gloria espectacular de un boxeador responde a causas oscuras (política y narcotráfico para ser precisos) y no a una simple lógica boxística. La supuesta amistad del boxeador con el entonces presidente de la República demuestra la utilización propagandística de la que son objeto las figuras públicas queridas por el pueblo. En el film, el escritor José Agustín menciona a Ronald Reagan como el campeón mundial de esa manipulación nefasta con la que algunos líderes políticos en el poder maquillan su anti-populismo, fingiendo cercanía con la gente para ocultar el fuerte rechazo popular. Aunque Luna no profundiza en las razones misteriosas en las que se da el descalabro del campeón, sugiere que coincide con el hecho de dejar de ser el protegido del Presidente, y eso es bastante. El film de Luna resulta por eso interesante y arriesgado, atributos que la mayoría de las críticas pasaron por alto. El film recuerda que el boxeador regaló sus guantes a Carlos Salinas y que incluso el presidente de la República hizo un viaje en helicóptero desde Los Pinos al Estadio Azteca, sólo para asistir a una de sus peleas. Cuando Zedillo toma posesión, después del asesinato de Colosio, el boxeador comienza a ser hostigado por la Secretaría de Hacienda y la prensa comienza a relacionarlo con el narcotráfico. Diego Luna sólo pone ahí las piezas, pero hay un hilo claramente conductor, que si bien no está construido de afirmaciones (como en documentalistas macizos, al estilo por ejemplo Michael Moore) sí tiene el poder suficiente de sugerir un paralelismo entre la caída del ídolo del ring y la decadencia del sistema político mexicano. Para ser justos, hay que decir que la decadencia de Chávez se debió no sólo a cuestiones mediáticas y políticas, sino también a cuestiones físicas (por ejemplo su vejez) y boxísticas (se enfrentó un tremendo Óscar De La Hoya) pero el documental está más interesado en la dimensión social de la caída del mito. Con la salida de Carlos Salinas, empieza la caída de un héroe popular, que había logrado el mágico salto de los gimnasios de barrio hasta el MGM de Las Vegas. El viaje dantesco del boxeador puede ser visto como una metáfora, el viaje doloroso de Julio César es un viaje de regreso, desde la cumbre mundial hacia el desprestigio mediático, y el olvido. Aunque sea de forma rápida, Luna captura esa bitácora de viaje. Lo interesante es que la ruta del ídolo mártir puede ser vista anafóricamente como algo que aquel Diego Luna primerizo, intentó decir de forma más profunda sobre la política y la sociedad mexicana. Ídolo mártir que durante 14 años nunca perdió una pelea y que durante 11 y medio se mantuvo como campeón del mundo, y que sirve mediante el relato cinematográfico para describir la idiosincrasia del mexicano. Del infierno al cielo y del cielo al infierno.

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